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Entrevista:Andréi Lugovói | ENTREVISTA AL 'HOMBRE DEL POLONIO'

"Quien causa un daño serio al Estado ruso debe ser exterminado"

Diputado y empresario ruso. Reclamado por la fiscalía británica por el asesinato con polonio del ex agente Alexandr Litvinenko

La conversación con el hombre al que Scotland Yard considera el sospechoso número uno del asesinato con polonio radiactivo de Alexandr Litvinenko se produce en Aristokrat, un restaurante moscovita que Lugovói dice haber comprado hace unos meses junto con Dmitri Kovtun, su amigo desde los tiempos en que estudiaron en la escuela militar del Sóviet Supremo, y quien le acompañó a la cita con Litvinenko el día en que se cree que éste fue envenenado. Tomamos café bajo una lámpara de lágrimas, junto a una chimenea artificial y una pared imitando una leñera. Lugovói es diputado, vicepresidente del Comité de Seguridad de la Cámara, miembro del Partido Liberal Democrático de Vladímir Zhirinovski, de tendencia populista, y tutela la región del Lejano Oriente, la península de Kamchatka y Siberia Oriental. Al extranjero no se atreve a ir, aunque pasaportes no le faltan.

"A los británicos les resulta cómodo acusarme porque encajo perfectamente en una novela de espionaje"

"Desde mi punto de vista, Litvinenko fue un traidor. ¿Y qué? ¿Acaso hay que matar enseguida al traidor?"

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Lugovói afirma en la entrevista con EL PAÍS que el ex agente de los servicios secretos rusos quiso organizarle una cita en Madrid con un agente español al que ayudaba a investigar las actividades de Zajar Kalashov, alias Shakró, uno de los jefes del crimen organizado ruso. Incluso llegó a telefonearle para insistirle desde el hospital londinense donde yacía moribundo. Lugovói asegura que nunca llegó a ir a Madrid y perfila una figura misteriosa, la de un alto cargo de los servicios de seguridad españoles, que mantenía contactos con Litvinenko.

Pregunta. ¿Cómo explica que Scotland Yard le considere el principal sospechoso de la muerte de Litvinenko por envenenamiento con polonio radiactivo?

Respuesta. Porque les resulta cómodo hacerlo. Estoy firmemente convencido de que los servicios secretos británicos tienen que ver en esta historia, y no me refiero a Scotland Yard, ni a la fiscalía, sino al espionaje y contraespionaje, que durante los ocho meses de mi estancia discontinua en el Reino Unido intentaron reclutarme de forma directa y a través de Litvinenko. Trataron de encargarme tareas de recogida de información sobre Rusia, incluido material comprometedor de funcionarios, ministros y también del entorno próximo de Putin y su familia.

P. ¿Qué información en concreto?

R. Eso es parte del secreto del sumario que llevan la fiscalía y el Servicio Federal de Seguridad (SFS). Por eso, como alrededor de esta historia estaban los servicios de seguridad, lo mejor era acusarme a mí. Por haber sido funcionario del KGB y del Servicio Federal de Escolta (SFE), encajo perfectamente en una novela de espionaje. El argumento es que a mí me encargaron exterminar a Litvinenko ya que durante los últimos 10 meses antes de su muerte yo fui seguramente la persona procedente de Rusia con la que se reunió más a menudo.

P. ¿Cómo explica el polonio que se encontró en usted y en la ruta que usted siguió en Londres?

R. El polonio deja huellas. Pero, a diferencia de las dactilares, no se puede identificar a quién pertenecen. Kovtun y yo estábamos convencidos de que los servicios secretos británicos o gente vinculada con Litvinenko nos sometieron a los efectos del polonio. Muchos han inspeccionado los lugares donde estuve y donde se encontró polonio, pero se olvidan de que hay lugares en el Reino Unido donde no estuve y donde se encontró polonio de antes del 1 de noviembre

