Columna
i

Patos y cisnes

Hay algo perverso en la historia de Susan Boyle, la escocesa un poco estrafalaria que triunfó cantando en uno de esos repugnantes programas de televisión que, con la excusa de buscar nuevos talentos, se dedican a burlarse de la gente. Y es que el asunto suena a falso: es imposible creer que los jueces que ponían esas confitadas caritas de embelesada sorpresa no supieran de antemano que la mujer no cantaba mal. O que la audiencia arrancara por sí sola en una rendida ovación en cuanto abrió la boca y sin apenas oírla, porque para ser aficionada lo hace bien pero no es un portento: tuvo que haber un regidor pidiendo aplausos, o una eficiente claque.

Pero la mentira mayor es la venta a granel del cuento del patito feo. Porque Susan es un patito feo de verdad. Es uno de esos seres puros y distintos, una inocente. Una mujer nunca besada por un hombre a sus 47 años, la típica hija eterna que cuidó de sus padres hasta que murieron. Bastaba verla con su aspecto chirriante y esos disparatados zapatos blancos de tacón sobre los que no sabía caminar para intuir que ha debido de ser objeto de chanzas toda su vida. Y ahora unos avispados vendedores de humo nos quieren hacer creer que los cuentos existen; que Susan se ha transmutado en cisne y que será feliz para siempre jamás. Cuando la verdad es que siempre va a ser un dulce pato; y da miedo pensar lo que puede hacerle la trituradora mediática a una criatura tan limpia e indefensa. Aunque, por otra parte, hay algo fascinante en este fenómeno de masas (su vídeo en YouTube ha batido todos los récords), y es la autenticidad de la propia Boyle. Y su complejidad: porque también los seres supuestamente simples poseen el don de la belleza, también les tiembla la enormidad del mundo en el corazón. Es una hermosa lección que nos da Susan, aunque quizá le salga demasiado cara.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 20 de abril de 2009.