Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Madrid, capital gay

Madrid se ha convertido en la capital gay del mundo. Tiene su lógica. Madrid es una ciudad en la que no ha terminado de cuajar la reivindicación de las fiestas costumbristas. Sin embargo, lo gay, que supera lo puramente homosexual, ese concepto "gay" que añade a su actual sentido sexual, reivindicativo y cultural el significado de "alegre" que se le daba en los años treinta, ha calado hondo en gran parte de la ciudadanía y ha superado las previsiones que imaginaban los promotores de esta marcha veraniega. Madrid es gay, es alegre, sí, vivísima, es una ciudad manga por hombro, a ratos áspera y agresiva, y a ratos más acogedora que ninguna. Y es ese carácter espontáneo, nocturno y cimarrón de nuestro gran poblacho lo que ha propiciado que una fiesta que fue concebida para un determinado grupo social se haya extendido a otros sectores desprejuiciados y con grandes ganas de divertirse. Tal vez esto parezca demasiado banal al grupo más radical del mundo homosexual pero en la propia naturaleza de lo gay la superficialidad y la conciencia se dan la mano, la carroza y el manifiesto, el baile y la pancarta. Con los años, el Día del Orgullo se ha convertido en una especie de celebración de la llegada del verano.

Y en toda esta algarabía de carácter ya internacional, Chueca es el epicentro. Tiene ya un carácter simbólico, de la misma forma que en Nueva York lo son las calles del Greenwich Village que rodean al pub Stonewall Inn, donde se produjeron los primeros disturbios reivindicativos gays tras la irrupción de la policía en aquel bar en el se acogía a los clientes más marginales de esa comunidad. Hoy, la marcha del Orgullo neoyorquina no se puede disociar de ese lugar histórico. De la misma forma, las fiestas madrileñas no se entienden fuera de Chueca, barrio al que van a ejercer su libertad a lo largo del año chavales de toda España, de lugares más pequeños y más opresivos donde aún no pueden expresar su condición abiertamente. Pero Chueca no es un gueto para homosexuales. Es más, muchos gays detestan los lugares excesivamente tendentes al estereotipo. En Chueca se mezclan gays y heteros, jóvenes con ganas de marcha y ancianos con ganas de dormir, bebés que precisan tranquilidad y un gentío que no ve el momento de irse a la cama, gente que sabe divertirse discretamente y gente que usa la ciudad como un vertedero. De todo eso hay. Siendo pues el centro de Madrid uno de los lugares más vivos de Europa hay que ser sensibles a la hora de ver la manera de introducir dos millones de personas con ganas de juerga en esa ratonera urbana que es el cogollo de Chueca.

Hay diferencias entre las celebraciones neoyorquinas y madrileñas. No en la naturaleza de la marcha, que comparte esa estética desmesurada y esa intención de afirmación, sino en la duración y en el trazado de la propia ciudad. En Nueva York, las celebraciones tienen una duración muy delimitada, como todo, forma parte de la naturaleza expeditiva americana; por otra parte, el río de gente que participa en esta marcha (más cutre que la madrileña) discurre por la Sexta Avenida con menor número de gente y de manera más espaciosa.

Con las ciudades hay que ser tan sensibles como con los grupos que las conforman. El colectivo organizador del Orgullo madrileño debe pensar que su fiesta ha adquirido tal magnitud que requiere estudiar muy atentamente tanto el éxito de la convocatoria como la duración y la molestia que supone para aquellos que prefieren quedarse al margen. Por otro lado (contradicciones del equipo de Gallardón), la elección de Ana Botella, especialista en distinguir las peras de las manzanas, para lidiar con este asunto no es la más acertada. Para que la fiesta continúe tiene que haber buena sintonía entre Ayuntamiento, vecinos y organizadores.

Ah, una ligera advertencia: leí que los convocantes afirmaban que el Ayuntamiento nunca había apoyado abiertamente estas fiestas por su naturaleza de apertura sexual. ¡Mejor! No hay nada más artificial que las fiestas subvencionadas en las que los políticos quieren hacerse su fotito de rigor. Dejemos a las fiestas callejeras su carácter espontáneo y popular. Al menos en Madrid, ciudad gay, es lo que mejor ha funcionado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de julio de 2009