Columna
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Mikel Goñi

Esta vez la noticia ha pasado casi desapercibida. Ocurre como en el cuento del pastorcillo mentiroso y el lobo. Cuando reiteradamente algo parece que va a suceder, el desenlace suele ser tan esperado que apenas provoca interés. Aspe ha despedido, tras innumerables amagos previos, a Mikel Goñi. La respuesta de éste, publicada en diversos medios el pasado viernes pertenece al clásico argumento de la excusatio non petita, accusatio manifesta: alusiones a la pérdida de peso, al resultado negativo de las analíticas, asistencia a los entrenamientos, vida personal...; es decir, los aspectos sobre los que, con demasiada frecuencia, versaban los comentarios que en los círculos pelotazales se referían al delantero baztandarra.

Vaya por delante que, incluso cuando he pasado vergüenza ajena en la grada, siempre he sido un forofo de Goñi II, un diamante en bruto que parecía destinado a marcar una época en la pelota. Desde sus inicios en el profesionalismo, el navarro nunca ha dejado indiferente a nadie. Si se me permite la hipérbole, ha sido una especie de Curro Romero del frontón. Cuando ibas a verle, ya contabas con que podía pifiarla, pero valía más uno de sus zurdazos que cien pelotazos de su rival.

Con el paso de los años fue ganando peso y perdiendo fuelle, y la defensa jamás fue su fuerte; pero, aun así, era capaz de alcanzar el rebote y su izquierda continuaba siendo una maravilla. El problema de Goñi fue haber nacido 25 años tarde. En una época en que los pelotaris son auténticos atletas, a quienes el cansancio no parece hacer mella, es muy difícil que alguien que no esté físicamente al cien por cien pueda aguantar en la alta competición.

El de Oronoz-Mugairi hubiera sido una estrella en la época de los Ladutxe, Arroyo, Oreja y compañía. Entonces, el sobrepeso moderado no estaba mal visto y los pelotaris podían descansar y acudir al vestuario sin tantas limitaciones.

La personalidad deportiva de Mikel podría acercarle al arquetipo del badboy, cuya mejor representación la encontraríamos en futbolistas como George Best, Paul Gascoigne o incluso el Maradona de sus últimos años, capaces de grandes genialidades sobre la cancha pero con una vida privada no siempre ordenada. También Goñi ha ofrecido momentos estelares para la pelota. Venció -en partido no oficial, eso sí- a dos vigentes campeones manomanistas: a Beloki en 2001 y a Barriola en 2002.

Sin embargo, en el historial deportivo del navarro las sombras siempre han superado ampliamente a las luces. Suspensiones y lesiones nunca explicadas, junto a actuaciones calamitosas, hicieron que fuera apartado de la élite de los frontones en 2005. Aspe le dio una nueva oportunidad en 2007. Parecía que ésta iba a ser la buena, que era el regreso definitivo del hijo pródigo. Fue un espejismo. Yo me quedaré para siempre con su partido en Eibar en Sanjuanes de 1998. Buena suerte, Mikel.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 30 de junio de 2009.

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