Reportaje:EN LAS ENTRAÑAS DE LA GUERRA

Última baza en Irak

La Estación Mixta de Seguridad Thrasher, situada en el barrio de Ghazaliya, en la zona oeste de Bagdad, está alojada en una mansión de la época de Sadam con columnas de siete metros y una fuente, hoy seca, que parece una tarta de cemento y piedra caliza. Alrededor de la mansión y otras dos casas adyacentes se han levantado muros acorazados. La estación Thrasher se estableció el pasado mes de marzo y forma parte del refuerzo de tropas diseñado por el general David Petraeus, el jefe supremo estadounidense en Irak. La decisión de sacar a las unidades de las bases de gran tamaño para trasladarlas a las estaciones mixtas de seguridad -pequeños puestos de avanzada, en las zonas más peligrosas de Bagdad- es un elemento fundamental de la estrategia contra la insurgencia de Petraeus, y Thrasher alberga en la actualidad a 100 soldados estadounidenses y unos cuantos centenares de iraquíes.

En febrero se puso en marcha el refuerzo. El plan requería 30.000 soldados más, pero se calcula que son 50.000
El número de cadáveres abandonados en el barrio de bagdadí de Ghazaliya ha bajado prácticamente a cero
Con ayuda de EE UU, varios centenares de voluntarios armados empiezan a asumir funciones policiales
Según el Pentágono, en febrero murieron 2.000 civiles, y en octubre, menos de mil. También caen menos americanos
Jeque Zaidán: "Les hemos hecho arrastrarse [a los americanos] y ahora les ayudamos a levantarse
Coronel Burton: "Combatir a Al Qaeda es relativamente fácil. Contra el Ejército del Mahdi es más fácil"

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Este otoño, en la azotea de la mansión, entre sacos de arena, material de comunicaciones y aparatos de ejercicios protegidos por un toldo de francotirador, el capitán Jon Brooks, responsable de Thrasher, me señaló algunos de los puntos locales más importantes. "Se escogió este emplazamiento porque era el lugar de Ghazaliya en el que más cadáveres aparecían", explicó, mientras indicaba una extensión de hierba cercana. "Había hasta 11 cuerpos cada semana. La mayoría, brutalmente mutilados".

La mezquita de la Madre de Todas las Batallas, con su inconfundible falange de minaretes con forma de misiles Scud, está próxima. Sadam Husein se escondió en Ghazaliya durante los bombardeos estadounidenses en la primera guerra del Golfo y construyó la mezquita para mostrar su gratitud al barrio. ("En Ghazaliya había -y sigue habiendo- muchos militares retirados de la época de Sadam", dice Brooks). En abril de 2004, unos hombres armados y heridos que participaban en la batalla de Faluya se refugiaron en la mezquita. Ghazaliya limita con el borde oriental de la provincia de Anbar, el centro de la insurgencia suní, y era una puerta estratégica de entrada y salida en Bagdad para rebeldes y yihadistas extranjeros.

En una visita anterior a Ghazaliya, en diciembre de 2003, conocí a unos insurgentes en un piso franco del barrio. Me dijeron que su objetivo era matar estadounidenses. Desde entonces, con escasas excepciones, Ghazaliya había sido un área prohibida para los occidentales, incluidos los periodistas, que corrían el riesgo de ser secuestrados y asesinados. Las patrullas estadounidenses en la zona eran objeto habitual de emboscadas.

El capitán Brooks tiene 28 años, es de altura media y fornido, y lleva el pelo castaño cortado a cepillo. Desde el tejado, me indicaba el lugar en el que el sargento Robert Thrasher, en cuyo honor se dio nombre a la estación, murió asesinado por un francotirador el pasado mes de febrero. En aquel entonces, la compañía se encontraba estacionada en Camp Victory, la base estadounidense establecida a lo largo de una gran parte de Bagdad, incluido el aeropuerto. Thrasher tenía 23 años y había entrado en el ejército nada más salir del instituto.

