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Reportaje:PERSONAJE

La cara culta (y oculta) de Bernardo

En España es famoso por el personaje de Bernardo en Camera café. Pero César Sarachu tiene en Europa un recorrido muy distinto: vive en Estocolmo, representa a Beckett con Peter Brook y es actor de culto en películas existencialistas.

En qué se parecen el apocado personaje de Bernardo de la famosa teleserie Camera café (Tele 5); el actor fetiche de los extraños gemelos Quay, directores estadounidenses de culto de películas existencialistas y surrealistas como The piano tuner of earthquakes, y el buitre de la película española de dibujos animados El lince perdido, estrenada la pasada Navidad? Parece difícil encontrar el punto de coincidencia, pero tiene nombre: César Sarachu, un hombre que practica yoga y es casi vegetariano de carne sólo come jamón de Jabugo, un actor totalmente atípico, con un físico que parece salido de las manos de Giacometti altura: 1,83; peso: 57 kilos y una sensibilidad y profesionalidad de las que no abundan en el actual mundo del espectáculo, tan sobrado de fuegos de artificio.

Sus apariciones en Los güebones se han convertido en objeto de culto en Internet, como la pieza Ya peco yo por ti

En el trabajo me gusta preguntarme continuamente si estamos realmente haciendo y dando todo lo que podemos

Quizá buena parte de las razones de cómo es y qué ha hecho haya que buscarla en su fecha de nacimiento: 28 de diciembre de 1958. Nacer un día de los Santos Inocentes debe de marcar Sí, era el objetivo perfecto. Caía siempre. Nunca sabía si lo que me iban a dar eran de verdad regalos o se trataba de alguna broma. Jugaban continuamente con mi ilusión. A veces esperaba una caja de bombones, y lo que había eran cagarrutas.

Eso, desde pequeño, debe de dar una perspectiva distinta del mundo. Y desde luego que César Sarachu la tiene. Uno lo ve en su personaje antiguo, plasta y panoli de Camera café, el gris Bernardo adherido a su madre y con debilidad por Mari Carmen (La Cañi, Esperanza Pedreño) y difícilmente se puede imaginar la trayectoria del hombre que está detrás. César Sarachu vive en Estocolmo desde 1991, y durante las temporadas de grabación de la teleserie va y viene de la capital sueca a Madrid tres días a la semana. Lleva así desde el verano de 2005. Van ya por la cuarta temporada, lo que supone nada menos que 1.200 episodios.

¿y ha evolucionado algo Bernardo en esos 1.200 episodios? Poco, porque de lo que se trata es de mantener los personajes fieles a como los concibieron los guionistas, a la biblia de la serie, a lo que espera encontrarse el espectador. Sin embargo, yo, para mis adentros, tengo la fantasía de preguntarme si Bernardo no tendrá realmente una pulsión homosexual, y por eso le gusta tanto acercarse y tocar a Jesús. De todas maneras, yo lo que he intentado es que mi Bernardo sea más físico, más clown, que ese personaje en las versiones francesa e italiana. Me inspiro mucho en el cine mudo, en gente como Buster Keaton.

Y uno se imagina aún menos los proyectos de Sarachu más allá de Camera café. Desde enero y hasta la semana pasada se ha embarcado en una gira con la compañía teatral de Peter Brook representando Fragments, obra compuesta por cinco piezas cortas de Samuel Beckett; comenzaron en París y luego han viajado por Italia, Francia, Hungría, Portugal Peter Brook le ha propuesto participar en otro montaje suyo con representaciones en Europa el próximo otoño-invierno, más una larga gira hasta el verano de 2010 que le llevaría por Asia, Australia y Nueva Zelanda. César ha dicho que sí a las representaciones en París y Londres, más Polonia, pero ha rechazado la gira. Es mucho tiempo viajando, mucho tiempo fuera de casa. Y yo padezco agorafobia; necesito la referencia permanente de mi casa y mi familia. No sé, igual es una tontería lo que voy a decir, pero yo necesito a mi mujer cerca, necesito abrazarla; en esto soy muy infantil.

la expresión seria de sarachu tiene mucho de existencialista, perfecta para los dramas, pero a menudo pone un gesto en su cara que le convierte en un niño entre travieso y desvalido; basta verle en los sketches de Los güebones que ha hecho para Plus.es, minipiezas de humor como Ya peco yo por ti que se han convertido en otro objeto de culto protagonizado por Sarachu, esta vez a través de Internet. Fue ahí, y en una tira anterior llamada Canalone, también para Canal +, donde conoció en el año 2000 al director Luis Guridi, que luego le reclutó para Camera café. Guridi, miembro de La Cuadrilla, responsable de películas como Justino, un asesino de la tercera edad y de famosísimos anuncios como la campaña para la ONCE La canción del verano, es buen amigo de Sarachu: Siempre he sido muy pesado con los castings; creo que suponen el 80% del éxito de un trabajo, y cuando buscaba actores para Canalone quería algo especial. Un amigo vasco me habló de Sarachu, que vivía en Suecia; lo llamé y me envió una cinta casera que él mismo se hizo. Y lo tuve claro; era lo que estaba buscando. Trabajamos juntos varios años en Canalone y Los güebones. Nos reíamos mucho. Y nos hicimos muy amigos. En lo profesional, creo que es un actor completísimo, muy metódico y perfeccionista. Se prepara mucho y respeta enormemente su profesión. Y lo que para mí es fundamental: tiene cogidos exactamente los gestos, los tics, de lo miserables que todos podemos llegar a ser en algún momento. Y los dosifica muy bien. Tiene totalmente pillado el punto de la comedia; ese punto complicado para no quedarse corto ni resultar excesivo. En lo personal, es alguien muy, muy familiar y acogedor.

