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Tribuna:LA CUARTA PÁGINA

Por qué Israel se siente amenazado

Irán, Hezbolá, Hamás y el crecimiento demográfico de los árabes en el interior de sus fronteras anteriores a 1967 provocan que la población del Estado fundado por Ben-Gurión vea con recelo el futuro

Muchos israelíes tienen la sensación de que el mundo (y la historia) se les viene encima en un Estado nacido hace apenas 60 años, al igual que ocurriera a comienzos de junio de 1967, justo antes de que Israel se embarcara en la Guerra de los Seis Días y destruyera los ejércitos egipcio, jordano y sirio en el Sinaí, Cisjordania y los Altos del Golán.

Hace más de 40 años, los egipcios expulsaron a las fuerzas de paz de Naciones Unidas de su frontera en el Sinaí, cerraron el estrecho de Tirán al tráfico marítimo y aéreo israelí, y desplegaron el equivalente a siete divisiones acorazadas y de infantería a las puertas del Estado judío. Tras haber firmado una serie de pactos militares con Siria y Jordania, Egipto envió sus fuerzas a Cisjordania, y las emisoras de radio árabes lanzaban encendidos mensajes sobre la cercana destrucción de Israel.

El mundo árabe y musulmán nunca ha aceptado realmente la legitimidad de Israel

El apoyo de la opinión pública occidental, y también de sus Gobiernos, es cada vez menor

Los israelíes o, mejor dicho, los judíos israelíes están reviviendo lo que sintieron sus padres en aquellos días apocalípticos. En la actualidad, Israel es un Estado mucho más poderoso y próspero que entonces. En 1967 tan sólo había unos dos millones de judíos en el país (actualmente hay cerca de 5,5 millones), y el ejército carecía de armas nucleares. Sin embargo, la mayor parte de la población mira con recelo hacia el futuro.

Éste es el resultado de dos problemas generales y de cuatro causas concretas. Los problemas generales son sencillos. En primer lugar, a pesar de las esperanzas israelíes y de los acuerdos de paz firmados con Egipto y Jordania en 1979 y 1994, el mundo árabe, y más ampliamente el islámico, nunca ha aceptado realmente la legitimidad de Israel y continúa oponiéndose a su existencia.

En segundo lugar, el apoyo de la opinión pública occidental (y, por ende, en la mayoría de las democracias, de sus Gobiernos) a Israel es cada vez menor, pues se mira con recelo el tratamiento que éste da a sus vecinos palestinos. La memoria del Holocausto está cada vez más difuminada y resulta poco útil.

Más concretamente, Israel se enfrenta a un conjunto de amenazas graves. Al este, Irán avanza frenéticamente en su proyecto nuclear, el cual, en opinión de la mayoría de los israelíes y de las agencias de inteligencia del mundo, tiene como objetivo la producción de armas nucleares. Esto, unido a las amenazas públicas de su presidente, Mahmud Ahmadineyad, de destruir Israel (y su negación del Holocausto) tiene en ascuas a los líderes políticos y militares de Israel.

Al norte, la organización fundamentalista del Líbano, Hezbolá, que también ha jurado destruir Israel y sigue el ejemplo de Irán, ha conseguido rearmarse tras su enfrentamiento con los judíos en 2006. Según la inteligencia israelí, Hezbolá tiene un arsenal de 30.000 a 40.000 misiles de fabricación rusa suministrados por Siria e Irán (el doble de los que poseía en 2006). Algunos de ellos podrían alcanzar Tel Aviv y Dimona, donde se ubican las instalaciones nucleares israelíes. De desencadenarse una guerra entre Israel e Irán, Hezbolá no tardaría en unirse a la refriega (como tampoco sería extraño que se uniera al renovado conflicto entre Israel y Palestina).

Al sur, Israel se enfrenta al movimiento islamista de Hamás, que controla la Franja de Gaza y cuyos principios fundacionales contemplan la destrucción de Israel y la dominación de Palestina bajo la autoridad y la ley islámicas. En la actualidad, los miembros de Hamás se cuentan por miles y la organización tiene un amplio arsenal de misiles (Qassams, de fabricación casera y rusa; Katyushas, financiados por Irán, y Grads, traídos de contrabando por los túneles del Sinaí, donde los egipcios, básicamente, hacen la vista gorda).

