Reportaje:

La ópera redibuja sus límites

Los directores rompen moldes en un arte que vive la angustia de la moda audiovisual - La tensión con los cantantes está servida

Calixto Bieito convierte en un vertedero la ópera de Friburgo para representar La vida breve, de Falla. A Ian Judge se le ocurre mostrar un Tannhauser wagneriano orgiástico en el Teatro Real. Tilman Knabe salpica de sangre y violaciones masivas un Sansón y Dalila, de Massenet. Consecuencia: el coro de la ópera de Colonia y el reparto, con la mezzosoprano Dalia Schaechter a la cabeza, renuncian y se dan de baja en masa por enfermedad. ¿Dónde está el límite? ¿Cuál es la barrera definitiva para montar hoy una ópera? ¿El respeto al espíritu de las partituras y los libretos o el exhibicionismo?

El mundo de la lírica quiere perdurar por los siglos de los siglos. Si hace 30 años, vivía una preocupante decadencia y se había convertido en un coto cerrado y maniático a expensas de los caprichos de los divos, la irrupción de directores de escena atrevidos y jaleados por algunos responsables de teatros y festivales ha acercado y renovado el interés por la ópera entre públicos cada vez más amplios.

Con la osadía de los responsables de escena se ha ganado público
Moral: "Los libretos pueden actualizarse siempre que se haga con respeto"
Matabosch: "Algún director suple su falta de talento con ocurrencias"
José Manuel Zapata: "Los cantantes no podemos cerrarnos, hay que probar"

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El precio ha sido una permanente lucha con las esencias, una batalla por derribar muros, una tensión a veces insoportable entre cantantes, directores musicales y hombres de teatro. Pero el resultado, a la larga, ha hecho sobrevivir al género dotándolo de más espectacularidad, de mayor polémica, de provocación. Ahora, ¿ante esta nueva explosión de la ópera, gracias entre otras cosas a la renovación escénica, conviene llegar con la tijera?

Todo es relativo. Pero sería deseable huir de inquisiciones y alejarse del vicio de prohibir. La ópera es un arte que lleva ya varias de ellas impuestas de por sí como para buscar otras más dependientes del gusto que de otra cosa. Desde las físicas a las artísticas, los obstáculos son varios por ley del género. Antonio Moral, director artístico del Teatro Real, esgrime la que para él es la más importante: "El límite está en la partitura", asegura. "Los libretos se pueden actualizar, siempre que se haga con respeto, la recreación es legítima. Lo que hay que abundar es en la inteligencia", cree Moral.

Para Calixto Bieito, hay otros más importantes: "Para mí, los límites son los principios éticos y el respeto hacia las personas que trabajan conmigo. Yo soy el responsable de que quien está encima de un escenario no haga el ridículo".

Cuestión de prioridades. Los responsables de los teatros tienen mucho que decir en esto. Generalmente, los escándalos tienen en el punto de mira al director de escena en concreto. Pero para llegar a un montaje debe existir una autorización previa. Y lo que es más importante: una elección. Así que los responsables de los teatros no son nada inocentes a la hora de alentar según qué propuestas. "No tengo muy claro si la tiranía es de los directores de escena o en algunos casos de los propietarios de los teatros. En muchas ocasiones se hacen producciones más realistas, con el objeto de transgredir y polemizar para que vaya más gente a los teatros", dice Mariola Cantarero, soprano, que estos días ensaya Rigoletto en el Real.

Las elecciones de Gérard Mortier en los años noventa en Salzburgo dieron un vuelco definitivo a la dirección de este arte y aumentó el público, como ha hecho en la Ópera de París. Para cuando llegue al Teatro Real en 2010, la polémica espera a la vuelta de la esquina.

Mientras tanto, Moral, que ya ha vivido algunos escándalos sonados como el Woyzzek, de Alban Berg, que hizo Bieito precisamente, explica algunos de los modos de operar desde un despacho: "Uno elige a los directores que concuerdan con su línea, si no, lo lógico es no llamarles". Sentido común. "Aquí, la responsabilidad última es de los directores de producción y/o gerentes de teatros o festivales", asegura el barítono Carlos Álvarez. "Me explico: cuando se presenta un proyecto han de mantener un equilibrio exquisito entre la independencia de criterio de los directores de escena (propiedad intelectual incluida), los derechos, necesidades, capacidades artísticas y voluntades de los que comparten escenario y la querencia del público... Difícil, ¿cierto?", añade el cantante malagueño.

