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Crítica:Feria de Otoño

Dramático honor de un torerazo

La tarde resultó dramática -hasta un monosabio voló por los aires en el sexto- y emocionantísima porque un torero se consagró como gran figura. Miguel Ángel Perera se recupera de las dos heridas que sufrió ayer en Las Ventas, pero el recuerdo que ayer dejó en esta plaza figura ya en los anales de las gestas verdaderamente históricas. Sólo un torerazo de la enorme categoría de este extremeño es capaz de superar las muchas condiciones adversas que se le presentaron y erigirse en triunfador absoluto.

La tarde fue fría como pocas habrá en pleno invierno, un viento racheado sopló durante todo el festejo, los toros ofrecieron mínimas posibilidades de triunfo, sin fortaleza, sin casta, sin clase... Pero, por fortuna, había un torero en la plaza dispuesto a decir en voz alta que la gran figura de esta temporada se llama, sin discusión alguna, Miguel Ángel Perera.

Toros de Puerto de San Lorenzo, Valdefresno, Cortés y Victoriano del Río / Miguel Ángel Perera, único espada.

Miguel Ángel Perera: estocada (ovación); —aviso— estocada (ovación); —aviso— estocada baja (oreja); (sufrió una herida en la región escrotal al matar al segundo); —aviso— estocada (oreja); estocada (oreja). Resultó cogido y pasó a la enfermería a la muerte del quinto. El parte médico señala pronóstico muy grave. El sobresaliente David Saleri, pinchazo, media, dos descabellos —aviso— y ocho descabellos (palmas).

Plaza de Las Ventas. Corrida de la Feria de Otoño. 3 de octubre. Lleno.

Había resultado cogido al entrar a matar al segundo; el festejo estuvo detenido 25 minutos hasta que los médicos atendieron una herida que evisceró un testículo con salida por la raíz del pene. Pero aún quedaba lo peor: fue cogido por el quinto cuando lo citaba por estatuarios en el inicio de la faena de muleta. La voltereta fue horrorosa. Las asistencias se lo llevaban en volandas cuando Perera se deshizo de ellas, pidió que le hicieran un torniquete y volvió a la cara del toro con la pierna derecha ensangrentada. Con la plaza sobrecogida y cuando parecía que se limitaría a matar, citó con la mano derecha y consiguió tres tandas de derechazos. Con la oreja en la mano, la enseñó al público y se dirigió por su pie a la enfermería entre los gritos de "torero, torero".

Había sido, sin duda, el momento culminante de una tarde heroica protagonizada por un hombre que venía a triunfar o a morir. Porque éste es el sino de los toreros grandes; auténticos héroes que se juegan la vida y se exponen, de verdad, a perderla. Perera cambió ayer la puerta grande por la enfermería, pero han quedado claros su entrega absoluta, su suficiencia deslumbrante, su poderío total, su ambición y su ilusión por el triunfo.

No hubo toros, pero sí un torero. Y así quedó patente. Impuso oficio y seguridad, superó las dificultades de sus oponentes, los imantó a la muleta y dictó toda una lección magistral.

Fueron cinco toros y cinco estocadas fulminantes. No destacó especialmente con el capote, a causa del molesto viento, pero dejó claro que su sentido del temple y ligazón, su desprecio del miedo y motivación son estratosféricas.

El sexto lo mató David Saleri, sobresaliente, que estuvo valiente y aseado, y trazó algunos muletazos muy meritorios. Lo que son las cosas: ése fue el mejor toro, pero Perera estaba ya anestesiado en la mesa de operaciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de octubre de 2008