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Reportaje:

Peter Pan en el olimpo del fútbol

Leo Messi nació en Rosario, Argentina, hace casi 22 años, era muy chiquito de pequeño, pero marcaba 100 goles por temporada, hoy es el jugador determinante del Barça y de su selección, marca goles que pasarán a la historia, juega con la pelota pegada a los pies...

No, eso ya lo sabemos todos (al que no lo sepa se le podría preguntar, como dijo el locutor de radio cuando Diego Maradona marcó el mejor gol de la historia contra Inglaterra en el Mundial de 1986: "¿De qué planeta viniste?"). Empecemos otra vez.

He entrevistado a Messi en dos ocasiones, la última para EL PAÍS hace un mes, y si se me ofreciera una tercera posibilidad de hacerlo, respondería cortésmente que no; no, gracias. Algún intercambio después de un partido, tal vez, pero tiene poco sentido para un periodista sentarse a hablar con él y exigirle perlas de autorreflexión. O tan poco sentido, digamos, como haberle pedido a Luciano Pavarotti que nos mostrase lo que era capaz de hacer vistiendo pantalón corto en el Camp Nou. Entre amigos quizá se lo pasaba bien Pavarotti con un balón; del mismo modo que, con sus íntimos, puede que Messi se suelte en conversación (aunque tampoco tanto, porque la palabra tímido es la que repiten con más frecuencia todos los que le conocen cuando hablan de él). Pero juzgar a Pavarotti en base a su actuación en un campo de fútbol, o a Messi en función de cómo habla en público, es tan absurdo como injusto. Como lo es sacar la conclusión, no infrecuente, de que Messi no es una persona inteligente.

Sigue jugando como si fuera un niño, como si no fuera consciente del fenómeno
"No me iría de acá, de Barcelona, ni a Madrid ni a ningún otro lado"
"Me gusta jugar, me gusta entrenar pero mirar el fútbol, no. No soy de mirar"
"Es la imagen del fútbol, su esencia", dice su amigo el fisioterapeuta Juanjo Brau
"Cada era tiene su super-estrella, y Messi puede ser la siguiente", dice Valdano
"Hace cosas que nadie ha hecho nunca... es el nuevo Maradona", dice Etoo
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Messi es mucho más que una persona inteligente. Es un genio que reserva toda su expresividad para el campo de fútbol. Y para ser genio se requiere, en el ámbito que sea (ópera, violín, ballet, natación, tenis, libros), una capacidad cerebral singular. Con la diferencia de que tiene más mérito ser el mejor jugador de fútbol del planeta que ser el mejor en cualquier otra cosa. Por la sencilla razón de que hay más competencia. Habrá decenas de miles de personas que desean ser grandes cantantes de ópera o tocar magistralmente el violín o ser primeras bailarinas o bailarines; habrá cientos de miles que aspiran a jugar al tenis como Rafa Nadal o nadar como Michael Phelps o escribir como García Márquez. Pero cientos de millones de soñadores, de niños, e incluso adultos, que aspiran a ser el más grande, sólo hay en una disciplina, el fútbol.

La vida profesional de un futbolista es trágicamente corta. Pero cuánta gente habrá que lo cambiaría todo por ser no sólo el que muchos consideran el futbolista más talentoso y eficaz de la tierra, sino el que medio mundo pagaría (y paga) por ver jugar. Porque el placer de presenciar las maravillas que Messi es capaz de hacer con un balón -esos toquecitos eléctricos que le da con la punta del pie, esos movimientos como de ardilla, que se frena en seco, y sale disparado, y se vuelve a frenar- es algo único, sólo suyo, que, para gran parte de la humanidad, no tiene precio.

Lo dicen los aficionados de a pie en todo el mundo. Y lo dicen los profesionales del deporte. Acabo de estar un par de semanas en Suráfrica, sede del Mundial de 2010, hablando con la gente de fútbol, y cada vez que les pedía su opinión de Messi, no importaba que fuesen políticos o barrenderos o jugadores, los ojos se les ponían como platos. Cuando le pregunté a un delantero del equipo profesional Amazulu qué pensaba de Messi, se infló los cachetes y soltó un largo "¡uuuuffff!". Los compañeros de equipo de Messi en el Barcelona, el mejor Barcelona de todos los tiempos, según Juande Ramos, entrenador del Real Madrid, responden de manera similar. Samuel Eto'o dice que ver a Messi en el campo es como ver "dibujos animados". Thierry Henry confiesa que con Messi en el campo corre el peligro de convertirse en un mero espectador: "Lo que él hace es increíble y debo tener cuidado de no quedarme mirando sus movimientos". Gabriel Milito, que también juega con Messi en la selección argentina, dijo hace un par de años en una entrevista con EL PAÍS: "A cada partido te preguntas: '¿Cómo lo ha hecho?' Llegas al partido pensando: '¿Qué hará Messi?'. Le conocí en Argentina. En el primer entrenamiento con la selección supe que era diferente a todos. He jugado con enormes futbolistas, pero ninguno como Leo".