Al principio, pese a la influencia de los insurgentes, Ghazaliya siguió siendo lo mismo que era desde hacía muchos años, un barrio de clase media de Bagdad en el que las tensiones sectarias estaban más o menos controladas. La gran mayoría de los aproximadamente 100.000 residentes estaba formada por suníes, pero, explica Brooks, "había muchos profesionales, suníes con educación universitaria, y también chiíes, y mezquitas para los dos grupos".

El barrio cambió a partir de febrero de 2006, cuando unos militantes suníes hicieron estallar una bomba en Samarra, en el santuario de Askariya, un monumento del siglo IX y uno de los lugares más sagrados para los chiíes; la violencia entre facciones se extendió a todo Irak. Las milicias chiíes, sobre todo el Ejército de Mahdi, penetraron aún más en Ghazaliya desde Shula, un barrio pobre chií que está justo al norte. La reacción de los suníes consistió en recurrir a los rebeldes más intransigentes y a los yihadistas extranjeros de Al Qaeda en Mesopotamia, lo que el Ejército de Estados Unidos llama Al Qaeda en Irak.

"Antes de Samarra había extremistas suníes en la zona. Sin embargo, después, empezó a predominar Al Qaeda en Irak", dice el capitán Brooks. "Tenían escuadrones de la muerte. Escogían sistemáticamente a personas en función de la situación de sus casas o sus relaciones. Les torturaban de forma brutal, les mataban y arrojaban sus cuerpos". Las familias chiíes y muchas suníes -las que tenían el dinero necesario- huyeron del barrio. A comienzos de este año, el sur de Ghazaliya estaba, en la práctica, bajo el control de Al Qaeda en Mesopotamia, mientras que la parte norte sufría el acoso de milicianos chiíes. "Veinte dólares y una tarjeta telefónica podían hacer que te colocaran un IED", cuenta el capitán Brooks; IED son las siglas en inglés de Dispositivos Explosivos Improvisados, los causantes de la mayoría de las muertes de soldados estadounidenses en Irak. "La gente se dio cuenta de que había abierto las puertas a algo que no podía controlar".

El presidente Bush, después de obtener la dimisión del secretario de Defensa Donald Rumsfeld en noviembre, dio a su nuevo equipo de guerra -el secretario de Defensa Robert Gates y el general Petraeus- la oportunidad de cambiar de estrategia en Irak, y en febrero se puso en marcha el refuerzo. El plan requería 30.000 soldados más; se calcula que, en realidad, esa cifra ha ascendido a unos 50.000. Se abrieron en Bagdad 34 estaciones mixtas de seguridad, tres de ellas en Ghazaliya: la primera, Casino, en el norte del barrio; la segunda, Thrasher, en el suroeste, y la última, Maverick, creada el pasado mes de mayo en el sureste.

Brooks me indica una gran casa con las ventanas rotas, enfrente de la base. Sus hombres la llaman la Casa de las Rondas de Botes de Metralla, porque, cuando estaban instalándose, les dispararon unos francotiradores desde su interior, y ellos respondieron arrojando unos cuantos proyectiles de carro de combate. "Ya no nos disparan", dice. Los hombres de Brooks empezaron a patrullar de forma intensiva por el día y a hacer incursiones agresivas de noche. William Bushnell, un sargento de su compañía, murió durante una de esas patrullas en el mes de abril. En épocas anteriores, su unidad regresaba a Camp Victory, con todas sus defensas, después de recorrer Ghazaliya.

Con el refuerzo, los norteamericanos se convirtieron en una presencia permanente en el barrio. Después de su instalación, el Ejército estadounidense construyó 30 kilómetros de muros de cemento en la zona, para separar a los residentes chiíes y suníes y para establecer perímetros seguros. Brooks explica que todo lo que ha logrado hacer su unidad ha sido gracias a sus colegas de la estación Casino, que consiguió mantener a los milicianos chiíes de Shulla apartados del barrio.

