Columna
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Carta desde "el otro barrio"

Ustedes no lo saben, pero les escribo desde "el otro barrio". No, no es un artículo gótico, ni una novela histórica de esas que ahora las escribe cualquiera con cuatro datos y cuatro gramos de imaginación. Yo escribo desde el otro barrio, a donde alguien me mandó venir por Internet y yo, fiel a las nuevas tecnologías, vine como un protagonista de Matrix cualquiera. Aquí no se vive mal y tampoco muy distinto que allí, en su barrio: hay semáforos, cabrones, ladrones, buena gente, imbéciles e inteligentes. No he notado nada especial, salvo que hace calor, y yo el calor lo he llevado toda mi vida muy mal. Aquí no llueve. Siempre he tenido alma noruega, y quizás por eso estoy en el otro barrio.

Aquí, en cuanto se te calienta la boca le mandas al compadre a criar malvas

¿Y que haces tú ahí, con el ordenador encendido?, se preguntarán, que ya sé que no se lo preguntan porque no conocen a nadie que haya ido al otro barrio y haya vuelto para enseñarles las diapositivas del viaje en esas abominables tardes de domingo a las que un buen amigo no se puede negar. Lo siento por la Iglesia, pero hoy en día se puede viajar al otro barrio vía Internet. Un anónimo (esto es imprescindible en Internet, territorio que guarece bien a los cobardes) decidió que debía estar "en el otro barrio" porque no le gustaron unas manifestaciones mías sobre el posible amaño del Athletic-Levante. Conclusión: yo debería de estar muerto por tamaña felonía (que consistió en decir que me extrañaba que nadie del Athletic saliese a negar contundentemente lo denunciado en unas cintas magnetofónicas).

El anónimo que escribió eso en una página web infame que presuntamente anima al Athletic, me hizo pensar ¿en el anónimo?, ¡no, por Dios!; ¿en el Athletic?, ¡que no, hombre que no! Me hizo pensar el territorio Internet, esa pradera sin limites donde igual te llaman hijo de puta que piden que alguien te mande al otro barrio. Ya, ya sé que es un trastornado, pero en este país el trastorno, desgraciadamente, afecta a un número importante de ciudadanos con el puñal en la mano. ¿Qué pasa con Internet? El trastornado de turno me importa lo mismo que a Heynckes un accidente de bicicleta en China, pero Internet no puede ser un territorio comanche (con perdón para los comanches, pero es una frase hecha), desregularizado, un lago de cocodrilos. Y menos en un país como éste, tan dado a los excesos y donde te pegan dos tiros reales o virtuales por un órdago inadecuado al mus.

De todas formas, el trastornado no está solo. Aquí, en cuanto se te calienta la boca, le mandas al compadre a criar malvas. Miren a Fraga (ya, ya sé que está mayor, muy mayor) cuando propone que se cuelgue a los nacionalistas para ver lo que pesan realmente en este país. Eso, que yo sepa, se hacía con los galgos cuando les dejaban escribiendo a maquina para que murieran solos una vez inservibles para las carreras. Ni los nacionalistas ni los galgos ni nadie se merece tamaño despropósito. Pero es que se nos va la boca: en Internet, en los micrófonos, en la taberna, en el taxi. Lo inmediato es mandarte al otro barrio, quitarte de en medio. Molestas, muchacho. La ley de John Wayne o de Clint Eastwood (antes de convertirse en un tipo superinteligente). Internet es el territorio favorito para mandarte al otro barrio (algunos siguen prefiriendo las pistolas o el amonal). Qué quieres que te diga, chavalote. En este otro barrio al que me mandaste, no vivo demasiado mal, ni demasiado bien. Te diría incluso que vivo igual que antes. Pienso lo mismo y digo lo mismo. Te dejo. Lo siento, pero Pedro Botero me acaba de cortar el wi-fi

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