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Tribuna:

Angie + Maria Lluïsa = V.O. catalana

El hecho de que películas tan visceralmente catalanas como Rec, Lo mejor de mí, 53 días de invierno, Tuya siempre o Pactar con el gato -la mayoría de ellas en coproducción con TV-3-, no tengan como versión original la catalana, pone en evidencia la deficiente política cinematográfica del Institut Català de les Industries Culturals (ICIC), al margen de reconocer que la labor no es fácil habida cuenta de la históricamente negativa actitud de la mayoría de productores catalanes.

El ICIC ha jugado bastante fuerte la baza económica, pero ha olvidado completamente la ética y la estética que comporta la obra cinematográfica. Así ha beneficiado prácticamente igual a una película de temática catalana, rodada en idioma y localizaciones catalanas, con otra rodada en cualquier otro lugar español con idioma y temática propios de ese lugar.

La versión original ha de servir al director para algo más que para conseguir una ayuda económica

Ante tal situación y con vistas a la Ley de Cine en preparación (no me refiero a la española, sino a la catalana, que también está en marcha), convendría convocar al sector a un foro -que debería llamarse Fórum Ordet, porque para creer en el cine catalán hay que creer en milagros- que debatiera a fondo el tema de la condición de película catalana y de película en versión original catalana, porque ha surgido una malsana teoría que pretende implantar que la versión original catalana sea exclusivamente la rodada en un porcentaje mayoritario con sonido directo en catalán.

Esto es una absoluta monstruosidad sólo propia de quienes no se han emocionado jamás ante una imagen cinematográfica y que colocan al cine en el saco del audiovisual, ignorantes de que el cine es la expresión de un sentimiento a través de la imagen y el sonido en tanto que el audiovisual es, simplemente, la captación o manipulación de imágenes y sonidos.

Sin paliativos ni estúpidos y falsos purismos, la versión original es aquella que el director entrega para su exhibición, tras todos los trabajos de producción, porque así lo determina la propia condición específica de la película. Y que el productor, sintiéndose orgulloso de esa versión original, la utiliza como bandera en festivales y en las mejores salas que consiga para su estreno, y no simplemente para cubrir el expediente que le beneficiará miserablemente de una ayuda económica.

¿Alguien duda de que la versión original de El gatopardo, de Visconti, es la italiana a pesar de que el gran Burt Lancaster esté doblado? ¿Acaso la versión original no debe corresponder al idioma del protagonista, el príncipe Fabrizio Salina, por encima del de su intérprete?

Cuando la película italiana Cinema Paradiso, de Tornatore, fue al Festival de Cannes, su protagonista, el francés Philippe Noiret, sugirió que se proyectara la versión francesa para así poder ser candidato al premio de interpretación, al que no podía aspirar si estaba doblado.

Los italianos se ofendieron ante tal sugerencia porque la película, ambientada en un pueblo siciliano, debía respirar ese aire por todas partes, incluidos los pulmones y la voz del protagonista.

Y si Fellini dobla al italiano la voz de Anthony Quinn porque encarna a un titiritero italiano, ¿No puedo yo doblar la voz de Juan Luis Galiardo cuando se transforma en un contrabandista catalán?

¿Alguien duda de que la versión original de El verdugo de Berlanga sea la española a pesar del doblaje de Nino Manfredi? ¿O que el texto de Pérez Galdós dirigido por Buñuel pierda su condición de versión original española porque la voz de Tristana no es la de su intérprete?

Incluso los franceses -los más estrictos con el sonido directo y la versión original- tienen en Elena et les hommes, de Renoir, uno de sus más claros ejemplos al poner voz francesa en los suecos labios de Ingrid Bergman, que no sabía decir je t'aime.

Los ejemplos son inagotables. Tan inagotables como mis fuerzas para defender esta causa, que de no salir victoriosa condenaría a las películas catalanas al ostracismo, al no poder contar con actores extranjeros.

Aún no he perdido la esperanza de dirigir a Angie Dickinson con la voz de Maria Lluïsa Solà.

Carlos Benpar es cineasta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de diciembre de 2007