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COLUMNA

Aniversarios

El pasado fin de semana se cumplieron 73 años del referéndum del Estatuto de Autonomía de 1936 y 25 años de la vuelta a Galicia de los restos mortales de Castelao. Dos importantes acontecimientos sobre los que, tanto tiempo después, conviene reflexionar. Recordar el pasado no es nunca un ejercicio inútil. Al contrario, sirve para ver la dimensión y la magnitud de los cambios subsiguientes.

El plebiscito celebrado el 28 de junio del 36 respaldó un Estatuto que, aunque no pudo entrar en vigor debido al golpe de Estado franquista contra la República y la posterior Guerra Civil, fue, sin embargo, un antecedente inexcusable que nos permitió en 1981, recuperada la democracia, conquistar una autonomía de primer nivel concretada en el vigente Estatuto de Galicia.

Treinta años después de aprobar el Estatuto, la conciencia de país ha crecido exponencialmente

Hoy, contra lo que pasó en 1984, la vuelta de Castelao a Galicia sería una muestra de unidad nacional

No obstante, pese a la existencia de ese importante precedente histórico, las cosas no fueron tan sencillas como pudiera parecer ahora. La idea dominante entonces (1981) en los círculos de poder consistía en reconocer el derecho a la autonomía política a Cataluña y Euskadi, y reconducir el resto del proceso autonómico a una mera descentralización administrativa que evitase una drástica transformación del viejo aparato centralista. El esquema diseñado no sólo negaba a Galicia su derecho al autogobierno, sino que le asignaba el triste papel de servir de modelo para las autonomías de segundo orden. Los estrategas de aquella operación albergaban la esperanza de que Galicia, con una derecha hegemónica y renuente a la autonomía y con el nacionalismo radicalmente enfrentado al Estatuto, sería fácilmente manejable para imponer su modelo restrictivo.

La historia posterior es bien conocida. La izquierda, cuyo papel determinante en este proceso es de justicia reconocer, formuló con claridad la defensa de la Autonomía y convocó con éxito las mayores manifestaciones políticas de la historia del país -4 de Nadal de 1979- gracias a las cuales Galicia evitó su marginación y conquistó un Estatuto similar al vasco y al catalán. Hoy, casi treinta años después, Galicia dispone de un importante poder político, la conciencia de país ha crecido exponencialmente y el autogobierno ha dejado de ser patrimonio de minorías ilustradas para ser asumido por el conjunto de la sociedad.

Especialmente relevante ha sido la mutación experimentada en el sistema de partidos. La derecha agrupada en el PP gallego ha pasado de su inicial oposición al Título VIII de la Constitución a asumir el Estatuto de Autonomía. El Bloque ha evolucionado desde un rechazo beligerante al concepto mismo de autonomía a la plena aceptación del Estatuto y la Constitución, y el PSdeG, pese a sus bandazos, ha empezado a romper con la imagen de partido mecánicamente dependiente de la cúpula estatal del PSOE.

Las transformaciones operadas en la vida política gallega como consecuencia de este proceso son de tal calibre que hoy no serían siquiera concebibles los acontecimientos que rodearon la vuelta a Galicia de los restos de Alfonso Castelao. Las divisiones, enfrentamientos y el caos que presidieron el regreso del ilustre rianxeiro a su tierra tenían su origen en las posiciones de determinadas fuerzas políticas y de un sector de la ciudadanía que negaban legitimidad a la Xunta de Galicia, presidida por Fernández Albor, y consideraban que no se daban las condiciones democráticas mínimas para el retorno de Castelao. Ciertamente, la historia no ha sido complaciente con aquellas posiciones. Es indiscutible que en 1984 había en Galicia plena democracia, estaban en vigor el vigente Estatuto y el Gobierno del doctor Albor, gustase o no, era el producto de la voluntad popular expresada libremente en las urnas. Si alguien negase hoy esta evidencia debería aclarar a partir de qué momento empezaron a ser los gobiernos autonómicos legítimos y democráticos.

Con toda seguridad hoy, en contraste con lo que ocurrió hace 25 años, la vuelta de Castelao a Galicia se habría transformado en una demostración de unidad nacional y una multitudinaria manifestación desfilaría detrás del féretro de nuestro egregio compatriota. Y ello es debido a que en el corto espacio de tiempo que en términos históricos representa un cuarto de siglo, el Estatuto se ha convertido en el punto de encuentro de todas las fuerzas políticas y de la gran mayoría de los ciudadanos. No conviene olvidar las lecciones de la historia cuando se plantee de nuevo la necesaria reforma de nuestra Ley Fundamental.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de julio de 2009