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El cerebro pasea por el cementerio de Poblenou

Itinerario científico para comprender la muerte

En el cementerio de Poblenou se encuentra la tumba de Francesc Canals Ambrós, un chico que murió en 1899, a los 22 años, más conocido por algunas personas del barrio como El Santet. En su sepulcro se acumulan cientos de papeles escritos, imágenes de santos, fotos de seres queridos y otros objetos. Son deseos de personas que necesitan creer en algo, en este caso en un difunto que concede deseos, para abordar con mayor certeza el futuro.

La espiritualidad de la figura de El Santet tiene una explicación científica que los responsables de la Cátedra Cerebro Social, de la Universidad de Barcelona, desvelan en el itinerario científico La Barcelona eterna, la muerte frente al espejo, que han organizado en el cementerio de Poblenou como actividad de la Semana del Cerebro.

El cerebro necesita construir narraciones para explicar la muerte

Nuestro cerebro, neurona a neurona, está construido de tal manera que siempre necesita agarrarse a algo para dar sentido al futuro. La evolución lo ha hecho así. "El objetivo del itinerario es dar una visión biológica y neurológica sobre cómo los humanos nos enfrentamos a la muerte", explica Eva Loste, directora ejecutiva de la cátedra.

Beatriz Barco, bióloga y guía del itinerario, explica las diferencias entre nuestro cerebro y el de otros seres vivos. En realidad, en nuestra cabeza coexisten tres cerebros. El reptiliano, encargado de las respuestas más adaptativas como la alimentación o el emparejamiento y que sólo tiene percepción del presente. El límbico, propio de los mamíferos, genera recuerdos y emociones, algo necesario para sobrevivir, recordar donde se encuentran los alimentos, qué es una amenaza o un beneficio.

El tercero, la corteza cerebral, el más desarrollado en los seres humanos, alberga mecanismos neuronales relacionados con el concepto de futuro. "La memoria, las emociones y la posibilidad de pensar en el futuro forman un cóctel explosivo del cual aflora la autoconciencia de uno mismo y la noción de muerte", explica. Para adaptarse a la incierta muerte, nuestro cerebro construye narraciones. "En la Edad Media, el cuerpo no era importante y se creía en el juicio final", explica. El destino de nuestras almas dependía de cómo hubiésemos vivido la vida.

Una de las paradas del itinerario está frente a una escultura erigida en memoria de una difunta. La imagen es una mujer que yace en su lecho de muerte, ante la que la guía explica que en el siglo XVII se empezaron a realizar los primeros estudios para averiguar qué ocurre con el cuerpo cuando se muere y por qué morimos. Así empieza a cuestionarse que haya algo después de la muerte. Hasta hoy día. "Hay mecanismos neurológicos que nos obligan a creer que hay algo más allá. Por eso, cuanto más ateos, más miedo a la muerte", explica.

Al final del recorrido, parada en el monumento a los médicos muertos por una epidemia de fiebre amarilla en la Barcelona del siglo XIX. La guía afirma que las experiencias místicas también tienen explicación científica. "Muchas personas epilépticas sufren alteraciones en el sistema límbico y creen haber salido de su cuerpo. Los científicos creen que algunas alteraciones en el cerebro están detrás de estas percepciones", explica.

Podría ser una respuesta adaptativa desde el punto de vista biológico: "Hacer que la muerte sea menos traumática para las personas", concluye Barco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de marzo de 2008