En cuanto a opiniones fuera de su entorno profesional, destaca una de Fabio Capello, seleccionador inglés y ex entrenador del Real Madrid. Comparándolo en abril con Cristiano Ronaldo, del Manchester United, con el que se retará en un duelo en la final de la Liga de Campeones este miércoles, Capello afirmó en abril que aunque el portugués del Manchester United jugaba a "un altísimo nivel", el "genial" era Messi. Otros madridistas tampoco se cortan. Arjen Robben, el extremo holandés con el que algunos fanáticos del Bernabéu le llegaron a comparar, ha dicho de Messi: "Para mí es de otro planeta. Es el mejor, diferente al resto". Alfredo di Stéfano, otro genio argentino, declaró a finales del año pasado que Messi era "el número uno porque juega y hace jugar; crea y finaliza". "Ojalá", agregó, "lo tuviera el Madrid". Lo mismo piensa, no lo duden, Florentino Pérez, que por una vez parece estar condenado a seguir soñando.

Una de las cosas que quedaron claras en la entrevista que le hice para este periódico el mes pasado fue que no había tenido ningún contacto con Pérez y que no pensaba jamás traicionar al Barcelona como lo hizo en su día Luis Figo. "No me iría de acá, de Barcelona, ni a Madrid ni a ningún otro lado," declaró.

En el campo, Messi es un derroche de talento, energía y claridad. Pero cara a cara con un periodista, todas sus respuestas son cortas e imprecisas. No se extiende nunca. Es famosísimo y admirado por mucha más gente de la que él se puede imaginar, pero emite una extraña inocencia, como si no acabara de entender por qué alguien querría entrevistarle. Humilde y respetuoso siempre, responde lo mínimo necesario para no ser descortés. Poco más. ¿Qué le parece aquello que ha dicho Di Stéfano de usted, que es grande porque crea y finaliza? "Sí, todo es lindo, ¿no?," contesta, sin sonreír. "Sobre todo cuando viene de gente tan ilustre". ¿Ha tenido compañeros en el Barcelona que le han ayudado a mejorar como jugador? "No, la verdad es que no. Mi juego siempre es el mismo". ¿Hay algún jugador que admira fuera del Barcelona o de la selección argentina? "No. Qué se yo... La verdad es que no". ¿Algún otro deporte que le podría interesar? "Me gusta mirar tenis, basket..., pero tampoco lo sigo tanto...". ¿Y cuando no juega al fútbol, qué le gusta hacer? "Y... Estar con la familia".

Si Messi consideró que las preguntas fueron banales (muy posible) o repetitivas (también, posible), no lo delató. Ni altivo ni desdeñoso, como lo pueden ser otros famosos del fútbol, lo que llamó la atención fue su sencillez, la ausencia de pretensión de ningún tipo. No luce tatuajes visibles, ni pendientes, ni ropa de moda (vestía vaquero y camiseta blanca), ni nada que haría que en la calle se le mirara dos veces. No podría ser más diferente a David Beckham, o incluso a su único rival para el título de mejor del mundo, Cristiano Ronaldo, que juega al fútbol como si las luces del escenario brillasen únicamente para él. Después de marcar un golazo de casi 40 metros, el mes pasado, contra el Oporto en cuartos de final de la Liga de Campeones, Ronaldo declaró: "Es el mejor gol de mi vida. Fue un disparo fantástico y me muero de ganas de verlo otra vez en DVD".

Messi no ve sus goles después de un partido. Ése fue el dato más revelador que salió de nuestra entrevista.

¿Ve mucho fútbol en televisión?, le pregunté. "No. No miro fútbol," contestó. ¿Ni sus propios goles? "No. No. Tampoco". ¿Ni partidos de equipos a los que se va a enfrentar, como los ingleses en la Champions? "Me gusta, obviamente, entrenar, jugar..., pero mirarlo, la verdad que no. No soy de mirar".

