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COLUMNA

Efluvios 'sociovergentes'

El editorial de 12 periódicos catalanes que tanto ruido ha generado se puede considerar como el primer documento oficial de la sociovergencia. Ante los rumores insistentes sobre una inminente sentencia negativa contra el Estatuto, se llama a la movilización de la centralidad catalana con la intención de evitar que la respuesta sea liderada desde sectores radicales o, si se prefiere, desde el independentismo. Inmediatamente se suceden las adhesiones de las instituciones que representan el poder establecido en la sociedad catalana. ¿Significa esta primera expresión pública de la sociovergencia que ésta será la coalición que saldrá de las próximas elecciones? No forzosamente. Es más, con los datos que hoy arrojan los sondeos, no es ni siquiera probable. Pero sí hay un interés compartido entre CiU y el PSC: que las elecciones se disputen en el terreno central -el suyo- y que las trifulcas políticas no se traduzcan en un desbordamiento del espacio político catalán, con una multiplicación de candidaturas que -en caso de una baja participación- podría traducirse en un parlamento ingobernable.

Negar a los catalanes el derecho a pensar que su país es una nación va directamente contra la libertad de expresión

Después de tanto tiempo hablando de desafección, después de que el caso Millet y el caso Pretoria hayan dado la puntilla a la ya maltrecha confianza de la gente en la política, una sentencia afrentosa para el autogobierno podría introducir al país en una dinámica -la del soberanismo y la independencia- para la que los dos grandes partidos entienden que no ha llegado el momento. Porque la ciudadanía no lo quiere todavía -un referéndum de autodeterminación sería derrotado en Cataluña, decía Artur Mas- o porque no están por la labor, como es el caso de Unió y del PSC, que siguen creyendo que el encaje de Cataluña en España todavía es posible. Con lo cual la Cataluña moderada ha hecho sonar la corneta. La unidad en la respuesta ante una sentencia negativa es la mejor manera para preparar unas elecciones en las que todo cambie para que no cambie nada.

Las razonables intenciones de la centralidad catalana chocan, sin embargo, con la intransigencia de algunos sectores españoles, en este caso especialmente de los medios de comunicación de Madrid, que no quieren enterarse de que lo que se está intentando desde Cataluña es evitar males mayores. Los dos principales partidos, el PSOE y el PP, han templado gaitas. El PSOE, porque está en el origen de este follón y teme salir seriamente lastimado, atrapado entre la frustración de parte de sus electores catalanes y la sensación de favoritismo hacia Cataluña entre algunos de sus electores españoles. El PP, porque Rajoy ha puesto buena parte de sus esperanzas de llegar a La Moncloa en un futuro pacto catalán con CiU y querría hacer olvidar que fue él quien organizó el lío recurriendo el Estatuto en un momento en que su estrategia para derrotar a Zapatero era la contraria: agitar los sentimientos anticatalanes, hasta el punto de organizar una recogida de firmas para un referéndum contra el Estatuto. Rajoy ganaría credibilidad en Cataluña con un gesto tan sencillo como retirar el recurso, pero para él esto es demasiado.

Todo ello no ha impedido que algunas personalidades vinculadas a los dos partidos y, sobre todo, la prensa conservadora se soltaran el pelo: deslealtad, traición al espíritu constitucional, actitud delictiva, provocación, estancamiento de la sociedad catalana, presión intolerable al TC, han sido las cosas más amables que se han publicado.

Se ha dicho que la definición de Cataluña como nación en el prólogo del Estatuto es irrelevante porque carece de efectos jurídicos. Precisamente por eso creo que es muy relevante: expresa el espíritu de la confrontación liderada por la prensa conservadora madrileña. No basta con negar una norma o una competencia, se trata de negar a los catalanes el derecho a pensar que su país es una nación, es decir, va directamente contra la libertad de expresión, contra la manera que cada uno tiene de nombrar determinadas cosas. Diga lo que diga la sentencia, Cataluña seguirá siendo para la mayoría de los catalanes una nación, el 11 de septiembre será la fiesta nacional de Cataluña, Els segadors será el himno nacional y la senyera la bandera nacional. ¿Qué se gana negando la realidad? ¿Qué derecho cree tener el nacionalismo español sobre Cataluña para impedir a sus ciudadanos que se autodefinan como quieran? Creo que ha llegado ya el momento de plantear las cosas sin rodeos: Cataluña quiere más poder y España no quiere dárselo. Quizá afrontar el problema directamente, sin eufemismos, facilitaría el entendimiento. El editorial sociovergente es el último intento de mantener los eufemismos con vida. Y en Madrid ni se lo agradecen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de diciembre de 2009