OPINIÓNColumna
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El sexo del toxoplasma

El toxoplasma gondii es un protozoo parasitario de extraordinario talento. La inmensa mayoría de las especies hace lo que haga falta, y más, para conseguir sexo, pero en ese terreno el toxoplasma en cuestión alcanza un insólito nivel de virtuosismo.

Se trata de un parásito muy común y de espíritu ecuménico. Gran parte de las aves y de los mamíferos, incluyendo los humanos, lo sufre o lo ha sufrido. Sólo es muy peligroso cuando afecta a embarazadas, porque puede dañar o matar al feto. También es peligroso para los gatos. Y, de otra manera, para las ratas y ratones.

El toxoplasma elude el sistema inmunitario de sus anfitriones escondiéndose en las células, donde no es detectado. Allí se reproduce de forma asexuada por división binaria, y va tirando. Pero el toxoplasma no se conforma con ir tirando. Quiere sexo, porque sólo con la reproducción sexual forma ooquistes, sale del anfitrión mezclado con las heces y expande sus planes infecciosos. El ooquiste es muy resistente a los ambientes externos y soporta bien las temporadas de espera. Los humanos pueden ingerirlo, por ejemplo, al comer ensalada mal lavada. En general, el humano infectado ni se entera porque no suele percibir síntomas, aunque algunos estudios hablan de ciertos efectos psicológicos como la inseguridad o la tendencia a la neurosis.

Donde el toxoplasma se luce es en las ratas y ratones. Porque su objetivo es el gato, el único animal en cuyo interior se instala de forma definitiva y alcanza su objetivo sexual.

El protozoo parasitario tiene la habilidad de alterar el funcionamiento cerebral del ratón: hace que le resulte estimulante el olor del gato. El ratón mantiene todos los instintos que favorecen su supervivencia (la desconfianza ante los espacios abiertos, los ruidos fuertes, los alimentos desconocidos), menos uno: el que le aconseja no fiarse ni un pelo de los gatos. Al contrario, el ratón infectado se exhibe con absurda temeridad ante su enemigo ancestral y, si es necesario, lo busca.

Sin saberlo, el ratón es dirigido por el toxoplasma gondii, ansioso por acceder al estómago del gato. El resultado es obvio: el ratón muere, el gato es infectado y el toxoplasma triunfa, consigue el sexo y reinicia la cadena infecciosa.

Resulta entretenido jugar a detectar los toxoplasmas gondii dentro de las organizaciones humanas. Son aquellos que, de forma consciente o inconsciente, buscan la ruina del colectivo. Por poner un ejemplo, la extinta UCD de Suárez estaba atiborrada de toxoplasmas. Cada uno de ellos intuía que para alcanzar su éxtasis político (presumiblemente similar al sexual) debía romper su entorno y aposentarse en otro más conveniente.

La actual crisis parece también obra de toxoplasmas. El endeudamiento abrumador que en los últimos años fueron alcanzando empresas y particulares era de características técnicamente suicidas, lo mismo que la exposición del sistema bancario a riesgos objetivamente intolerables. Pero unos se endeudaron y otros se arriesgaron, como si hubieran perdido un mecanismo de autodefensa tan básico como el sentido común. Tanto el ratón, los que acumulaban deuda, como el gato, los que asumían riesgo, acabaron mal. Más tonto el ratón que el gato, que, al fin y al cabo, no hacía más que seguir sus instintos predadores.

Hubo quienes se forraron gracias a ese proceso: los toxoplasmas de turno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 29 de noviembre de 2009.