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ANÁLISIS

'Potxokolandia', un país de ensueño

Cuentan que el escritor francés Stendhal, durante su visita a Florencia (Italia) en 1817 se pasó todo un día recorriendo museos y galerías de arte, visitando iglesias y admirando las cúpulas, las fachadas, los frescos y las estatuas. En un determinado momento, en la Basílica de la Santa Croce, se sintió tan extasiado, con palpitaciones, vértigos, confusión e incluso alucinaciones, que tuvo que salir del templo para reponerse. El médico que le atendió le diagnosticó "sobredosis de belleza", una reacción psicosomática que se produce al contemplar una acumulación de arte y belleza en poco tiempo. Desde entonces, esa afección se conoce como mal de Stendhal o síndrome de Stendhal.

Potxokolandia es un brote del mal de Stendhal. Es un país imaginario, un paraíso tan idílico que es el único de todo el mundo que en sus presupuestos nacionales incluye una partida para ayudar a las familias de los presos para que puedan ir a visitarles. Realmente el equilibrio emocional de los reclusos debe de ser una de sus más importantes preocupaciones, puesto que al menos ocho ayuntamientos, es posible que más, dedican también fondos municipales a sufragar parte de los gastos de esos desplazamientos a la cárcel.

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Hay que reconocer que no deja de ser sorprendente que el dinero de los contribuyentes, que suele ser más bien escaso, se dedique a que la amatxo pueda visitar más cómodamente al atracador de bancos en lugar de a educación, salud, cuidado de los ancianos, ayuda a los parados o simplemente a las obras de la localidad. Pero Potxokolandia ezberdina da (es diferente).

Porque algún malpensado creerá que estas ayudas se conceden porque hay una organización terrorista que se ha constituido en movimiento de liberación nacional en contra de la mitad de los habitantes del país, a los que asesina, chantajea o amenaza. Pero no, el consejero de Justicia que las propuso ya explicó que las ayudas eran para familiares de todos los reclusos, aunque cuando le preguntaron por cuántos expedientes se habían tramitado respecto a presos comunes, alegó que no disponía de esos datos. Igual es que no sabía contar, puesto que la ratio es de cinco comunes sobre 250 de integrantes de la banda armada.

El caso es que recientemente ha habido elecciones y el partido gobernante ha pasado a la oposición. Lo curioso es que tres días después de los comicios, cuando el Ejecutivo saliente ya se había percatado de que no continuaría en el poder, -apréciese su preocupación por el tema- decidió por sorpresa adelantar cinco meses la publicación de la convocatoria de las ayudas. En el periodo de interinidad sólo se suelen aprobar los asuntos urgentes o de reconocida necesidad con el fin de no hipotecar al nuevo Gobierno, pero la elegancia no ha sido precisamente el valor más destacado en el traspaso de poderes.

Así que, en cuanto ha llegado al poder el nuevo Potxokolehendakari ha decidido suprimir esas prestaciones, porque, como decía Charles Chaplin, "no hay nada permanente en este malvado mundo, ni siquiera nuestros problemas".

Pero como la convocatoria ya estaba publicada en el Boletín Oficial, la abogacía del Estado la impugnó y el Tribunal Superior de Potxokolandia tiene que pronunciarse sobre la legalidad de la medida. De momento, ya ha rechazado el paralizar las ayudas como medida cautelar, aunque aún no ha decidido sobre la cuestión de fondo. Parece que los rígidos cauces procesales impiden un pronunciamiento rápido sobre el tema, pero los jueces entienden que no hay peligro de que una vez cobradas las ayudas sean muy difíciles de recuperar si el fallo definitivo las anula.

Tampoco consideran que la concesión de las citadas prestaciones suponga una transgresión de los derechos a la paz, la libertad y la convivencia que proclama el artículo 9 de la Ley de Reconocimiento y Reparación a las Víctimas del Terrorismo. El tribunal "no aprecia con la evidencia necesaria" la vulneración de ese precepto ni que las ayudas supongan la legitimación ética, social y política del terrorismo, porque hay que distinguir entre los terroristas y sus familiares. Probablemente ni se plantean que a las familias de sus víctimas las ayudas les deben de saber a azufre, como la pasta de dientes de Satanás.

Lo dicho, un país de ensueño. Si no existiera quizá habría que inventarlo. Ven y cuéntalo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de junio de 2009