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Tribuna:

Portugal y España

Fui educado bajo la égida de un nacionalismo trasnochado y rural, que quiso hacernos creer que éramos todavía uno de los imperios más poderosos del mundo. Y por si fuera poco, además, un imperio irreprensiblemente ético y justo.

Pese a todo, la valoración crítica que retroactivamente hago de ese período del salazarismo no ciega mi mente hasta el extremo de renegar de nuestros héroes y de nuestra magnífica historia. Me considero un patriota, un nacionalista moderno. Me sigue emocionando leer la epopeya de Magallanes, las gestas de Afonso de Albuquerque o la osadía mística de Frei Nuno de Santa Maria.

Soy también un europeísta convencido, por más que deteste a los burócratas cenicientos de Bruselas, ¡y sobre todo su odio por el queso serrano, los embutidos y los lechones de la Bairrada! Creo en la Europa de las naciones, en la que un federalismo pragmático sólo debe prevalecer en lo que atañe a las grandes políticas de Estado: defensa, seguridad y relaciones exteriores.

La península Ibérica es un mercado de 52 millones de personas: hay que aprovechar esa oportunidad

La alta velocidad ferroviaria entre los dos países es ineludible

La campaña electoral en curso, la más intelectualmente mediocre de la historia de la democracia portuguesa, se está extraviando en pormenores acerca de quién tiene o no capacidad para presentar propuestas concretas con poder de movilización.

Está siendo también una campaña en la que nadie ha sido capaz de señalar cuáles son los grandes proyectos que deben condicionar en concreto las propuestas programáticas. Sin proyectos de conjunto, todas las propuestas no dejan de ser una mera adición de ideas inconexas e incomprensibles.

De este modo, dada la creciente polémica sobre la alta velocidad y España, no puedo dejar de tomar posición pública sobre un asunto que fue una de las principales banderas de mi reciente liderazgo en el mayor partido de la oposición.

Crítico ante el iberismo capitulador que desde 1383/85 ha tentado en tantas ocasiones a las élites portuguesas, soy, pese a todo, de los que defienden con mucha convicción que España es el principal objetivo y desafío del Portugal de las próximas décadas.

Somos un país pequeño en el contexto de la Unión Europea, y de los pequeños, el más excéntrico; de los pequeños, el único con frontera con un gigante imperial, a más de 2.000 kilómetros del centro de Europa, cada vez más desplazado hacia el este. En el pasado interpretamos con inteligencia estos condicionamientos y supimos hallar durante 800 años soluciones que preservaron, al menos, la defensa de nuestra independencia e identidad de forma perenne.

Lo hicimos volviéndonos ha

-cia el mar y hacia los grandes viajes de los siglos XV y XVI, mediante la elección de aliados estratégicos de confianza -Inglaterra, señaladamente- cada vez que las amenazas continentales se hacían más vehementes, u optando por una neutralidad evasiva cada vez que una opción más clara podía situarnos bajo el fuego devastador de los grandes conflictos internacionales.

Pero entretanto había algo de lo que tales condicionamientos difícilmente podían permitirnos escapar: el empobrecimiento progresivo. A causa de nuestras pequeñas dimensiones, acentuadas por esa condición excéntrica, a causa de nuestra escasa densidad demográfica, a causa de nuestra pobreza en riquezas naturales y materias primas y, por último, a causa de nuestra dejadez en la formación y cualificación de nuestros ciudadanos, particularmente acentuado en los 50 años de dictadura.

No es de extrañar que, por todo ello, la economía portuguesa se haya caracterizado únicamente, a partir de la revolución industrial, por pequeños estertores expansionistas: en el momento de la adhesión a la AELC y, en la década de los ochenta, con la adhesión a la Comunidad Económica Europea. Estertores pasajeros, porque los problemas estructurales nunca consiguieron ser superados.

El principal problema, síntesis de muchos de los anteriores, ha sido siempre las escasas dimensiones de un mercado interior diminuto y cerrado. De tal manera que no sorprende que no hayamos pasado nunca de ser un país de pequeñas y medianas empresas y que el sector exportador sea el resultado, casi se diría que exclusivamente, de la sufrida supervivencia de sectores industriales de mano de obra intensiva, circunstancialmente beneficiados por la existencia de una mano de obra poco cualificada pero muy barata.

La progresiva apertura de las fronteras en Europa y en el mundo, y la entrada en el club de la moneda única fueron la gota que colmó el vaso. La innovación, la progresiva mejora del sistema educativo y el genio emprendedor de algunos tropezaban ante la incontrovertible falta de masa crítica con suficiente dimensión para dotar de competitividad a las empresas.

Pues bien, es ahí donde España era, y es, nuestra solución.

El gran mercado interior europeo es un "horizonte" demasiado distante. Lo que da cuerpo y confiere solidez a una economía es, en primer lugar, la pujanza de un mercado interior de proximidad. Sólo después de esa maduración, tan saludable para las pequeñas y medianas empresas, pero que consigue también que muchas se vuelvan mayores y hasta gigantes, puede despegarse de forma sólida hacia el estatuto de potencia exportadora.

España nos ofrece ese mercado de proximidad. ¡La península Ibérica supone un gran mercado con más de 52 millones de consumidores! Es la primera vez que tenemos una oportunidad así en 200 años. Debemos ser conscientes de ella y aprovecharla.

De esta forma, un programa electoral inteligente debería incorporar soluciones y propuestas que nos situaran en condiciones de vencer en esta pacífica batalla peninsular.

La modernización de todos los grandes puertos de la costa atlántica, su enlace inmediato -por carretera y ferrocarril- con ese espacio central ibérico, el desarrollo competitivo de un interior que está tres horas más cercano a esos 42 millones de consumidores adicionales, la armonización fiscal ibérica alcanzable en un período razonable, la introducción, en régimen de reciprocidad, del castellano y del portugués como idiomas de enseñanza obligatoria en Portugal y en las regiones fronterizas de España, se cuentan entre algunas de las medidas impostergables que deberíamos afrontar.

También la conexión mediante la alta velocidad ferroviaria de pasajeros y mercancías entre Portugal y España es ineludible a partir del momento en el que España impuso en todo su territorio tal opción. Lisboa y Oporto no pueden quedar fuera de una carrera de calificación en la que ya están incluidas Sevilla, Valencia, Barcelona, San Sebastián... ¡y Vigo!

La Aljubarrota de hoy no se vence con lanzas ni con "alas de los enamorados", ni mucho menos con ningún tipo de aislacionismo. Se ganará compitiendo con confianza, agresividad y con una estrategia concertada.

Considero que, a pesar de su posición sobre la alta velocidad, el PSD es el partido mejor situado para liderar una trayectoria de esa clase. Al PS, durante cuatro años y medio, se le ha llenado la boca con España, pero lo cierto es que no ha hecho nada para armonizar nuestro desarrollo con el de nuestro vecino. La alta velocidad no es más que un detalle de una visión de fondo global y coherente. Un detalle que puede y que debe ser corregido. Con todo, el PSD es lo suficientemente abierto y democrático para que muchos que piensan igual que yo puedan defender y llevar al triunfo esa visión nuestra del interés nacional.

Luís Filipe de Menezes Lopes es médico pediatra y político portugués.Traducción de Carlos Gumpert.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de septiembre de 2009