"Pero en realidad son ellos, es decir, los responsables máximos y con capacidad ejecutiva, los que pueden y deben crear el ambiente para que el trabajo discurra de la mejor manera posible", apunta además Álvarez. Aunque no se exime de responsabilidad, piensa que la principal recae en los directores: "Somos los profesionales independientes los únicos que podemos asumir nuestras decisiones con todas las consecuencias, pero no los elementos colectivos y estables que participan en las producciones de ópera. Por ello, y tras un intento de consenso, debe ser la dirección artística la que decida".

Joan Matabosch, director artístico del Liceo, se muestra contundente. "No hay duda de que existen algunos directores de escena habituados a suplir su falta de talento con ocurrencias. Éstas pueden no tener nada que ver con las obras pero aseguran esos escándalos tan mediáticos que encantan a los diarios y a tantos teatros", comenta el gestor catalán. "Pero todavía es más cierto que un conjunto de imágenes o gestos sacados de contexto, por muy obscenos o violentos que sean, no nos dice nada en absoluto sobre la pertinencia de una puesta en escena respecto al único tema que realmente importa: si es capaz de revelar y de potenciar el sentido de la obra. Ése es el verdadero límite", sentencia.

Esos mismos directores, para Moral, deben respetar, además de la partitura, cuestiones físicas. No se puede cantar en según qué condiciones o posturas. "El director de escena debe estar siempre al servicio del canto y ser consciente de hasta dónde llega la voz".

Son muchos los intérpretes que se quejan del desconocimiento de esos límites. "En los 10 años que llevo de carrera, el poder de los directores de escena ha ido en aumento. Creo que es justo que se midan bien las cosas porque a veces nos ponen a los cantantes en unas situaciones por lo menos complicadas. No tienen en cuenta que lo más importante es que se escuche la voz y si estás subida a una escalera a punto de caerte igual no es lo más apropiado. Es necesario respetar la profesionalidad de los que están en el escenario", asegura Cantarero.

"Los directores de escena imponen sus exigencias, sobre todo en el tema físico", afirma la cantante Elina Garanca. Ante eso, cabe la seducción. Los cantantes de las generaciones más jóvenes están más abiertos. Para ellos no ha supuesto un cambio drástico, una ruptura. Han convivido con las propuestas arriesgadas y las recreaciones con naturalidad. "Siempre hay límites, es cierto, pero la clave es conseguir que en escena yo pueda sentirme libre para que el público no sea consciente de ellos", dice la soprano Nina Stemme.

La era audiovisual ha cambiado también radicalmente el concepto de la ópera. Los divos de hoy están permanentemente expuestos. Pueden aliarse con los directores de escena si estos últimos saben potenciar sus virtudes físicas. Muchos se entregan a ello, como Karita Mattila, a quien el director Robert Carsen convenció para que cantara Katia Kabanova rodeada de agua y sobre cajas de madera. La estética pudo más que ciertas limitaciones. "Estuve a punto de tirar la toalla porque la mayor parte de mi actuación la pasaba empapada y podía perder el equilibrio. El agua no estaba fría, pero cuando llevas horas mojada, lo único que deseas es salir corriendo", aseguró Mattila cuando estuvo en Madrid. A esta cantante, disciplinada con las propuestas que le gustan, no le importa aparecer desnuda en escena. Pero, para ello, se prepara. Estuvo dos meses acudiendo a diario al gimnasio y recibiendo clases de baile para hacer una Salomé en el Metropolitan. "Me cuesta perder kilos, pero si un director me lo pide y me gusta el papel, lo hago".