He aquí una pista para descifrar el particular genio de Leo Messi. No mira; actúa. Cuando no participa en el juego, cuando observa, vive callado en la sombra. Cuando tiene un balón a sus pies, canta, brilla como el sol. No hay más que leer la biografía escrita por el periodista italiano Luca Caioli, Messi: el niño que no podía crecer, o ver el documental que hizo Informe Robinson, en Canal Plus, sobre su infancia en Rosario, ciudad industrial a 300 kilómetros de Buenos Aires, y su llegada al Barcelona, club en el que aterrizó con 13 años, para constatar que, lazos familiares aparte, Messi vive y siempre ha vivido única y exclusivamente para jugar al fútbol.

Lo familiares, los amigos, las profesoras, los entrenadores que tenía cuando era pequeño, todos ofrecen variaciones sobre el mismo tema: "Cuando jugaba al fútbol, ya fuera en un campo o en la calle, se transformaba"; "era impresionante porque lo hablábamos y decíamos: 'Mirá al Leo, siempre con una pelota en la mano"; "era un nene tranquilo, era tímido, como se ve ahora... con la pelota se transformaba, era otra persona, era asombroso ver el cambio que producía"; "él brillaba, brillaba cuando jugaban en los recreos".

Y hoy sigue jugando como si fuera un niño, como si no fuera consciente de los millones que siguen por televisión cada paso que da en el campo. Como si el largo recorrido, los sacrificios que ha hecho y la valentía que ha demostrado para llegar a donde ha llegado, a la cima de una gigantesca montaña llena de alpinistas que ha dejado por el camino, no hubieran dejado huella.

A diferencia de su abuela, que sí la dejó. Messi se pasó la mayor parte de sus primeros cuatro años de vida dando puntapiés a un balón hasta que un día la abuela, como recordó en nuestra entrevista (siempre recuerda a su abuela, muy futbolera ella, fan de Maradona), lo introdujo en el deporte de su vida al insistir en que lo dejaran jugar en un equipo infantil de Rosario cuyos jugadores tenían dos años más que él. Él siempre fue muy pequeño para su edad, algo que se hacía aún más evidente en aquella primera liguilla en la que jugó, pero se convirtió instantáneamente en el crack de su equipo, llamado Grandoli. Las patadas eran la única forma de pararle ("pero sin maldad, eran chicos", me dijo en la entrevista con un exceso de generosidad), pero él nunca se arrugaba. Como hoy en el Barcelona, cuanto más le pegaban, más lo volvía a intentar.

De Grandoli se fue al gran equipo profesional rosarino, Newell's Old Boys, y fue allí donde durante cinco años marcó una media de 100 goles por temporada. Y eso que seguía siendo muy pequeñito. Un médico le diagnosticó un problema de insuficiencia hormonal que le impedía crecer con la naturalidad debida. Le recetó una inyección diaria en la pierna, pero el tratamiento era muy caro. Ni la asistencia social ni su club podían abordar el coste indefinidamente, lo que persuadió a su padre, Jorge, a volar con él a Barcelona en septiembre de 2000 a ver si el club catalán le contrataba y le pagaba las inyecciones.

Tenía 13 años cuando se puso a prueba en el Barça. Carles Rexach, el ex jugador y entrenador del primer equipo, fue el encargado de decidir su destino. Tardó siete minutos en hacerlo, mientras daba la vuelta a un campo de césped artificial en el que estaba jugando el pequeño Leo. Era el martes 3 de octubre de 2000, a las cinco de la tarde, en un partido en el que, por enésima vez, Messi se enfrentaba a jugadores más grandes que él. "¿Quién es ése?", preguntó Rexach, al llegar al final de su recorrido. "Messi", le dijeron. "Collons, l'hem de fitxar ara mateix", respondió Rexach, según él mismo ha recordado. Alguna persona del entorno le comentó que quizá era demasiado pequeño, como de futbolín, a lo que Rexach (que aquel día ganó la lotería para el club que le paga el sueldo) contestó: "Pues tráeme a todos los jugadores de futbolín porque los quiero en mi equipo".

