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Crónica:LA CRÓNICA

Fumaderos

Antiguamente los fumaderos clandestinos se encontraban cerrados a cal y canto. Como los speakeasy de la ley seca norteamericana, eran lugares de pecado y permanecían ocultos a la vista. Ahora, como la prohibición de fumar se ha trasladado a los lugares cerrados, los fumaderos se encuentran al aire libre. Los más poblados se ven a la entrada de los grandes edificios de oficinas. Tanto da que se trate de casas señoriales en el paseo de Gràcia modernista o de edificios con paredes de cristal. Al pie de todos ellos, en cualquier momento del día en horario de oficinas, siempre hay grupos de fumadores. Los unos arracimados, formando un corro animado en el que el pitillo y la conversación se dan la mano. Los otros, solitarios, a veces con el cigarrillo en una mano y el móvil en la otra, y también en ocasiones en la soledad absoluta, fija la mirada en la brasa encendida en el extremo del Camel o el Ducados. Forman parte de una nueva forma del paisaje urbano, como los coches o las ancianas acompañadas por su boliviana.

Recuerdo la primera vez en que me sentí expulsado de un edificio de oficinas por fumador. Era en la Times Square de Nueva York, y andábamos dos docenas de editores de Bertelsmann metidos en reuniones sinérgicas. Entre una y otra reunión, unos cuantos desesperados bajábamos desde el piso 43 hasta la calle para encender y fumar compulsivamente un par de pitillos en el tiempo del desayuno.

El otro día pasé por delante de los negros cristales de un edificio que alberga oficinas de alto copete como las de Deloitte y el bufete Garrigues de abogados, y allí estaban: trajeados unos, los otros en mangas de camisa pero con corbata, muy elegantes ellas, en grupo algunos, otros en solitario, los fumadores expulsados del reino. Doscientros metros más allá, ya en plena Diagonal y antes de llegar a Workcenter, en la entrada de Cajamadrid (también de cristal, pero color blanco) fumaban cuatro individuos aislados y tres grupos de tres o cuatro personas cada uno. La famosa hora del bocadillo o la cañita se ha convertido ahora en los 10 minutos del pitillo, y vaya que lo aprovechan todos los que pueden.

En Times Square lo primero que hicieron los señores de Bertelsmann fue poner ceniceros, grandes ceniceros para la jornada completa de los cientos de empleados de los 50 pisos o más de la multinacional. Aquí, a las empresas se les olvida este importante detalle muy a menudo, y los fumaderos, al lado mismo de la entrada de los suntuosos edificios, y en aceras generalmente muy transitadas, suele haber una alfombra constituida por multitud de colillas de filtro amarillo (rubio americano) y de filtro blanco (negro nacional). Y si alguna empresa pone ceniceros, son tan exiguos que enseguida quedan atiborrados y al poco rato ya humean, pues el pitillo mal apagado acaba encendiendo los demás. Ya puestos, habría que pedirle al Ayuntamiento que las empresas estén obligadas a proveer de ceniceros generosos estos nuevos fumaderos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2008