Columna
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El colchón marroquí

Desde las reivindicaciones en torno a Ceuta y Melilla a la cuestión del Sáhara, pasando por la inmigración, la pesca, el terrorismo o el tráfico de drogas, la relación con Marruecos tiene todos los elementos para constituir la tormenta perfecta. Si al pasado colonial sumamos un impresionante escalón de riqueza y libertades entre ambas riberas, Marruecos ofrece un caso de estudio ideal para poner a prueba la pericia de cualquier servicio exterior.

Si hay algo de lo que la diplomacia española esté orgullosa es de la relación construida con Marruecos en estas dos últimas décadas. Bajo la teoría del "colchón de intereses", España ha intentado tejer una tupida red de intereses que amortiguara los numerosos elementos de tensión presentes en la relación bilateral. Europa ha sido crucial en este sentido, ya que ha permitido a España diluir parcialmente el estrecho marco de las relaciones bilaterales entre los dos países en un contexto mucho más amplio. El orgullo por lo logrado es tal que no ha sido infrecuente que nuestros diplomáticos lo esgrimieran como ejemplo, recomendando a sus colegas polacos o bálticos aplicar una perspectiva idéntica en sus (también sumamente complicadas) relaciones con Rusia.

El comportamiento de Rabat es de una tremenda ingratitud política
Con el respaldo de la Unión Europea, esta crisis puede ser una oportunidad

Y sin embargo, ningún Gobierno parece haber tenido derecho a librarse de sufrir una crisis bilateral. En tiempos de Aznar fue la cuestión de Perejil, una crisis que dejó un legado de sospecha e incertidumbre. Ahora, para el Gobierno de Zapatero, el caso de Aminatu Haidar se ha convertido en el centro de las relaciones bilaterales. Una vez más, se comprueba que la relación con Marruecos no sólo es más real de lo que nos gustaría, sino a tenor de lo sucedido en este caso, incluso surreal.

El comportamiento de las autoridades marroquíes, poniendo al Gobierno español en un impresionante aprieto político y diplomático, no sólo no es de recibo jurídicamente (por cuanto Rabat ha violado y viola de forma descarada la legalidad marroquí e internacional), sino de una tremenda ingratitud política con un Gobierno que se ha volcado en la relación bilateral con Marruecos (incluso, como se ha visto, asumiendo el coste político de evitar ser mínimamente crítico con el fin de no herir su sensibilidad). Y todo para acabar humillando a nuestra diplomacia y alienando a la opinión pública española con una inflexibilidad injustificada.

La teoría del colchón de intereses no es más o menos brillante, sino simplemente la única opción disponible si uno quiere maximizar las oportunidades y minimizar los riesgos. Pero como esta crisis ha puesto de manifiesto, los problemas que justifican la teoría, y para los que ésta no tiene solución, siguen intactos, así que cuando algún elemento atraviesa el colchón y llega al núcleo de la relación, el juego de suma positiva se convierte otra vez en un juego donde todos pierden.

Puede que en Marruecos, a tenor de la prensa marroquí, todo el mundo esté detrás del Gobierno y considere la huelga de hambre de Aminatu Haidar como un chantaje al rey ante el que éste no debe dar su brazo a torcer. Lo que seguramente no ha entendido el Gobierno marroquí es que si Haidar fallece en territorio español (y si lo hace, evidentemente, la responsabilidad no será del Gobierno español, sino del marroquí), las relaciones con Marruecos sufrirán un profundo deterioro, ya que la opinión pública española exigirá el fin del apoyo incondicional y acrítico llevado a cabo hasta ahora.

Un ciudadano es alguien que tiene derecho a que se hagan efectivos sus derechos por vía judicial; un súbdito es alguien que tiene que pedir perdón al monarca como vía para obtener justicia. Como se ha demostrado estos días, Haidar no es una ciudadana, sino una súbdita de Mohamed VI. Incluso la Unión Africana ha condenado duramente la actitud de Marruecos, exigiendo que se le permita volver a El Aaiún. Y todos sabemos de qué lado están Naciones Unidas y la legalidad internacional en el caso del Sáhara Occidental. Paradójicamente, es posible que el Gobierno marroquí no esté calculando adecuadamente los costes de su acción y que la perseverancia de Haidar termine por lograr algo imposible: que dos más dos sumen cuatro.

España se asoma a la presidencia de la Unión Europea en la antesala de una seria crisis bilateral con Marruecos, el país siempre considerado el punto fuerte de la diplomacia española. Difícilmente un país de súbditos puede tener un estatuto de asociación avanzado con la UE, tal y como todos hemos deseado hasta ahora. Pero con el respaldo de la UE, esta crisis también puede ser una oportunidad. Ya hemos europeizado los intereses con Marruecos, ahora resta europeizar las solidaridades.

jitorreblanca@ecfr.eu

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 07 de diciembre de 2009.

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