César Sarachu nació en Barakaldo (Vizcaya); en los años ochenta hizo teatro en el País Vasco junto a gente como Ramón Barea y Álex Angulo, pero notaba que le faltaba técnica, que necesitaba estudiar. Viajó a Madrid con la intención de ingresar en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD), pero no pasó la prueba de entrada hice un examen fatal recitando un poema de Vicente Aleixandre; estaba tan nervioso, se me quedó la boca tan seca, que no era ni capaz de articular las palabras. En 1986 se trasladó a París y entró en la escuela de Jacques Lecoq; fui feliz estudiando esos dos años. Allí conoció a una chica sueca, Åsa, también actriz, que después se convirtió en su mujer y con la que ha tenido dos hijas, que han cumplido 18 y 14 años. Tras París vinieron a España, a Bilbao; pero Åsa no hallaba su sitio, y finalmente, en 1991, se marcharon a vivir a Estocolmo. Nos lanzamos al vacío, porque yo aquí tenía trabajo, hacía teatro en el País Vasco, y en Estocolmo no tenía ni la lengua; entonces no hablaba ni sueco ni siquiera inglés. Ni contactos Pero, aun siendo una locura, nunca me arrepentí. Tras mucho viaje y esfuerzo, nos hicimos un lugar. Aprendí sueco e inglés y entré a trabajar de manera estable en la compañía Unga Klara Stadsteater, un teatro público de la ciudad de Estocolmo. Cuando comenzó Camera café, llevaba cinco años en la compañía. Luego lo he tenido que dejar. Pero fueron cinco años muy interesantes. Es una compañía especializada en hacer teatro para jóvenes y niños, y con obras de alto contenido social; hemos tocado temas de refugiados, del suicidio de los jóvenes, de la identidad sexual. Mientras, su mujer, una sólida feminista, se ha especializado en estudios de género y últimamente ha estado volcada en un proyecto para recuperar a mujeres dramaturgas suecas de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

En el cine, la trayectoria de Sarachu es aún más particular. Por el cine español ha pasado de puntillas. En 1995 trabajó en Sálvate si puedes, película de Joaquín Trincado. Un islote hasta la pasada Navidad, en que puso voz al buitre de la película de dibujos animados El lince perdido. En medio, las dos extrañas películas de los hermanos Quay (Institute Benjamenta, de 1995, y The piano tuner of earthquakes, de 2005) y el papel protagonista de la opera prima de la directora francesa Aurelia Georges, Lhomme qui marche (2007).

Pero a la hora de destacar su cima profesional, él se detiene en The street of crocodiles, de la compañía inglesa Complicite, dirigida por Simon McBurney, a partir de las obras cortas de Bruno Schulz; estuvo representándola durante años en la década de los noventa. Para mí, colaborar con esa compañía fue el paraíso; el trabajo era tan serio y concienzudo Por ejemplo, el director acudía cada día a la función, no como sucede tan a menudo, que, una vez estrenada la obra, el director desaparece. Estuvimos con ella de 1992 a 1994. Y la retomamos en 1998 para Nueva York y Tokio. Pues bien, era el último día, la última función, y todavía estuvimos ensayando antes de la representación. Es lo que más me gusta del teatro. No es nada repetitivo, como la gente pueda pensar. Si la obra es buena y los personajes tienen fondo, va creciendo día a día. Cada función es distinta, única. Si no, no tendría sentido. En el trabajo me gusta preguntarme continuamente si estamos realmente haciendo y dando todo lo que podemos. Yo no soy nada de relaciones públicas No soporto el humo, ni salgo por las noches.

no es de extrañar que, con esta formación (Peter Brook, teatro sueco con intenso fondo social, teatro Complicite, una mujer que recupera a dramaturgas suecas de finales del siglo XIX), sienta que el personaje de Bernardo ya no le da más de sí. Y de ahí que también haya rechazado papeles que reproducen ese mismo esquema de personajes. De hecho, en dos ocasiones no fructificó un acuerdo para dar vida a Mortadelo. Me interesan otro tipo de personajes; que tengan más fondo, que no sean tan arquetípicos, tan de cómic. Eso sí, quiero poco a poco desarrollarme más como actor en español; quieras o no, cuando tu trabajo no es en tu lengua materna, no acabas de sentir del todo lo que dices, no acabas de sentirlo en toda su profundidad. Y Estocolmo me encanta, pero a menudo necesito más luz; en invierno echo de menos la luz de sitios como Madrid.

Sentados ante una infusión en el café del CaixaForum de Madrid, César Sarachu se ha ido quitando máscaras a medida que pasaba el tiempo, y al final se muestra cercano; su mirada adquiere calidez, también su voz, y su aspecto adopta ese algo de niño travieso es que soy como un niño; hay muchos aspectos en los que me digo: César, tendrías que ser más maduro. Pero cuando nos levantamos y salimos, cuando se pone su jersey gris de lana, con esa delgadez de Giacometti, vuelve a parecer un ser existencialista, frío y distante, algo inquietante, nada fácil. He nacido para ser poquita cosa y a veces pienso que me moriré por desaparición. Cuando llegue el momento iré pesando menos, menos Cuarenta kilos, 20, 4 kilos, 650 gramos, 24 gramos Y desapareceré.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de mayo de 2009