Columna
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Tanorexia

Con el tiempo han cambiado los bañadores, los peinados, los helados en la carta del chiringuito y la forma de las colchonetas con que juegan estruendosos los niños en el mar. Hasta ahí todo asumido. Incluso hemos comprendido que nosotros tampoco somos los mismos, nuestros cuerpos se han sobredimensionado y encanecido poco a poco. Sin embargo, nunca pensamos que se transformaría el ingrediente principal de aquellos veranos en la playa: el sol.

Hace 20 años, los rayos aparecían entre las nubes como un milagro, como una actriz saliendo de un taxi. El sol sesteando en el cielo era una buena noticia, era el permiso para bañarse, para abandonar los pantalones largos, para correr hasta tarde detrás de un balón. El sol de agosto relampagueando las playas era un amigo. Siendo niños pasábamos el verano sin camiseta, bronceándonos sin darnos cuenta mientras montábamos en bici, jugábamos a las chapas o buscábamos erizos en los espigones. Recibíamos el barniz de luz con naturalidad, proveniente de un astro que nos acompañaba silencioso y benévolo.

Tomar el sol sin control es como fumar: resulta vulgar, vicioso, anacrónico y suicida

Hoy, sin embargo, como un superhéroe envilecido, se ha vuelto en nuestra contra. Súbitamente el sol es peligroso, su beso en la piel ha perdido la dulzura de otros tiempos, sus tentáculos ultravioletas envenenan. Ahora vamos a la playa a pesar del fulgor solar, protegidos de su maleficio con la kriptonita de las cremas, las gafas y los gorros. En el mundo mueren 50.000 personas al año de cáncer de piel.

Quienes abusan de un placer pueden ser viciosos, pero si ese placer se convierte en un peligro el vicio persistente se transforma en enfermedad. En los últimos años se ha acuñado una nueva patología: tanorexia. Tan en inglés significa moreno, y de ahí este término que define a los adictos a los rayos UVA. Siempre existió en las playas e incluso en el vecindario madrileño una sesentona con pamela y pintalabios fucsia calcinada por el sol. Pero ahora muchos salones de bronceado están prohibiendo la entrada a menores de 16 que quieren mantener artificialmente y durante todo el año el dorado cutáneo de Victoria Beckham.

Chicas entre 25 y 35 años es el perfil de la tanoréxica. Jóvenes que abusan del sol o los rayos UVA de laboratorio, que nunca se ven lo suficientemente tostadas, que sufren una adicción al oscurecimiento de su piel inversa a la de Michael Jackson. La tanorexia no sólo puede desembocar en cáncer, sino provocar abrasiones y arrugas prematuras. Pero al margen de las amenazas a la salud, ¿a quién le gusta hoy una piel ultrabronceada?

Hasta la década de los noventa, estar moreno era un síntoma de estatus, especialmente en invierno y en Madrid, pues sugería una escapada relámpago a la playa o incluso a la nieve. La piel oscurecida resaltaba el color de los ojos, de las mechas del pelo; en teoría, favorecía. Permanecer ajeno al sol denotaba exceso de horas de trabajo en la oficina, poco tiempo y predisposición para el ocio, una escuálida economía, escasez de goce en el cuerpo. Sin embargo, han cambiado los cánones de belleza. Estar moreno delata un narcisismo patético, un servilismo penoso a una estética caduca. Hoy se ha quedado como paradigma de hombre bronceado Marc Ostarcevic, y el ejemplo de chica prolongadamente dorada en ataúdes alógenos o en playas con medusas es Marujita Díaz.

Estar moreno ya no es síntoma de ostentación, basta acudir a cualquier salón de estética para tostarte vuelta y vuelta bajo un foco azul. El propio lujo del bronceado se ha falsificado perdiendo su valor. Cualquiera puede tener colorcito todo el año aun currando en los bajos de Azca. Sólo un playboy de más de cincuenta, un boys o un instructor de windsurf pueden justificar un socarrado dérmico. En las chicas únicamente se tolera si son ex mujeres de futbolistas, madames o la asistente en travesía de David Meca.

Ahora, como en el siglo XIX, nada supera la belleza de la piel blanca. La claridad del cutis no sólo delata un carácter seguro, sino que transparenta salud. El bronceado es el hollín de las partículas radioactivas de un sol infecto. La piel blanca es un reflejo de frescura, de un cuerpo y un espíritu natural, sin pretensiones ni aditivos, desinfectados de enfermedades físicas y mentales. Tomar el sol sin control es como fumar: resulta vulgar, vicioso, anacrónico y suicida. Hoy la chica guapa de la playa lee debajo de una sombrilla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 04 de agosto de 2008.