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UNIVERSOS PARALELOS

Todo a cero euros

Lo piensan muchos pero Frank Black lo dice en voz alta. En una entrevista con New Musical Express, el fundador de los Pixies advierte que todo el negocio musical debe habituarse a cobrar menos y reducir ganancias. Según él, habrá que ajustarse al "mundo de los cinco dólares"; ésa será la cantidad estándar por un CD, un concierto, una camiseta. Sirve para tiempos de economía debilitada pero Black lo concibe como una respuesta a los hábitos de la era Internet, con la devaluación de los soportes físicos y la negativa masiva a reconocer el derecho de propiedad intelectual.

Para no ser acusado de hipócrita, Frank Black menciona que 4 A.D. va a publicar una caja de los Pixies, incluyendo una edición de lujo con un PVP cercano a los 450 dólares (dado el mimo con que el sello de Ivo Watts-Russell cuida las envolturas, puede que esa barbaridad esté justificada). Una gama de productos, una variedad de precios. El propio Prince vende su nueva entrega -un triple CD- por 12 dólares (8,50 euros) en una cadena de supermercados pero también se puede comprar directamente, con acceso personal a una página web, por 77 dólares (54 euros).

La cultura de la gratuidad cuenta con la bendición de empresas poderosas

Algo parecido ya funciona discretamente en el negocio del directo, con las entradas VIP. Están incluso probando con las subastas en el ciberespacio de las localidades más apetecibles. Trucos que rompen la reputación democrática de la música pop pero muchos pájaros cantores quieren pillar también los beneficios de los reventas.

Frank Black cree que cada cual puede vender su arte por el precio que quiera pero que "al final, el mercado dictará sentencia y habrá que abaratar todo. Las compañías discográficas

[¿sólo ellas?, pregunto yo] han exagerado los precios durante demasiado tiempo y ya no pueden seguir haciéndolo. Han creado esta situación por un exceso de codicia". Curioso que Black se haya fijado en la cifra de cinco dólares. Desde hace años, la compañía madrileña Rock Indiana vende su catálogo a cinco euros pero la iniciativa no ha tenido imitadores. No soplan por ahí los vientos. Las disqueras se aferran a sus números e incluso se habla de aumentar el coste de las descargas legales para artistas de moda. Aparte, una iniciativa como la que sugiere Frank se debería tomar a escala planetaria; caso contrario, veríamos florecer las importaciones extraoficiales, tan destructivas para la industria de países pequeños o medianos. Pero la asociación mundial de fonográficas, la famosa IFPI, no tiene el músculo de una OPEP.

No es un buen paralelismo, lo sé. Nadie discute el precio de la gasolina mientras que no podemos resistirnos a la oferta de música gratuita. Maticemos ese último adjetivo: los proveedores de Internet cobran cada mes. Curiosamente, ellos no tienen el brutal problema de imagen que aqueja al mundo musical.

La maldad intrínseca de las discográficas parece haberse incrementado en la era cibernética. Cierto que su comportamiento ante los nuevos tiempos fue el de un boxeador sonado pero me pregunto cuánto de ese vilipendio es espontáneo y cuánto es teledirigido por fuerzas en la sombra, esas empresas gigantescas que no quieren pasar por taquilla. La implantación de la cultura del gratis total necesita demonizar aquellas industrias de las que se abusa. Industrias que, debe reconocerse, son fácilmente demonizables por sus derroches, su arrogancia, su sordera.

Atención, que aquí nadie se sienta a salvo: lo sabe ya el negocio del cine y lo aprenderá pronto la industria editorial, con la difusión del e-book. Lo sufre la prensa, forzada a regalar en la Red lo que está vendiendo en los quioscos. Mundo maravilloso: la fonoteca, la filmoteca, la biblioteca y la hemeroteca universales. Pequeño problema: la exigencia de gratuidad requiere ignorar el proceso de producción; aparentemente, los discos se graban mágicamente, las películas aparecen de la nada, los escritores viven del aire, la información no necesita redacciones ni corresponsales. ¿Adivinan dónde falla la ecuación?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de junio de 2009