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Crónica:LA CRÓNICA

La Via Laietana en su centenario

Este marzo se han cumplido 100 años desde que -en 1908- el entonces rey Alfonso XIII agarrara el pico y, con un ligero movimiento de cadera, le diese un primer desconchón a la pared del número 77 de la calle Ample. Con aquel inusitado golpe comenzaban las obras de la Via Laietana, conocida entonces por el enigmático nombre de la Reforma, que pretendían unir mar y montaña mediante un tajo limpio que partiera el casco antiguo en dos. Aquella iniciativa supuso una oportunidad única para el Banco Hispano-Colonial -la criatura de los Arnús y de los marqueses de Comillas-, que se bastaron para dejar Barcelona patas arriba. De la especulación que sufrió el lugar da fe que el primer inmueble construido -el número 3- date de 1913 (la sede del Hispano-Colonial), mientras que el último solar no fue urbanizado hasta finales de los años cuarenta. Así, cayeron bajo la piqueta más de 2.000 viviendas, que originaron el desahucio de unas 10.000 personas.

El tramo alto fue el más problemático, al afectar a un complejo conjunto de rústicas callecitas. Así, desapareció la de Na Avellana y su conocida Casa de la Bomba, por una que cayó sin explotar durante el bombardeo de Espartero. O la iglesia de Santa Marta (cuya barroca fachada sigue en el patio de la Biblioteca de Catalunya), situada en la callejuela del Sant Crist de la Tapineria. Esta última iba a morir en la calle de la Tapineria, reducida hoy a su mínima expresión. Famosa por la imagen de san Lorenzo que daba lustre a sus numerosas zapaterías, donde era tradicional ir a comprar los chapines que usaban las novias. Y a cuyas esquinas se asomaban dos calles también derruidas, llamadas de Bon Déu y del Arc de la Glòria.

El otro eje lo formaban la riera de Sant Joan y su continuación, la calle de Graciamat -donde nació el escritor Juli Vallmitjana-, que desembocaba en la plaza del Oli. En esta placita se encontraba la sede del Gremio de Caldereros, actualmente en la plaza de Sant Felip Neri. Y estuvo también el taller de El Guayaba, frecuentado por el joven Picasso, que tenía su estudio muy cerca. De aquí partían vías tan pintorescas como el oscuro callejón de Tres Voltes y sus arcos medievales. O la estrechísima calle de Doncelles.

En su tramo bajo la operación fue más fácil, aunque terminó mutilando calles de la importancia de la Bòria, Abaixadors, Pom d'Or, Jupí, Gignàs y Agullers. Y se llevó por delante los arcos de la calle del Consolat de Mar, de los que sólo queda un extremo, conocido por sus tiendas de maletas y baúles. De esta forma, desaparecía parte del Barri Gòtic y en su lugar surgía una arteria moderna, diseñada por Ferran Romeu (de la plaza de Urquinaona a Sant Pere més Baix), Puig i Cadafalch (hasta la plaza del Àngel) y Domènech i Montaner (hasta Correos). Arquitectos que le dieron ese aire mestizo, entre el discreto Ensanche y la metrópoli norteamericana -a lo Chicago o Nueva York-, cuyas torres de vértigo comenzaban a causar furor en todo el mundo. Creaban así esa peculiar sensación de teatrillo, de decorado impoluto con edificios elegantes, tras los cuales -a ambos lados- continúa el pasado y sus esquinas oscuras.

Ahora, el Ayuntamiento anuncia una nueva Reforma que hará posible una avenida de anchas aceras, con menos carriles para los coches, llena de tiendas, restaurantes y hoteles, muchos hoteles. Medidas quizá necesarias, visto su inhóspito uso como paseo. De esta forma, los turistas tendrán otro atractivo que añadir a sus agendas. Aunque aquel lejano día de marzo de 1908 seguirá conmemorándose como el inicio de una frontera absurda, que partió para siempre la vieja ciudad medieval.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de marzo de 2008