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Crítica:

Barroco brugueresco

Hay una manera (romántica) de considerar a Mortadelo y Filemón como el gran triunfo de la historieta de humor española. Hay otra manera (realista) de descifrarlos como emblema de un sistema de producción a destajo que explica, entre otras cosas, por qué no pueden sostener la mirada de, pongamos por caso, sus vecinos Astérix y Obélix. Cuando Mortadelo y Filemón fueron ascendidos a protagonistas de aventuras regidas por el modelo franco-belga -es decir, de 46 páginas-, se esbozó un sueño que duró un solo álbum: El sulfato atómico (1969), influencia rectora en La gran aventura de Mortadelo y Filemón, de Javier Fesser, y modelo platónico de lo que podría haber sido la serie. Un año después, El caso del bacalao -que ahora Miguel Bardem reivindica como inspiración- era ya la quinta aventura larga de los personajes y su propia estructura (eco de la desaparición de Gran Pulgarcito y del nacimiento de la revista Mortadelo) hablaba de improvisaciones de urgencia que alejaban el resultado del modelo europeo.

MORTADELO Y FILEMÓN. MISIÓN: SALVAR LA TIERRA

Dirección: Miguel Bardem. Intérpretes: Edu Soto, Pepe Viyuela, Berta Ojea, Mariano Venancio, Carlos Santos.

Género: comedia. España, 2008.

Duración: 97 minutos.

Resulta difícil, pues, acercarse a Mortadelo y Filemón con el respeto que merecería un canon, pero es indiscutible su posición de privilegio en el ADN cultural de todo lector de tebeos formado en ese barroco brugueresco, caótico por naturaleza, que Ibáñez ha ejemplificado como nadie.

Si Fesser soñó a los personajes de Ibáñez en el centro de su poética personal, Bardem intenta acercarse más a su modelo, articulando una aventura quizás menos excéntrica, pero más legible, con voluntad de lograr un producto familiar. Se palpa el placer de todos los cómicos implicados -con un Edu Soto más que notable supliendo a Benito Pocino; un Carlos Santos sorprendente y una Carmen Ruiz ditirámbica-, bajo la batuta de un director que suma guiños al inabarcable corpus de Ibáñez con conocimiento de causa. Su aparatoso juguete pierde cierto brío en su tramo central, pero el conjunto demuestra que los agentes de la TIA -que han ganado alma en el trasvase- sí pueden sostener la mirada a los Astérix y Obélix cinematográficos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de enero de 2008