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AL CIERRE

La planta carnívora

El mundo vegetal no puede desplazarse, pero puede esperar. La frase adquiere toda su significación siniestra cuando se observa una planta carnívora: la mía sin ir más lejos.

Adquirí a Charlie, mi gentil Venus atrapamoscas (Dionaea muscipola) como homenaje a Darwin en este su año que ya se nos acaba. Lo hice en el Museo de Historia Natural de Londres, mi segunda casa, en cuya surtida tienda de recuerdos, con motivo de la estupenda exposición sobre el naturalista, ofrecían una increíble selección de objetos en la que sólo faltaban réplicas de la navaja con que se degolló el capitán Fitz-Roy. Compré mi kit Grown your own Venus Fly Trap, consistente en un paquetito de semillas, una macetita y una pastilla de abono orgánico, por cinco libras, que me pareció un precio ajustado para disponer de un monstruo.

Charlie ha estado creciendo todo este Año Darwin como viva metáfora de las celebraciones. Paralelamente yo he ido leyendo Plantas carnívoras, una de las obras menos conocidas del autor de El origen de las especies, en la magnífica edición de la Biblioteca Darwin de Laetoli (2008). En el prólogo, Joandoménec Ros critica "la curiosidad ociosa, seguramente no exenta de cierta dosis de morbosidad malsana" (el subrayado es mío) de los observadores acientíficos (como yo) de esos fascinantes seres, pero Darwin también tuvo un affaire con una carnívora del género Drosera ("una planta sagacísima a la que defenderé hasta el día de mi muerte"), y era Darwin.

Vivir con una planta carnívora no es un camino de rosas, aunque, a diferencia de la serpiente, siempre sabes dónde la has puesto. Son delicadas y caprichosas: no les gusta el queso (op. cit. p. 333), como a mí. Verlas atrapar un insecto es uno de los grandes espectáculos de la naturaleza. En su monografía, Darwin ya evocó la "horrenda prisión" de las hojas con púas de la Dionaea, verdaderos estómagos vegetales, y lo que podían hacer con una cochinilla de humedad: doy fe.

Mi Venus está lozana, pero yo me paso el día cazando moscas, que no es tarea fácil en esta época del año. Dicen que hay plantas malvadas, como las orquídeas, que engañan y seducen, sometiendo la voluntad de los insectos, a los que convierten en sus esclavos con etéreas promesas de sexo. Me digo que Charlie no es una de ellas, ni yo un crisomélido. Pero ¿quién podría asegurarlo?...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de diciembre de 2009