Jorge Messi trabajaba de jefe de sección en una siderúrgica en Rosario, pero entonces se trasladó a Barcelona a ligar su futuro y el del resto de la familia -eran tres hermanos- al porvenir de su hijo menor, el más silencioso, el más brillante. Su madre, Celia, se quedó en Rosario. Leo tuvo que ir a un colegio nuevo en una ciudad extraña donde muchas veces la gente hablaba un idioma que él desconocía. Pasados unos meses, los padres le dieron la opción de volver a casa, donde podrían reunificar la familia dividida, pero él, con sus 13 años, no lo dudó: se quedaría y triunfaría en Barcelona. Quizá parte de esa fuerza y confianza que demostró es atribuible, precisamente, a su familia, que todo el mundo que ha tratado con ella, sean periodistas o gente del Barça, define como sana, unida y cariñosa, con los pies firmemente en la tierra.

Una de las personas que más trato cercano ha tenido con Messi, tanto en lo futbolístico como en lo personal, es Juanjo Brau, fisioterapeuta y recuperador empleado por el Barcelona. Brau, que le conoce desde que llegó a España, es el puente entre el Barça y la familia Messi. A petición expresa de Messi y su familia, acompaña al jugador a donde vaya, cuando se tuvo que recuperar de una lesión durante un mes la temporada pasada en Rosario, e incluso ahora, cuando viaja a Argentina o a Bolivia con su selección. A lo largo de una entrevista de una hora reflexiona sobre Messi como el propio Messi lo haría si tuviera el don, o el interés. Brau tiene el personaje absolutamente interiorizado y le tiene tanto afecto como si fuera un primo favorito. Como todos los que le conocen, Brau constata que Messi es introvertido, pero que se hace querer.

"Sólo por lo chiquito, cuando llegó, le cogías cariño. Se daba a la gente, siempre con una sonrisa tímida en la boca. Y a la vez es muy cercano al pueblo, al contrario que una estrella de cine. Lo sigue siendo hoy. Es el icono del fútbol mundial ahora, así lo veo. Leo Messi es la imagen del fútbol, su esencia. Hace cosas inalcanzables para otros futbolistas, pero permanece humilde, familiar. La fama no le ha cambiado en nada como persona. Su centro es su familia, que siempre está con él, entre Rosario y Barcelona. Es tan cariñoso como siempre, con los mismos amigos de antes. Él no olvida a la gente que estuvo con él, y no le gustan los privilegios. Prefiere andar con la gente en la calle que rodeado de seguridad. Y no esquiva. Siempre se para para la foto, el autógrafo".

Brau dice que él ha sido muy bien recibido no sólo por la familia Messi, donde ya parece ser casi uno más, sino incluso por el entorno de la selección argentina, por el propio Maradona, el actual seleccionador. Como si supieran que su presencia le da serenidad. "Le miro a los ojos por la mañana y sé cómo está. No tiene que hablar," dice Brau, que revela lo que puede ser la clave de ganar la confianza de Messi cuando dice: "Le sé respetar su espacio y su silencio".

Dentro de su espacio y su silencio ya ha hecho historia. Impresionó a sus compañeros en los equipos inferiores, entre ellos al centrocampista Cesc Fábregas, hoy del Arsenal, y, como repiten un testigo tras otro, ganaba partidos solo. "Era, con diferencia, el mejor," dice Brau. "Hacía lo mismo con el balón que ahora, aunque el balón le quedaba enorme. Había una gran desproporción. Pero pensaba y ejecutaba con una velocidad tal, que aunque el rival supiera lo que le iba a hacer, no le podía parar".

Por eso siempre lo ponían de titular cuando había que jugar un partido decisivo, aunque tuviera que jugar dos partidos en dos días. "Ya con 15 años había mucho peso sobre él. Lo sabía. Sabía que era líder, y maduró así, porque, siendo el Barça, tenía que ganar. Tuvo mucha presión de joven. De ahí sale su carácter competitivo".

Y el desparpajo necesario para debutar en el primer equipo contra el Oporto a los 16 años. Luego ganó el Mundial sub 20 con Argentina, siendo elegido el mejor jugador del torneo. Y con 17 años se consagró, o, como él me dijo en un atípico flash de orgullo, "se me conoció", en un amistoso de pretemporada en 2005 en el Camp Nou contra la Juventus, cuyo entrenador entonces, Fabio Capello, respondió a su estelar actuación preguntando: "¿Quién es ese diavolo?".

El diavolo, según lo ve Brau, es un talento innato. "No se puede entender. El balón es la continuidad de su cuerpo. Fue Carlos Bilardo [seleccionador argentino en tiempos de Maradona] el que dijo que si le hiciéramos una radiografía veríamos un objeto redondo, un balón, pegado al pie".

