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Crítica:

El abismo bajo la máscara

Historieta con el provocativo honor de figurar en la lista, elaborada por la revista Time en 2005, de las mejores novelas escritas en lengua inglesa entre 1923 y el presente, Watchmen sometió el arquetipo del superhéroe a un inclemente proceso de deconstrucción que no olvidaba ninguna de las variables de su latente lado oscuro: fantasía fetichista, emanación paranoica, pesadilla mesiánica o deseo fascista, el superhéroe, en manos de Alan Moore y Dave Gibbons, era, en definitiva, algo escasamente heroico.

Resulta, pues, casi paradójico que la tarea de llevar al cine esta obra colosal haga merecedor de tal calificativo a su responsable, Zack Snyder, que ha conseguido llevar a término la titánica tarea que dejó por el camino a cineastas como Terry Gilliam, Darren Aronofsky y Paul Greengrass, bajo la extenuante vigilancia de una comunidad de fans dispuesta a no perdonar ningún desliz y con el estigma del público rechazo del creador Alan Moore. Es todo un triunfo que Watchmen, película elaborada bajo una presión desmesurada, sea una adaptación más que decente del original. Y una lástima que no sea mucho más que eso.

WATCHMEN

Dirección: Zack Snyder.

Intérpretes: Matthew Goode, Billy Crudup, Malin Akerman, Jackie Earle Haley, Jeffrey Dean Morgan, Patrick Wilson, Carla Gugino.

Género: Ciencia-ficción. Estados Unidos-Gran Bretaña-Canadá, 2009.

Duración: 160 minutos.

Es todo un éxito que el filme sea una adaptación más que decente del original

Las sutilezas ideológicas de la obra no han calado demasiado hondo

Si la obra original no ponía las cosas fáciles a cualquier adaptación es por motivos que van mucho más allá de sus dimensiones: Watchmen es, quizás, inseparable de su medio, por su capacidad de recoger (y alterar) una tradición y de proponer un juego metalingüístico que incluye tanto al creador de ese modelo de ficciones como a su receptor. Snyder se somete a las exigencias de la traducción literal y su estrategia se revela arma de doble filo: nadie puede acusarle de no tomarse en serio la obra de Moore y Gibbons, pero la película nunca vuela tan alto, ni con tanta energía, como en esa secuencia inicial de créditos que obliga al cineasta a salirse del guión para encontrar una solución puramente cinematográfica -y espléndida- para resumir el trasfondo ucrónico de su ficción.

Afirmaba el crítico Ian Nathan en las páginas de Empire que Watchmen no era tanto el Ciudadano Kane (1941) de la novela gráfica como su Ulises. Puede parecer una hipérbole, pero, por lo menos, es una hipérbole cargada de razón: la obra de Moore y Gibbons supuso una revolución lingüística en el medio, sometió los límites expresivos de la historieta a una tensión radical y permitió que las estrategias de la posmodernidad literaria entrasen en un territorio tan poco permeable a la experimentación como era el de la historieta comercial de superhéroes. Watchmen no acabó de una vez por todas con la tradicional historieta de héroes encapuchados, pero logró consolidar un territorio marginal dentro del género donde otros guionistas como Grant Morrison, Neil Gaiman o, en fechas más recientes, Mark Millar desmontaban su herencia para construir un libérrimo modelo de ficción marcado por el desafío narrativo, la radicalidad política y la fantasía transgresora. Su influencia acabó desbordando los márgenes del medio: películas como El caballero oscuro (2008), de Christopher Nolan, o series con el complejo andamiaje narrativo de Perdidos no serían posibles sin la previa existencia de Watchmen.

Lo tenía realmente difícil Zack Snyder para estar a la altura de su referente a la hora de contar esta historia de superhéroes crepusculares en un distópico 1985 al borde del Apocalipsis. Su película puede resultar áspera, excesiva y casi indescifrable por puro exceso de información a quien no haya leído el original, pero parece meticulosamente diseñada para no soliviantar a los incondicionales. No sería justo relativizar sus logros: Snyder logra todo un tour de force de intensidad narrativa con el largo, complicadísimo monólogo del Dr. Manhattan, y expurga el clímax final de algunos excesos retóricos de Moore, pero las sutilezas ideológicas de la obra no parecen haber calado demasiado hondo en su lectura. Al cineasta, en suma, le pierde la obsesión de ser demasiado literal: cuando, en el desenlace, opta por cambiar la naturaleza de la catástrofe, olvida que se podía haber ahorrado ese guiño a la serie televisiva Rumbo a lo desconocido que pierde su función en este nuevo contexto. Abducido por su virtuosismo, Snyder olvida formularse algunas de las preguntas esenciales que planteaba Moore sobre la naturaleza y función de las ficciones superheroicas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de marzo de 2009