Todo no son regalos

Qué días. Incluso los árboles están, como nosotros, consumidos, ellos por el clima extraño de este diciembre y el descuido municipal; nosotros, por el tráfico de las compras navideñas y sus correspondientes compulsiones. Más que otros años, o es que cada año es el mismo año. Todo parece un descomunal ejercicio militar, qué quieren que les diga. Tengo la impresión de que hasta llevamos uniforme. El traje, la cara, la disposición de ánimo de las compras. Un traje arrugado, una cara descompuesta, una disciplina firme. Entre bultos y paquetes, con gente entrando y saliendo de tiendas, todo parece salir del mismo molde. Aquí, allá, más arriba o más abajo.
Y, de repente, ves que no todas las gentes cargadas con algo llevan regalos. No son proveedores ni mensajeros. Son más bien seleccionadores de lo que echamos a perder o malgastamos. ¿Vieron la película memorable de Agnès Varda sobre los usos de todo lo que tiramos y qué hacen con ello tantas y variadas gentes? Pues eso.
Pasan con más o menos carga carros de supermercado y carretillas por el paseo de Gràcia o ante la Casa de les Punxes. Este mediodía, en un minuto, he visto en la calle del Bruc, justo al lado de la mansión puntiaguda, a un muchacho negro con su carro (casi vacío) y a una pareja sin edad reconocible, diría que rumana. El hombre transportaba en una carretilla una caja grande de cartón de La Flor del Pirineo y la mujer arrastraba un prehistórico carrito de la compra (tampoco habían logrado mucho botín, tal vez el carrito). "¿Adónde van a parar los restos de los edificios deshabitados y las ruinas de las obras?", se pregunta el urbanista Kevin Lynch, que en paz descanse, en su extraordinario libro Echar a perder. Un análisis del deterioro (Gustavo Gili). La respuesta, trasladada a los residuos domésticos y de tantas obras en las calles, parece ser: restos y ruinas de pequeño calibre van a parar a carros de supermercado y los conducen inmigrantes. No me pidan de dónde los sacan, yo tampoco me lo pregunto. En los carros que he visto este mediodía había cuerdas, tubos de goma, plásticos, trozos de cañerías. Puede que los porteadores sean chatarreros, puede que con estos materiales pongan algún remiendo en donde sea que estén logrando pasar las noches. Tal vez sean futuros empresarios de nuestras chatarras...
Mientras, los indígenas viejos y los nuevos (con papeles) vamos de tiendas. Si puedes. Si debes. Una amiga argumenta así la situación: el año pasado, su familia decidió ajustar la economía doméstica y hacer regalos sólo a los pequeños. A la hora de la verdad, todos se sintieron mal (los niños no, pero algo raro notaron). Este año no se sentirán mal porque ya habrán pasado el mal trago comprando. Mi amiga ya estaba agotada sólo de pensarlo. Puedo contar con un dedo la gente que conozco que disfruta comprando en Navidad (quienes siempre están dispuestos no valen, son deportistas: comprar es un deporte como cualquier otro, hay que entrenarse, estar en forma y conocer los propios límites y posibilidades). Si no puedes comprar lo pasas mal, y si no quieres comprar porque ya estás harto de ir a toque de pito, te sientes raro y tampoco disfrutas. La cosa produce tanta confusión que a nadie le sorprende ver en pleno paseo de Gracia a un joven de aspecto precario con un carro de supermercado cargado de tubos de goma. Como si llevara regalos. ¿Quién no ha pensado alguna vez coger lo primero que encuentras al salir de casa, envolverlo y regalarlo a no importa quien de tu clan y aquí paz y allá gloria? Pero las gentes de los carros no regalan, trabajan. Aunque, bien mirado, comprar regalos es un trabajo, y duro.
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