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Reportaje:

"Si no comes, te calientas con un 'tetrabrick' de vino"

Aumenta el número de jóvenes valencianos que acuden a la Casa de Caridad

"Mi padre murió de un derrame cerebral a los 37 años, cuando yo tenía dos, y mi madre no podía mantenerme; me he criado con mis abuelos; a los 12 años volví a Buñol con mi madre y su actual marido, pero me tuve que ir porque mi madre bebía mucho; a los 15 años me fui con una mochila a casa de unos amigos y desde hace 10 años vivo en la calle". Así resume su vida J. M., un joven de 25 años de la Malva-rosa, que viste chándal, zapatillas y gorra calada, que fuma sin parar, y que come y duerme desde el pasado lunes en la Casa de la Caridad de Valencia. Su caso es uno más del perfil que va cogiendo auge en la institución benéfica. En la Casa de la Caridad, aunque el mayor porcentaje de gente atendida corresponde a inmigrantes, han constatado que desde hace un par de años ha aumentado el número de valencianos en situación vulnerable sin una red familiar de apoyo. Entre los nacionales antes predominaban los transeúntes de otras provincias, quizá atraídos por el buen clima. Y el perfil de los sin techo era también de gente más mayor. Ahora, predominan los valencianos. Y jóvenes.

"Estaba cansado de estar tirado en la calle y no encontrar trabajo"

La Casa de Caridad repartió en 2007 140.000 raciones de comida

"He tenido suerte, porque hay gente con cirrosis o que ha cogido el sida"

"Las mujeres siempre encuentran más apoyos familiares"

Renta baja, desestructuración familiar y fracaso escolar son denominadores comunes. "Dejé el colegio porque no me entraban los estudios y me fui de aprendiz de pintor", explica J. M. Su madre le quitó las primeras 100.000 pesetas que ganó y ahí empezó su periplo, que le ha hecho pernoctar en numerosos cajeros y en gran parte de los parques de la ciudad. "Gracias a un cura me gané la vida repartiendo estampitas en la catedral, también he aparcado coches y he pedido en la calle; menos robar, he hecho de todo". Ahora atisba un futuro mejor. Aunque está en tratamiento por un problema de ludopatía -"hace 12 años que juego a las tragaperras"-, ha conseguido, por una minusvalía del 65% de su capacidad intelectual, una pensión no contributiva y vive en un piso tutelado para discapacitados. Su lema es sencillo, pero difícil de aplicar: "Aunque te equivoques, nunca tires la toalla".

El último informe de la Casa de la Caridad, que facilitó 21.130 pernoctaciones a sin techo y repartió 140.000 raciones de comida en 2007 (el 55% y el 73% respectivamente correspondieron a inmigrantes), revela que entre el 70% y el 75% de los nacionales atendidos son jóvenes valencianos de entre 20 y 40 años. Una trabajadora social apunta que "a las personas que les llegan les han fallado las redes de apoyo". Según explica, es más frecuente que los varones sean los que están en una situación más grave de exclusión. "Ellos tocan más fondo". Pero ellas, cuando llegan, arrastran otros problemas asociados, como hijos tutelados o dados en adopción, adicciones a diversas sustancias, violencia doméstica o prostitución. "Las mujeres siempre encuentran más apoyos familiares, pero cuando se encuentran en la calle es que han roto todos los vínculos".

En esa situación se hallaba María, valenciana de 32 años cuyo aspecto saludable actual no hace pensar que pasó año y medio en la calle, buscando cajeros o el rincón de un parque tranquilo para dormir. "Es una etapa que jamás en la vida se me va a olvidar". Valenciana que no quiere mencionar su pueblo y se apunta a un nombre ficticio para pasar desapercibida, recuerda sobre todo "el miedo de cada noche a que te hagan algo". Más que el frío -aunque "la rasca de la noche se nota en verano también"-, sus recuerdos más desagradables se refieren a la angustia: el miedo a los gamberros, los grupos ultra o hasta los propios indigentes, que "a veces van muy pasados". "No ves ningún futuro, no ves salida, te falta la autoestima y no luchas porque lo ves todo perdido; la calle te lleva a la calle, y si no comes, te calientas con un tetrabrick de vino".

El vínculo familiar quedó roto por el alcohol: "Yo me pasé de la rosca con mis padres, a mí no me echaron solo por llegar un día borracha. Aunque a veces pienso que si unos desconocidos me han ayudado ellos podían haber hecho algo más por mí. Ahora la relación es mucho mejor, pero no me interesa volver al pueblo, porque mis amistades siguen en el vicio". Tras siete meses en la Casa de Salud y sin beber, sí ve el futuro con ilusión y tiene ganas de empezar de cero. Además, se ve bien de salud y con fuerzas: "He tenido suerte porque hay gente con cirrosis, hepatitis o ha cogido el sida".

Otra historia sin poesía ni gloria es la de José Luis Tormo, que se quedó solo mientras estaba en la cárcel cuando su padre murió en el incendio de la casa de alquiler en la que vivían. Y tras cinco años en la calle ganándose la vida como aparcacoches o pidiendo comida en los puestos del mercado, tocó fondo hace mes y medio cuando intentó suicidarse. "Estaba cansado de estar tirado en la calle, de dormir en cajeros y no encontrar trabajo". Ahora está relajado y sigue un programa de rehabilitación. Su resumen es sencillo: "Como todos los días, llevo un horario, duermo en el albergue... ahora veo un poco la luz pero no creo que esto me solucione la vida". Salir sin ayuda es difícil, pero para caer en el pozo parece que todo ayuda: "Tras la muerte de mi padre, en la calle, empecé a beber, y luego a consumir y se me fue un poco la chaveta..."

También sale ahora a flote Salvador, un valenciano con nombre ficticio, de 34 años, que pernocta en el albergue desde hace tres meses porque su pensión de 320 euros no le da para una vivienda. "Y con hepatitis C nadie quiere compartir una habitación conmigo". Antes ha pasado casi toda su vida durmiendo "en parques, cajeros y, si podía, en algún garaje". Su trayectoria es similar a la de otros alojados: "Mi familia está totalmente rota, de pequeño mis padres se separaron y yo he sido la oveja negra". Ahora no quiere saber nada de ellos. "Me han roto el corazón". Desde hace seis años no se droga y se encuentra bien con la medicación, aunque está cansado del tutelaje de los centros de ocupación. Salvador desgrana su vida mientras fuma en la calle tras comer el menú del centro. Su ilusión: "Vivir en un pisito barato" y buscarse "un trabajo de minusválido".

A lo mismo aspira Jesús, un hombre alto, semblante duro y aspecto recio, nacido en el barrio de San Marcelino hace 38 años, que consumía cocaína desde hace 20 años. Hace siete meses salió de la cárcel y, tras cuatro meses viviendo en la calle, comenzó una terapia en la Asociación Valenciana de Personas Excluidas. Ahora lleva un mes en la Casa de la Caridad y es optimista: "No consumo nada, ni siquiera alcohol, solo las medicinas". Como tantos otros, aspira a encontrar un trabajo y, cuando ahorre un poco, buscarse un piso barato. Él ya sabe lo que es dormir en un rincón con 50 o 100 personas y que "la policía te pegue cuatro puntapiés para que te levantes". En cuanto a la familia: "Desde que estoy en el centro la tengo de cara; no es que no quisieran saber nada de mí, solo querían que hiciera lo que hago ahora, salir de la droga".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de mayo de 2008