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COLUMNA

América europea

God bless America. La ley Obama que (casi) universaliza los servicios de salud a todo el país ha pasado el filtro de la Cámara de Representantes. Falta ahora el Senado. Pero la aprobación por la Cámara es ya un paso de gigante. Sobre todo si se recuerda el estrepitoso fracaso de Bill y Hillary Clinton en 1993, con un proyecto parecido.

Y si se tiene en cuenta la enorme potencia de fuego de la coalición contraria: todo el partido republicano, movilizado por el prurito ideológico contra el gasto social y contra la introducción, en competencia con el sector privado (que seguirá siendo potente), de una opción pública, al estilo de la Seguridad Social europea. Y las sectas de ultraderecha religiosa/racista, a cuenta del aborto (que el sistema público no financiará). Y el lobby de las 20 grandes aseguradoras sanitarias privadas, asustadas por un nuevo competidor de fuste. Y la industria farmacéutica, sabedora de que esa mayor competencia provocará una negociación a la baja del precio de los medicamentos...

La ley sanitaria de Obama aúna el rigor económico con la equidad social, pues atiende a 47 millones de excluidos

La ley Obama es una bendición desde el punto de vista del rigor económico. A día de hoy, el sistema sanitario de EE UU es caro e ineficiente. El más caro de cualquier país desarrollado, pues cuesta el equivalente de un 15,8% del PIB, frente al 8% y pico de España, Japón, y el Reino Unido, o el 11% de Francia, según datos OCDE. El gasto anual por persona asciende a 7.290 dólares, frente a los 4.763 de Noruega, los 3.601 o los 2.671 de España, según datos Kaiser Family/OCDE para 2007.

Es decir, su coste duplica el coste de la sanidad de la mayoría de países desarrollados. Y sin embargo, su resultado es precario. El gasto es así ineficiente, por cuanto la esperanza de vida en EE UU alcanza los 76,9 años, menos que los 78,2 de los 15 países europeos más desarrollados.

¿Por qué esa ineficiencia del gasto? Porque la parte del león del mismo no se dedica a suministrar salud, sino a orquestar la negativa a proporcionarla. Las aseguradoras privadas basan su negocio en acumular primas pagadas por sus clientes y eludir el pago de las correspondientes intervenciones clínicas, mediante una cuidada y tenebrosa selección de riesgo del paciente; la siniestra alegación de que existían condiciones previas ocultas, como enfermedades crónicas; o la torticera impugnación de informes médicos u hospitalarios. Todo, antes que pagar. Lo que exige mucho dispendio en papeleo y leguleyos, que alcanza el 15% de su gasto total, contra el 2% en la Medicare pública. La inversión en la reforma costará un billón de dólares, a financiar por los contribuyentes más prósperos, pero también recortará los gastos en 100.000 millones, calculan sus autores.

Ineficiencia económica, discriminación social. Unos 47 millones de norteamericanos vagan sin seguro médico (eso queda ahora prohibido, pagarán las empresas empleadoras, o el Estado, y las aseguradoras no podrán excluir a los pacientes más costosos). Pero, discriminación en la discriminación, los desatendidos pertenecen sólo en un 10% a la mayoría blanca, por un 16% a la minoría asiática, un 19% a la negra y un 32% a la hispana.

La apuesta de Obama por la sanidad (casi) universal (se excluye a los inmigrantes irregulares, a diferencia de aquí) es hercúlea. Y sin embargo, es sólo el heraldo de un Estado del bienestar, de una auténtica América europea, socialmente amable. Todavía la tasa de homicidios cuatriplica la europea. La población reclusa (2,2 millones, el 46% de ellos negros, que son sólo un 12,9 % de la ciudadanía) multiplica por ocho, en porcentaje, la europea. El gasto en pensiones ni siquiera alcanza la mitad del que a ellas dedica la UE: el 4,2% del PIB, contra el 10,6%. ¿América europea? Europea, sí, en la obsesión de la Unión por cohonestar progreso económico y bienestar social. God bless America.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de noviembre de 2009