Las armas de la seducción son importantes para los directores de escena. Monique Wagemakers, responsable del Rigoletto que se estrena en junio en el Real, se explica: "El director de escena tiene que gozar de la confianza absoluta de los intérpretes para que las cosas vayan bien porque por muy extremo que sea lo que tú quieres hacer, si no hay complicidad no lo logras. No debes poner a todos en pelotas sin razones ni argumentos sólidos porque puedes estar segura de que así se va al traste".

Es una negociación continua. Los cantantes también conviene que se dejen sus prejuicios y sus reservas en casa. "Es importante que tengan amplitud de miras. A veces, su dilatada trayectoria les hace entender el personaje de una determinada manera. Tanto intérpretes como coro deben estar preparados para aceptar diferentes situaciones y dispuestos a implicarse en experiencias nuevas", añade esta directora.

José Manuel Zapata, tenor, está abierto a todo. Hasta tal punto que ha llegado a disfrazarse de abejorro para un montaje de El barbero de Sevilla en Basilea. Volverá a hacerlo el próximo junio en Leipzig. "No sabía cuál era la propuesta. Imaginé que destacarían los terciopelos y las camisas con chorreras. Cuál fue mi sorpresa cuando veo el boceto de mi traje y me encuentro con un abejorro gigante. Me veía como el novio de la abeja Maya. No podía dar crédito. Pero el ambiente en el equipo fue estupendo. Divertido. La propuesta en Basilea gustó al público y llenamos 25 funciones. De lo que se trata es de no herir sensibilidades. Los cantantes de ópera no podemos cerrarnos, hay que escuchar y probar".

Aunque sin pasarse, responde Cantarero. "Está bien que se hagan producciones modernas revisadas, pero llevadas con respeto y sin rebasar los límites de la sensibilidad. Porque para ver masturbaciones en una ópera que no vienen a cuento lo mejor es meterse en un cine X y no pagar 200 euros por una entrada".

Estos dos cantantes han sufrido cierta tiranía de la estética. Cuestión de peso, sobre todo. "Me suelo encontrar con que, a priori, el director de escena me rechaza por mi físico", asegura la cantante granadina. Zapata, por su parte, también encara el problema. "¿Quién ha dicho que el duque de Mantua pesara 70 kilos y no 100? Que me sobre peso no quiere decir que se me tenga que elegir para el papel por ese motivo; ahora, si un director me hace una buena propuesta, estoy dispuesto a quitarme 20".

Lo llevan un poco crudo últimamente. Más después de que las discográficas hayan empezado a apostar a fondo por el negocio de los DVD y algunos teatros hayan visto rentables las retransmisiones en cines. El riesgo es claro. Puede imponerse frente a la calidad musical, el aspecto físico. La ópera, más que en un deleite musical podría caer en el falso glamour de las pasarelas. "Sé que estoy un poco pasada de kilos y que ahora se llevan las sopranos Vogue, pero me veo obligada a demostrar el doble que las demás. Yo siempre voy con el no, pero al final suelo convencerles de que valgo para el papel y que estoy dispuesta a todo. Sé que sería bueno que adelgazase por salud y porque tendría más fácil mi carrera. Toda mi vida a dieta y sé que si bajase kilos tendría muchas más puertas abiertas", asegura.

La tentación de ampliar públicos a cualquier precio tiene sus consecuencias. Pero también es cierto que al actual aficionado a la ópera conviene quitarle muchos vicios. ¿Por qué se dan en ese campo escándalos que no existen en el teatro hablado con directores similares y propuestas aún más provocadoras? "Porque el público de la ópera todavía es mucho más conservador, quiere que la protagonista de La traviata muera en la cama y no en un balcón", afirma Antonio Moral.

Aun así, la cosa está cambiando, opina Calixto Bieito: "Hay dos tendencias claras, la conservadora, que todavía existe, y quienes quieren ver cosas nuevas, que son cada vez más". Esto se debe a razones evidentes, según el director: "En la ópera prima, más la música que el teatro y cualquier cosa que se vea en escena, choca, incluso estorba al aficionado". Pero no hay que asustarse ante las protestas de los más recalcitrantes. "Los abucheos se oyen más que los bravos, pero no por eso son más numerosos ni hay que darles más importancia".

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 16 de mayo de 2009.

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