Lo cierto es que sin el balón Messi se siente menos, como si le cortaran el acceso a un órgano vital. "Si a Leo le quieres hacer feliz", explica Brau, "dale un balón. Cuando hago trabajo de readaptación, traigo un balón, porque sin el balón no es completo. El balón es su mejor amigo en el fútbol. Él es feliz cuando juega. Si no juega una noche, todo el día está nervioso. No es un buen día para él, sea por lesión, o por tarjetas, o por decisión del técnico. Para ser feliz tiene que hacer esto. Su vida se reduce a esto. Dentro de la grandeza es muy simple".

Messi y el balón son como el pez y el agua. El grado de interdependencia entre una cosa y la otra se demostró en una anécdota contada por otra persona del entorno del Barça. Durante una gira por Asia en 2005, Messi, recién llegado al primer equipo, tuvo que pasarse todo un partido en el banquillo. Enfrente había un pequeño muro, al nivel de sus rodillas. Se pasó el partido entero chutando un balón de manera hipnótica contra el murito, un toque tras otro, sin parar. "Estaba como fuera de sí", recuerda la persona que lo presenció, "como si el balón fuera una especie de droga".

O un objeto de amor. Cuando le pregunté en una entrevista que le hice en 2007 si, como decían los brasileños, acariciaba al balón como si fuera una mujer, se sonrojó. Pero no lo negó. Aquel año, tras ganar la Liga española y la de Campeones en 2006 (aunque no jugó los últimos partidos por lesión), el mundo futbolero se enamoró definitivamente de él. Tres goles que marcó aquel año en el espacio de tres meses hicieron saltar al diavolo a las alturas del Olimpo.

El primero, memorable tanto por las circunstancias del partido como por la ejecución, fue en marzo de 2007, en el superclásico de la Liga española, Barcelona contra Real Madrid. Era el último minuto del partido. El Barça, que jugaba con diez hombres tras una expulsión, perdía 2 a 3. Messi recibió el balón en el semicírculo al borde del área. No había posibilidad de nada. Toda la defensa (y todo el ataque) del Madrid estaba atrás; su único objetivo, evitar el gol del empate. Messi giró a la izquierda, hizo un regate relámpago que dejó a dos jugadores madridistas tumbados, y entró en el área. Todavía tenía a Sergio Ramos, el mejor defensa del Madrid, e Iker Casillas, el mejor portero del mundo, por delante. Superó a Ramos y colocó la pelota en la esquina de la portería, pegada al poste, dejando a Casillas sin posibilidad de alcanzarla. Todo ocurrió en un parpadeo: el gol del empate, el tercer gol de Messi en un 3-3 que aquella noche definió al argentino para los cientos de millones que siguieron el partido en televisión como uno de los grandes.

La segunda obra de arte, el mes siguiente, fue su célebre gol contra el Getafe en la Copa española; el que imitó, casi paso por paso, al que muchos consideran el gol más grande de todos los tiempos, el extraplanetario de Maradona contra Inglaterra en el Mundial de México de 1986. Recibió el balón en la banda izquierda sobre la línea central y se regateó a toda la defensa rival. La diferencia con el gol de Maradona fue que además se regateó al portero. Otro gol que dio la vuelta al planeta. Veinte veces.

El tercero, de menos repercusión, pero igual de extraordinario, fue el que marcó en junio de 2007 contra México para la selección argentina en la Copa América. Sólo necesitó dos toques. El primero, un control a la carrera en el pico izquierdo del área mexicana; el segundo, todavía a la carrera, una vaselina sublime. Todo el estadio se esperaba o un tiro raso o un pase al centro del área, donde había un delantero listo para disparar. Messi, en cambio, dio un toquecito con la punta de la bota izquierda que alzó la pelota en un arco perfecto, imparable, geométricamente impecable, rozando el larguero. Lo dijo el comentarista inglés de Sky Television: "That is perfection!" (¡Ésa es la perfección!). Lo fue. La conexión entre el cerebro de Messi y el pie en el instante en el que las piernas alcanzaban su máxima velocidad fueron un himno a la maravillosa complejidad de la biología humana.

