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Análisis:DIOSES Y MONSTRUOS

Ese ángel negro

El enganche con John Connolly es a perpetuidad. Pero la lectura de Los atormentados no deja en estado de shock

Es una de las adicciones más irrenunciables, poderosas y masivas que conozco. Otorga un placer perdurable y no hace daño. Tampoco crea mono, ya que siempre puedes disponer de ella, aunque la calidad lógicamente varíe. Puede afectar a los ojos, puede acelerar el cansancio de la vista, pero compensa por lo que regala al alma. Se llama novela negra. Es un título contundente e inmejorable. No sé si es anterior o posterior a la definición de cine negro. Imagino que tiene la misma edad que la humanidad. Que la temática de la oscuridad y la corrupción, de fronteras difusas o intercambiables entre el bien y el mal, de las cloacas del poder, también tenía sombrío protagonismo en el paleolítico, pero el género todavía no se conocía por ese nombre. Lo de novela policiaca y novela de detectives se aproxima a la realidad, pero suena a prosaico. Por el contrario, la negrura posee aroma lírico. Y da miedo, mucho miedo.

No es suficiente en un autor que te puede llevar al éxtasis, el inventor de los villanos más tenebrosos de los últimos tiempos

Siempre te cuenta alguien que leas a alguien, siempre hay generosidad en transmitir a otros lo que les ha fascinado a ellos. Pasado el bendito proceso de iniciación aprendes a confiar en tu instinto, en un nombre, en un título, en una promesa, en un clima. Devoré a Agatha Christie porque figuraba en la biblioteca de mi abuelo, en una aldea gallega cuyo recuerdo me resulta elegiaco, en la que daba gusto leer oyendo la lluvia y al lado del fuego de la chimenea. Entiendo que la imagen es demasiado convencional, una postal edulcorada, pero la evocación está asociada a esa atmósfera.

Y pasé directamente en la adolescencia de esa sabia escritora y de la certidumbre de que los misterios tenían explicación y de que el crimen se castigaba a la turbiedad moral, los claroscuros, la violencia seca o subterránea, los profesionales de la resistencia y de la supervivencia, los códigos personales al margen de lo establecido, la desesperanza y el fracaso, de dos maestros llamados Raymond Chandler y Dashiell Hammett. Lírico y sarcástico el primero, sobrio y demoledor el segundo, dueños ambos de una prosa admirable, de una deslumbrante capacidad narrativa y descriptiva, de estilo identificable y voz propia, gente en la que reconocerías su autoría aunque no apareciera su nombre o utilizaran seudónimo. Llevo cuarenta años en su compañía, revisitándolos sin fecha puntual, sabiendo que la temible decepción es imposible, que su poder hipnótico permanece, que aunque tú hayas cambiado su arte no envejece. Con ellos, como con Shakespeare, Stevenson, Stendhal, Faulkner; Fitzgerald, Valle-Inclán, gente así, siempre apuestas sobre seguro, ofrecen refugio en los tiempos duros, te siguen regalando sensaciones, serán imprescindibles hasta que me cierren definitivamente los ojos.

Desde entonces, creo haber leído casi todo (el "casi" es por precaución) de este género opiáceo. Allí donde haya un crimen, el interés inicial está garantizado. En cualquier lugar del universo, en cualquier idioma, suplicando que la traducción sea buena. Pero si hay que elegir un escenario, mejor que ocurra en Estados Unidos. Además de Chandler y Hammett, también pasaron allí su complicada existencia David Goodis y William Irish. Con este intocable cuarteto ya no hay problema en asentarse en una isla desierta.

En el camino he conocido a autores prescindibles, blufs pretenciosos, gente con una primera y admirable novela que se quedaron secos, falsas esperanzas, inventos del marketing, libros abandonados a las treinta páginas. También a grandes novelistas, gente a seguir. Pero sin prisas, reservándolos para el momento adecuado, sin la ansiedad del yonqui. Los únicos escritores actuales de novela negra que me provocan insomnio la noche anterior a que se publique su última entrega, la inaplazable necesidad de zampármelos de un tirón, se llaman James Ellroy y John Connolly. Después puedes alcanzar el nirvana o lamentar que no anden en estado de gracia, pero seguirás anhelando que escriban la próxima, el enganche con ellos será a perpetuidad.

Acabo de terminar Los atormentados. Y esta vez John Connolly no me ha dejado en estado de shock, algo que me ocurrió con las inmejorables Perfil asesino y El camino blanco. Digamos que le estoy tan agradecido como cuando leí Todo lo que muere, El poder de las tinieblas y El ángel negro, pero no es suficiente en un autor que te puede llevar al éxtasis, el inventor de los villanos más tenebrosos de los últimos tiempos, del reverendo Faulkner y el señor Pudd, el Viajante y el Coleccionista, el gordo Brightwell y los hombres huecos, sobrenaturales y terroríficos, implacables e indestructibles. Connolly también logra que admires y compadezcas al siempre atormentado Charlie Parker, su sentido de culpa, su certidumbre de que el infierno está en la tierra y de que el estigma no le abandonará jamás, que a lo único que puede aspirar es a treguas y a supervivencia. Ojalá que no pierda nunca a sus amigos Louis y Angel, ese matrimonio homosexual que lo mejor que saben hacer es matar. Ojalá que Connolly no se agote, no vaguee demasiado, no deserte de las flores del mal. -

Los atormentados. John Connolly. Traducción de Carlos Milla. Tusquets, 2008.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de junio de 2008