El pasado junio, Israel y Hamás acordaron una tregua de seis meses. Las facciones armadas de Gaza se encargaron de romper con frecuencia esa calma inestable lanzando misiles contra los asentamientos fronterizos de Israel. La respuesta de este último fue la suspensión, también con frecuencia, de los envíos de suministros a Gaza. En noviembre y a principios de diciembre, Hamás incrementó los ataques con misiles y anunció, formal y unilateralmente, el final de la tregua. La población y el Gobierno israelíes dieron entonces carta blanca a su ministro de Defensa, Ehud Barak. El eficaz ataque de Israel sobre Hamás fue la primera medida adoptada. La mayoría de los complejos de seguridad y gubernamentales de Hamás quedaron destruidos y murieron cientos de sus seguidores.

Sin embargo, el ataque no resolverá el problema de base planteado por la Franja de Gaza, donde viven 1,5 millones de palestinos víctimas de la desesperación y la pobreza, gobernados por un régimen fanático, y prácticamente aislados por las vallas y los controles fronterizos vigilados por Israel y Egipto.

Seguramente, esto no doblegará a la organización Hamás, pero sí se podrá ejercer presión suficiente como para conseguir, con la mediación de Turquía o Egipto, una nueva tregua temporal. Parece ser que esto es lo máximo a lo que se podría aspirar, si bien nadie duda de que los ataques con misiles en el sur de Israel se reanudarían una vez que Hamás recuperara el aliento.

La cuarta amenaza inmediata para la existencia de Israel es de carácter interno, y no es otra que la planteada por la minoría árabe que vive en el país. En las dos décadas pasadas, los 1,3 millones de ciudadanos árabes de Israel se han radicalizado. Muchos de ellos han reconocido abiertamente una identidad palestina y han hecho suyos los objetivos nacionales palestinos. Sus portavoces afirman que su lealtad está con su gente, más que con su Estado, Israel. Muchos de los líderes de la comunidad, que se benefician de la democracia israelí, apoyaron más o menos públicamente a Hezbolá en 2006 y siguen abogando por su "autonomía" (de un tipo u otro) y la disolución del Estado judío.

Son las características demográficas, en lugar de la victoria árabe en el campo de batalla, lo que sienta las bases de dicha disolución. La tasa de natalidad de los árabes israelíes es de las más elevadas del mundo, con cuatro o cinco hijos por familia (frente a los dos o tres de los judíos israelíes).

Si la tendencia actual persiste, los árabes constituirán la mayoría de los ciudadanos israelíes en 2040 o 2050. Dentro de cinco o diez años, los palestinos (los árabes israelíes, junto con los que viven en Cisjordania y la Franja de Gaza) formarán la población mayoritaria de Palestina (la tierra que se extiende entre el río Jordán y el Mediterráneo).

Las fricciones entre los árabes israelíes y los judíos israelíes se alzan ya como un factor político contundente. En el año 2000, a comienzos de la segunda Intifada, miles de jóvenes árabes, en simpatía con sus hermanos de los territorios, se manifestaron en las principales carreteras israelíes y en las ciudades con mezcla étnica de Israel.

El pasado diciembre se ha visto un nuevo brote, si bien a menor escala, de tales protestas. Al final del camino, los judíos de Israel temen mayores explosiones de violencia y terrorismo por parte de los árabes israelíes. La mayor parte de los judíos ven en la minoría árabe a una potencial quinta columna.

El elemento común a todas estas amenazas concretas es la falta de convencionalismo. Entre 1948 y 1982, Israel supo hacer frente con relativo éxito a las amenazas de los ejércitos árabes tradicionales. De hecho, consiguió derrotarlos de forma aplastante en más de una ocasión. Pero la amenaza nuclear de Irán, el ascenso de organizaciones tales como Hamás y Hezbolá que operan más allá de sus fronteras y desde el interior de densas poblaciones civiles, y la creciente insatisfacción de los árabes israelíes con el Estado y su identificación con el enemigo, ofrecen un panorama completamente distinto. Y éstos son desafíos que los líderes y la población de Israel, vinculados a las normas de conducta democráticas y liberales de Occidente, encuentran especialmente difíciles de llevar.

La sensación que vive Israel de que el mundo se les viene encima desencadenó una reacción violenta a finales del año 2008. Dadas las nuevas realidades, no sería sorprendente que a ello le siguieran explosiones más agresivas.

Benny Morris es catedrático de Historia de Oriente Medio en la Universidad Ben-Gurión y autor del libro 1948: A History of the First Arab-Israeli War.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de enero de 2009