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El purismo del récord de la hora

La interacción entre el material y la capacidad de los deportistas, la influencia del llamado doping tecnológico a la hora de mejorar una marca no se ha visto, quizás, de manera más clara que en la evolución del récord de la hora ciclista, la prueba en la que han dejado su firma los más grandes campeones de la historia -Coppi, Anquetil, Merckx, Indurain...-, la prueba que, en una caótica década de los noventa del siglo pasado, se convirtió en una verdadera feria de fenómenos, ciclistas de segundo nivel que, utilizando posiciones estrambóticas, eran capaces de ridiculizar las marcas de los campeones.

Allí donde Eddy Merckx se quedó en 49,431 kilómetros llegó un tal Graeme Obree, un escocés con gran inventiva y un cuerpo de goma que le permitía adoptar una postura imposible sobre una bici con un manillar mínimo y recorría cinco kilómetros más, u otro británico, Chris Boardman, un buen especialista de persecución y de prólogos y contrarreloj llanas, que con una posición llamada de superman, con los brazos estirados hacia delante como el superhéroe, fue capaz, en 1996, de dejar el récord en 56,375 kilómetros.

Poco después, la Unión Ciclista Internacional (UCI) puso fin al frenesí, al auge creativo que se desarrollaba alrededor del viejo récord de la hora y en el que participaban al lado de grandes firmas establecidas pequeños inventores de garaje, privando de sopetón de la etiqueta de récord oficial de la hora a todo ciclista que no hubiera utilizado en el intento una bicicleta absolutamente tradicional, como la de Merckx en 1972: cuadro triangular de tubos redondos, manillar de toda la vida, ruedas de radios y del mismo tamaño ambas y llantas no perfiladas...

Quedaban prohibidas las ruedas lenticulares, el cuadro inclinado y el manillar de cuerno de vaca, como los que usó Moser en México en 1984, cuando, sometiéndose también a un régimen de transfusiones de sangre -método no prohibido entonces- se convirtió en el primer ciclista que pasaba de los 50 kilómetros. Quedaban prohibidos también los cascos aerodinámicos, y los cuadros monocasco, como el de la Espada de Indurain en Burdeos, en 1994 (53,040 kilómetros), y los manillares de triatleta, como los de Tony Rominger en el mismo sitio el mismo año (55,291), y, por supuesto, la postura huevo de Obree y la superman de Boardman.

La prohibición cobró carácter retroactivo, por lo que a partir de 2000 el récord de la hora oficial volvía a ser el de Merckx de 1972. En octubre de 2000, Boardman probó a batirlo siguiendo las nuevas normas: lo consiguió por sólo 10 metros (49,441 kilómetros), casi siete kilómetros menos que su marca anterior, casi 7.000 metros que marcan el margen conseguido con el doping tecnológico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de julio de 2009