[día en que se considera que Litvinenko fue envenenado]. Hay otros sitios en Londres que visitó Litvinenko donde encontraron rastros de ese elemento radiactivo, y todos decidieron que, como donde yo estuve hay huellas, también las otras están relacionadas conmigo. ¿Por qué esa injusticia? Puede que todo sea al revés. Además, existe la firme opinión de que se encontró polonio en los aviones de British Airways en los que volamos, empezando el 25 de octubre, y todos olvidan el hecho, probado por la fiscalía rusa, de que el 16 de octubre volamos a Londres en Transaereo, y en nuestro avión no se encontraron huellas de polonio. Pero cuando regresamos sí había unas huellas insignificantes en nuestras butacas del avión de Transaereo. La fiscalía requisó esas butacas, que ahora son pruebas del sumario. No me pregunten a mí de dónde salió el polonio. Habría que preguntárselo a Litvinenko, que por desgracia ha muerto, y también a Berezovski y a Zakayíev, y a los servicios secretos británicos.

P. Usted dijo que estaría de acuerdo en que su amigo Kovtun fuera al Reino Unido a testificar. ¿Cómo reaccionaron los británicos a esta propuesta?

R.No han reaccionado a la oferta de Kovtun, y no nos han presentado ninguna acusación. La única prueba que tienen son las huellas de polonio.

P. Pero los británicos han pedido su extradición.

R.He visto la petición, aunque no me dejaron sacarla de la fiscalía. El investigador la escribió a mano, sin añadir documentos ni resultados de las investigaciones. Escribieron que consideran que Lugovói mató a Litvinenko porque éste criticaba a Putin y al SFS.

P. Pero, desde el punto de vista del SFS, Litvinenko fue un traidor.

R. Y desde mi punto de vista también. ¿Y qué? ¿Acaso hay que matar enseguida al traidor?

P. ¿Cree usted que alguien podía haber matado a Litvinenko a partir de los intereses del Estado ruso?

R. Si se parte de los intereses del Estado ruso, en el sentido más alto del término, yo mismo hubiera dado esa orden. No hablo de Litvinenko, sino que me refiero a cualquier persona que cause un perjuicio serio. Por ejemplo, de haber sido presidente, hubiera ordenado exterminar a Saakashvili.

P. Saakashvili no es ciudadano ruso, es presidente de la República de Georgia...

R. Bueno, pues hay otro personaje como (el coronel del KGB) Oleg Gordievski, amigo de Litvinenko, que huyó al Reino Unido (en 1985) y fue condenado a muerte por el Tribunal Supremo de la URSS. Yo creo que esa pena debe ser cumplida. Si lo pillan, hay que traerlo aquí y que lo encierren de por vida. Y si se sabe de personajes que causaron un daño serio al Estado ruso, deben ser exterminados. Es mi posición firme y la posición de cualquier ruso normal.

P. ¿Cómo conoció a Litvinenko?

R. Lo conocí en 1996-1997. Entonces yo ya no estaba en el SFE, sino que era jefe de seguridad del primer canal de la televisión rusa, del que Berezovski y Badri Patarkatsishvili eran accionistas. A menudo, iba a su oficina, por la que pasaba mucha gente. Y un día alguien nos presentó. Litvinenko estaba en el SFS. Después coincidimos allí algunas veces y conversamos sobre temas insustanciales. Cuando por primera vez volé a Londres, me topé con Litvinenko en la oficina de Berezovski.

P. Usted dijo que Litvinenko le propuso hacer informes sobre personajes rusos para entregarlos a sus socios en el Reino Unido.

R. No tuvimos ningún negocio. Me lo propuso, pero no es que yo quisiera. En 2005 me llamó por teléfono y me preguntó cuándo planeaba ir a Londres y a qué me dedicaba. Le dije que a seguridad y escolta, y me comentó que tenía clientes en el Reino Unido interesados en esos servicios. Era normal. En aquel momento teníamos ya clientes en muchos países. Ya en Londres me dijo que había dos compañías que buscaban socios en Rusia para ayudar a los inversores occidentales a entrar en el mercado y recibir información que no siempre se puede obtener de forma abierta. Me pareció interesante y normal. Nos hicieron algunas propuestas, pero después del primer encuentro plantearon que estaría bien vender información comprometedora sobre funcionarios. Cualquiera entendería que allí había algo raro.

