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Galicia, el día después

Rajoy obtiene un respiro, los socialistas abren una crisis necesaria y el Bloque la pospone

El bipartito con el que los socialistas y los nacionalistas del Bloque pusieron fin a 16 años de gobierno de Manuel Fraga en Galicia no ha podido revalidar el mandato frente a Alberto Núñez Feijóo, el candidato del PP. Buena parte de las razones de este vuelco electoral hay que buscarlas en la gestión del Ejecutivo saliente, y sobre todo en que las áreas de influencia de cada partido se convirtieron en auténticos reinos de taifa a lo largo de la legislatura pasada.

El líder del Bloque, Anxo Quintana, pretendió utilizar la vicepresidencia de la Xunta como un instrumento de poder al servicio exclusivo de la opción política que él representaba. Y el socialista Emilio Pérez Touriño, desde la presidencia, no logró ejercer el liderazgo que institucionalmente le correspondía. Este error, entre otros, hacía obligada su dimisión al frente de los socialistas gallegos, que le fue aceptada ayer mismo. Falta por ver los movimientos que la derrota pueda provocar dentro del Bloque, que también ha visto empeorar sus resultados y, por tanto, no puede escudarse tras el fracaso de los socialistas.

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Pero los deméritos del bipartito no pueden relativizar la parte del éxito que corresponde a Núñez Feijóo. Desde que accedió a la presidencia del Partido Popular en Galicia ha ido construyendo una alternativa política que se ha deshecho sin estridencias de la herencia de Manuel Fraga, a quien sucedió en 2006. No era una tarea sencilla, tanto por el ascendiente político del fundador del partido, como por el entramado de baronías e intereses que se desarrollaron durante sus más de tres lustros de mandato personalista. Desde el punto de vista político Feijóo parece haberlo conseguido, y uno de sus mayores desafíos al frente la Xunta será, sin duda, evitar que renazcan las tentaciones clientelares.

La victoria de Feijóo llega en un momento difícil para los populares y, en especial, para Mariano Rajoy. Más que en la lucha política con el PSOE, los resultados gallegos le favorecen a la hora de consolidar su situación interna. Mientras que de Madrid y Valencia sólo le han llegado desafíos a su liderazgo y graves problemas con la justicia, de Galicia procede el único triunfo relevante de los últimos tiempos. Y, además, de la mano de uno de sus incondicionales, que no ha dudado en marcar distancias con los modos políticos estridentes de Esperanza Aguirre y con los cálculos sucesorios no siempre transparentes de Francisco Camps.

El resultado en Galicia coloca a Rajoy ante una encrucijada en relación con la crisis que atraviesa el Partido Popular. Cerrar filas con aquellos líderes a los que afectan las investigaciones en curso por corrupción significa, en el fondo, uncir parte de su suerte política a la de quienes más la combaten, esperando sucederle. La victoria de Feijóo le ha ofrecido un margen sobrevenido para abordar los problemas de manera distinta, y el plazo para hacerlo se extiende hasta la celebración de las elecciones europeas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 02 de marzo de 2009.

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