Pasa el tiempo y marca, sucesivamente, más goles y da más asistencias de gol. Esta temporada ha rozado los 40 goles, ocho de ellos en la Liga de Campeones, competición en la que ha sido el principal anotador. Dentro de España, y en Argentina, nadie duda de que es el mejor del mundo. Fuera, hay los que creen que tiene un rival, Cristiano Ronaldo. Pero más y más la pregunta que se hace es si el Messias acabará superando a jugadores como Zidane, Ronaldo (el brasileño) o Ronaldinho (cuando todavía era un profesional de verdad) y se colocará en el podio de los eternos, con Maradona y Pelé.

Maradona mismo ha demostrado cierta ambigüedad al respecto, acusándole el año pasado de ser un chupón. Últimamente se ha corregido, como reconociendo que su éxito como seleccionador dependerá de Messi como jugador. Declaró hace poco: "Ojalá Messi me supere". Más revelador fue lo que dijo en el vestuario, según alguien que estuvo ahí, tras finalizar un partido contra Francia en París, en febrero, en el que Messi marcó el golazo de la victoria. Maradona giró hacia un amigo y le dijo, entre resignado y admirado: "A ver si es verdad que será mejor que yo...".

Jorge Valdano, que ganó la Copa del Mundo con Maradona, por cuyas dotes futbolísticas siempre ha expresado veneración, no dice que será mejor que su ídolo, pero sí cree que puede llegar a la misma altura. "En Argentina, cuando eras un jugador rápido, decían que tenías un cohete en el culo; Messi lo tiene en la mente también", dice. "Tiene velocidad mental, física y técnica: tres argumentos demoledores en el campo". Tres defensas es lo que suelen poner los entrenadores rivales para frenarle. Uno sólo no tiene nada que hacer. "Hace el regate al mismo pie del adversario", dice Valdano, "pero siempre tiene el pie más rápido, y la mente también. Y lo hace mirando al horizonte, no mirando la pelota y al rival. Mientras regatea sabe exactamente dónde está la portería, los adversarios, los compañeros".

A la pregunta de si se podía hablar de Messi en los mismos términos que Maradona o Pelé, Valdano dudó un segundo, respiró hondo, y dijo: "Por mí, sí. Éste es un proyecto de esa magnitud. Messi es más maduro que Maradona a los 21 años, la edad en la que Maradona jugó en el Mundial de España y fracasó. Luego Maradona construyó una historia en los siguientes diez años. Y no nos olvidemos que Maradona nunca jugó en un equipo tan grande como ese Barça. En ese sentido es más como Pelé, que jugó en aquel equipo de Brasil de 1970".

Valdano no es la única figura del fútbol que compara a Messi con Maradona. También lo hace Capello, cuya primera impresión del joven argentino ha evolucionado in crescendo durante los últimos cuatro años al punto de que en marzo de este año declaró: "Cada era tiene su superestrella, como Pelé o Maradona, y Messi puede ser la superestrella de la siguiente década".

Los compañeros de equipo de Messi tampoco se cortan. El camerunés Samuel Eto'o dice que "hace cosas que nadie ha hecho nunca... es el nuevo Maradona. Es un jugador que nos hace soñar". Thierry Henry, delantero del Barça y de la selección francesa, soltó en una rueda de prensa reciente que a la única persona que había visto hacer cosas como Messi era Maradona. Entonces el francés pausó, como sintiendo que entraba en territorio profano. Ponderó sus palabras y, respirando hondo como Valdano, continuó: "Mira, no... no quiero presionar a Leo, pero, bueno, hay que decirlo, se parece mucho a Maradona".

Henry dudó, temió presionarle, porque quizá intuye que el éxito de Messi depende de retener esa inocencia en su forma de ser, esa especie de autismo que le protege contra la fama y hace que juegue con una facilidad y una soltura que no se ve en los rostros tensos de los demás jugadores. Muchos lo han dicho: Messi juega como si todavía estuviera en el patio del colegio. O quizá sea que juega como un jugador de los años cincuenta, antes de que la televisión transmitiera cada detalle de cada partido a cada rincón del mundo. Lo dijo Gianluca Zambrotta, su ex compañero en el Barcelona: "Para él no hay ninguna diferencia entre el Camp Nou y el campo de tierra de su pueblo". Y lo repitió su ex entrenador Frank Rijkaard: "No importa que juegue delante de 10 espectadores o de 100.000, Leo siempre es el mismo".