P. Pero ustedes aceptaron la propuesta de colaborar.

R. Sí, recibimos algún dinero y pagamos a Litvinenko, que pidió el 20% de comisión.

P. ¿Colaboró con los servicios de seguridad rusos en aquel trabajo?

R. No colaboré con el SFS en absoluto. Yo era un pequeño empresario.

P. No es incompatible.

R. Escuche. Yo acabé la enseñanza en una academia militar de élite. Conmigo estudiaron 400 personas, de las que 150 siguen en el servicio. Entre ellos hayn el servicio. Entre ellos hay comandantes de división, vicejefes de distritos militares, altos cargos del SFS, del SFE, y de los guardafronteras. Todos mis amigos son militares o bien se encuentran en estas instituciones. Una de las personas que me son más próximas es el vicedirector del SFE, un general con enormes posibilidades y recursos. Pero no tengo ninguna relación oficial con funcionarios del FSB; sólo de amistad desde que nos graduamos de la academia. Cuando los agentes británicos comenzaron a acercárseme, una de las primeras cosas que hice fue informar al FSB para que luego no me acusaran de traición o de espionaje. Pero cometí un error. Creía -al menos eso es lo que me enseñaron- que si la persona que quieres reclutar no está preparada hay que apartarse de ella porque te puede poner en aprietos. Pero los ingleses continuaron presionándome porque, o se habían olvidado de cómo trabajar, o bien trataban de provocarme o esperaban que yo comenzara un doble juego. Entonces decidí no hacer negocios con quienes me presentó Litvinenko; yo ya tenía mi negocio y mis socios en el Reino Unido. Pensé que era mejor hacer como si nada hubiera pasado, pero ellos continuaron y el resultado fue esa historia con el polonio. Claro que yo hubiera debido cortar todas las relaciones con ellos en primavera, medio año antes de la muerte de Litvinenko. Quería hacerlo, pensaba que me dejarían tranquilo, pero empezaron a amenazarme y a chantajearme con el visado, que se me acababa.

P. En 2001 ayudó a organizar la fuga de Nikolái Glushkov, el vicedirector de Aeroflot [encarcelado por un escándalo económico relacionado con Berezovski], pero pasó poco tiempo en prisión. ¿Se debió eso a que aceptó trabajar para los servicios de seguridad rusos?

R. Aparte de mí, participaron dos ayudantes de Glushkov y nos detuvieron a los tres. Me liberaron al cabo de un año y tres meses y si me hubieran reclutado hubiera salido en un mes.

P. Usted dijo que tenía intención de ir a España, ¿para qué?

R. Quería ir a descansar cuatro días con mi mujer a Madrid. Y en septiembre planeamos un viaje para noviembre. Ahora, la verdad es que ya me olvidé, pero... ahora miraré el pasaporte (tiene tres sobre la mesa). Ahora lo encontraremos (va pasando las páginas de los pasaportes en busca de un visado). No sé si era un visado Schengen o si especialmente tomé un visado a través de España.

P. ¿Va a menudo al extranjero?

R. No voy nunca.

P. Tal vez hay algún país adonde pueda viajar...

R. A ninguna parte. No me arriesgo...

P. ¿Ni a la India a esquiar?

R. Esquío en el norte del Cáucaso. En el Elbrús.

P. ¿Pero cuántos pasaportes tiene? ¿Tres?

R. Son de diferentes años.

P. Toda una colección.

R. No, no. Estaban en la caja fuerte y decidí... Tenía dos pasaportes que se acabaron y luego otros dos. Y veo que no tengo aquí el más importante. Bueno, pues mi mujer y yo planeábamos ir en noviembre, y cuando me encontré con Litvinenko en octubre le comenté mis intenciones de ir a Madrid, y me dijo que iba a menudo a España y que colaboraba con los servicios secretos locales para desenmascarar a la mafia rusa en territorio de aquel país. Comenzó a hablarme de una compañía inmobiliaria interesada en comprobar si sus clientes rusos tenían conexiones con la delincuencia y me contó que ayudó a los servicios secretos rusos a investigar el asunto del bandido Shakró, y delante de mí llamó por teléfono a Madrid a una persona cuyo nombre no puedo revelar porque lo di a la fiscalía rusa.

