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COLUMNA

Cruces

La vida, en general, es una cuesta arriba. También hay grandes llanos, y hasta vertiginosos descensos, pero antes o después afloran las preocupaciones, los problemas que nos impulsan a seguir viviendo. En la felicidad perpetua, nadie lograría prosperar. En la perpetua adversidad, millones de personas prosperan todos los días. Y aprenden a ser felices en pequeñas dosis, sin dejar de sentir nunca el peso de la cruz que cargan sobre sus hombros.

Sobre los míos pesa todavía el fracaso electoral. He apoyado al único partido que fracasó el 9 de marzo. Se diría que el PP, el PNV y CIU han perdido también, pero lo han desmentido, y ha colado. La responsabilidad de Llamazares ha merecido, en cambio, una respuesta hostil. La ley D'Hont no vale como excusa, se ha dicho, porque es injusta pero ha existido siempre. Igual que el hambre en el mundo, digo yo, las plagas y el amor no correspondido. El progreso consiste en luchar contra las cosas injustas que han existido siempre. Lo del amor no correspondido tiene mal arreglo, pero... ¿a alguien le parecería sensato suspender las políticas contra el hambre o las enfermedades endémicas sólo porque han existido siempre? Las luchas intestinas en IU, otra cruz que llevamos a cuestas, la han perjudicado, desde luego, pero en Iniciativa per Catalunya no ha pasado nada semejante y los resultados han sido parecidos.

Un millón de votos, dos diputados. Recuerdo una escena de Mary Poppins y a un niño que tenía una moneda para dar de comer a las palomas. Un banquero le perseguía, argumentando que su moneda no valía nada, pero unida a los millones del banco -que son como millones de votos- crecería y crecería sin parar. El niño salía corriendo, porque sólo tenía una moneda y su dignidad. Creo que no sería mucho pedir que, junto con nuestros dos pobres escaños, nos dejaran conservar la nuestra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de marzo de 2008