Cartas al director
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El Nobel de Obama

Sin llegar al despropósito de Arafat, el premio a Barack Obama como Nobel de la Paz chirría por los cuatro costados. Más allá de las razones con las que la Academia Sueca ha justificado el nombramiento (lleno de lugares comunes), el Nobel al actual presidente de Estados Unidos parece tener, cosa que no sorprende pero apena, un barniz político de gran espesor.

¿De verdad ha contribuido Obama, más allá de las palabras, a la pacificación del mundo? ¿De verdad está luchando por la justicia mundial si en el país que gobierna sigue existiendo la medieval pena de muerte y un acceso fácil, muy fácil, a las armas de fuego? Nadie niega la importancia histórica de la elección de Barack Obama como mandamás del país más poderoso del mundo, pero una visión alejada de estereotipo a su todavía breve gestión nos enseña que lo que ha prometido, que es mucho, es más de lo que ha hecho, que aún es poco. No elevemos al líder a categoría de Mesías. Démosle tiempo, pero no un Nobel que se supone prestigioso. Por el bien de Obama.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 12 de octubre de 2009.

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