P. ¿Un español?

R. Sí, un español que trabajaba en los órganos de seguridad. Le dijo que iba a ir un ruso que podía ayudar a encontrar a los delincuentes que intentaban lavar dinero en inmobiliarias en España.

P. ¿Y ese funcionario hablaba ruso?

R. Sí. A mediados de noviembre, Litvinenko me llamó ya desde la clínica, me preguntó cuándo iba a Madrid y me dijo que, cuando se curara, él también iría. Le contesté que a finales de noviembre. Yo quería pasear por Madrid y evitar aquel encuentro (con el funcionario español). No llegué a ir porque comenzó el revuelo y me acusaron de envenenar a Litvinenko.

P. ¿En qué asunto concreto ayudó Litvinenko a los servicios secretos españoles?

R. No sé en qué podía ayudar porque hacía tiempo que no sabía lo que pasaba en el país. A mediados de los noventa, trabajaba en una unidad especial del FSB contra el crimen organizado, pero desde entonces muchas cosas han cambiado.

P. ¿Fue él quien contactó a los servicios españoles o al revés?

R. Creo que fueron los británicos los que lo pusieron en contacto con los españoles. Litvinenko era un emigrante político y debía observar las leyes británicas si no quería perder ese estatus, así que no creo que por sí mismo se hubiera atrevido a colaborar.

P. El ex jefe del Gobierno ruso Yegor Gaidar dijo que habían intentado envenenarlo en Irlanda mientras desayunaba. ¿Cree usted que eso era posible?

R. No puede excluirse nada. Me parece que desde que Putin comenzó su segundo mandato diversas fuerzas en Occidente han planeado desacreditar a Rusia y, concretamente, a Putin con el apoyo de nuestros oligarcas en el exilio. Hicieron lo posible para desacreditarlo, las revoluciones en Ucrania y Georgia, el conflicto en Osetia del Sur y Abjazia. Podrían haber emprendido algo contra Gaidar, que fue el autor de la reforma de 1992 y es un símbolo de la libertad económica. En lo que a Georgia se refiere, este país comprendió que no se puede bromear con nosotros. Conozco Georgia porque viví allí en los años setenta, y a principios de esta década iba una vez al mes a ver a Badri. Habría que haber llevado los tanques hasta Tbilisi, nombrar a nuestro representante y colgar a Saakashvili como los norteamericanos colgaron a Sadam Husein [en realidad, ejecutado por iraquíes].

El caso del ex espía ruso envenenado

Una taza de té. Alexandr Litvinenko, ex espía ruso exiliado en el Reino Unido que tenía contactos con el servicio secreto español, toma un té en Londres con dos hombres de negocios de su país, Andréi Lugovói y Dmitri Kovtun, el 1 de noviembre de 2006. El té resulta presuntamente letal para el antiguo agente.

Muerte del ex espía. Litvinenko muere el 23 de noviembre de 2006 tras declarar por televisión que había sido envenenado. Las investigaciones determinan que el polonio-210 fue el elemento causante de la intoxicación.

Principal sospechoso. En mayo de 2007, la fiscalía británica reclama a Rusia la extradición de Andréi Lugovói como principal sospechoso del asesinato de Litvinenko. Vladímir Putin se opone a la solicitud de Londres.

Situación actual. El caso permanece bloqueado. Las pruebas obtenidas por Scotland Yard no se han hecho públicas. Lugovói, el hombre reclamado por la fiscalía británica, es diputado de la Duma y las autoridades rusas alegan que el Reino Unido no tiene jurisdicción sobre él para procesarle.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de diciembre de 2008

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