Como demostró cuando lo entrevisté, no acaba de pillar quién es, no acaba de digerir la hazaña monumental de lograr ser el mejor de los cientos de millones que juegan al fútbol en todo el mundo. Michael Robinson, comentarista deportivo de Canal?+ y ex jugador con Osasuna y el Liverpool, dice en respuesta a la pregunta del millón (si llegará a ser tan grande como Maradona) que Messi puede ser tan grande como él quiera. "Pero todo depende de que mantenga esa frescura, esa inconsciencia de quién es, de quién ha llegado a ser. Lo que le hace grande es esa sencillez y humildad que tiene. Sólo quiere jugar al fútbol. No es egoísta, sino más bien todo lo contrario. A veces te encuentras queriendo que no suelte el balón, que lo intente solo. No es el show Leo Messi. Él juega un fútbol honesto, auténtico. Juega para el equipo".

Robinson lo compara con Cristiano Ronaldo, jugador que dice que padece "un conflicto de intereses". "Cristiano es brillante, sin duda, pero la diferencia reside en que es una estrella y actúa siempre como si lo supiera. Juega para el equipo, pero también para sí mismo. Messi no tiene esa astucia. No juguetea con su fama y su poder. No flirtea con otros clubes, como Cristiano. Messi dice que se queda en el Barça porque ahí está feliz, y punto".

Lo cual no le ayudará mucho, quizá, a la hora de renegociar su contrato. Pero tampoco esas consideraciones son prioritarias para Messi. Como explica Juanjo Brau, "es un chico sencillo, familiar, al que le incomodaría tener un Ferrari. Usa un Audi que le da el club, y en Argentina, un Jeep. No es ostentoso, no se vanagloria".

Cristiano Ronaldo tiene un Ferrari (o tenía, hasta hace poco, uno rojo que chocó) y es ostentoso. Cuando marca un gol se para en el campo, posa para las fotos, como una estrella de rock. Es demagogo: besa el escudo, cosa que no se le pasaría por la cabeza a Messi, y le encanta exhibir su musculoso torso desnudo al finalizar un partido.

Ésa es la otra gran diferencia con el rival que tendrá Messi esta semana, con el que todos lo van a comparar, en la final de la Champions entre el Barcelona y el Manchester United: Cristiano Ronaldo es, por naturaleza, un atleta alto, fuerte y guapo. Messi no tiene la fuerza para pegar a la pelota como Cristiano; por eso la coloca. No es alto, pese a los años de inyecciones hormonales, y cuando anda por la calle lo hace cabizbajo, como si quisiera pasar inadvertido. Cristiano sale del campo cuando gana, y especialmente cuando sabe que ha jugado bien, con la cabeza en alza, como un emperador que acaba de conquistar nuevas tierras.

Pero el valiente de verdad es Messi. Porque tuvo que luchar mucho más para llegar donde llegó, tuvo que combatir las deficiencias de su anatomía para poder exprimir todo su talento, pero también porque, a diferencia de Cristiano, cuando las cosas no van bien no se esconde en el campo. "No es sólo porque cuantas más patadas le dan, más se motiva", dice Robinson. Habla de una valentía mucho más admirable, y más sutil. "Siempre pide la pelota. Aunque esté rodeado por tres defensas, aunque el riesgo de fallar es grande, no tiene miedo. No teme hacer el ridículo. Yo sé cómo es eso. Yo fui futbolista. Veo a Messi y veo que juega sin miedo, y sin ego. Juega para el equipo y siempre está ahí. Eso, frente a 90.000 personas, y con cientos de millones escrutando todo lo que haces, juzgándote, poniéndote a prueba permanentemente, siguiéndote por televisión en todo el mundo, ¡Eso es agallas! ¡Eso es cojones!".

Pero como en toda valentía, por ejemplo en la guerra, depende de un cierto grado de inconsciencia, de no haber profundizado en el peligro que se corre. Por eso dice Robinson que si va a llegar a ser tan grande como Pelé o Maradona, tendrá que permanecer dentro de su burbuja, cobijado por su familia, congelado en la niñez, como Peter Pan, sin asimilar del todo el cinismo del mundo adulto que le rodea, su obsesión por la fama y el dinero. Como reza Robinson: "Espero que nadie le despierte y se lo explique". Y, lo que es lo mismo, que siga dando malas entrevistas. Que siga tímido sin un balón a la vista y elocuente como nadie con él a los pies, dentro del campo, el lugar, como acierta Valdano, "donde se siente más feliz, donde es el rey del mundo".

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