A mediados de verano, la violencia se había apaciguado bastante en Ghazaliya. Este otoño, cuando estaba de pie en el tejado de la estación Thrasher, de noche, podía ver alguna que otra explosión a lo lejos, bolas de fuego que iluminaban por un momento las calles. Pero, en general, las explosiones eran tan distantes que ni siquiera podía oírlas. El número de cadáveres abandonados en el barrio ha disminuido drásticamente, "prácticamente a cero, a los niveles anteriores a Samarra", dice Brooks. Su compañía no ha perdido a ningún hombre más. Cuando Petraeus habló ante el Congreso en septiembre, citó Ghazaliya como ejemplo de los avances que estaba haciendo el ejército en Irak.

La nueva estrategia pretende además preparar el terreno para que las fuerzas de seguridad iraquíes sustituyan a las norteamericanas, y en todas las Estaciones Mixtas de Seguridad, tal como sugiere el nombre, participan estadounidenses e iraquíes. No obstante, no todos los iraquíes pertenecen a las fuerzas oficiales y gubernamentales. Con la ayuda de Estados Unidos, varios centenares de voluntarios armados suníes están empezando a asumir funciones de policía, bajo el nombre de Guardianes de Ghazaliya. Este tipo de fuerzas suníes que cuentan con la aprobación estadounidense ha empezado a surgir en todas partes. Muchos de sus miembros, para desolación de algunos chiíes, son antiguos rebeldes. Un oficial de uno de los principales partidos políticos chiíes me decía: "Algunos de esos grupos armados eran, hasta ayer, fuerzas hostiles que atacaban al Gobierno iraquí, a las fuerzas de la Coalición y a cualquiera que tuviera algo que ver con el Gobierno. Se les consideraba terroristas. ¿Qué ha pasado?".

Es una pregunta que oigo muchas veces en Irak. El coronel J. B. Burton es un hombre grandullón y bienhumorado que está al mando de la Brigada Dagger del Primero de Infantería, encargada de cubrir la mayor parte del noroeste de Bagdad, con 14 estaciones de seguridad, entre ellas, las tres de Ghazaliya. "Lo primero que hicimos fue preguntarnos: ¿qué es lo que está facilitando la entrada de Al Qaeda en una zona habitada por árabes laicos moderados?", se interroga. La respuesta, dice, era el miedo a las milicias chiíes. "Creo que estamos en un momento en el que cada vez hay más posibilidades de traer a gente deseosa de trabajar para encontrar una solución. El secreto está en hablar con la gente. Qué demonios, no es tan distinto de Tullahoma, Tennessee, que es mi pueblo. Es cuestión de sentarse en el porche trasero a tomar té, oír a los grillos y hablar". Y prosigue: "¿Hablamos con personas que han disparado contra soldados estadounidenses? ¡Por supuesto que sí! Porque todos luchamos contra un enemigo común: Al Qaeda".

La misión de su brigada, dice Burton, es "derrotar a Al Qaeda y llevar a cabo la transición a las autoridades iraquíes, y ésa es una operación muy amplia, que incluye desde combatir el terrorismo hasta arreglar alcantarillas". Que se alcancen o no esos objetivos dependerá, en última instancia, de los avances políticos hacia la reconciliación nacional entre los iraquíes, asegura Burton. "Disponemos de una ventana muy estrecha y tenemos que tomar varias decisiones importantes. La dirección que emprenda Irak dependerá de lo que hagamos".

En Thrasher, el capitán Brooks me dice: "La palabra que está ahora de moda es sostenibilidad. Hemos aprendido de la experiencia; para tener un desarrollo sostenible necesitamos seguridad. Si conseguimos contar con una fuerza de seguridad local capaz de hacer el trabajo, podremos volver a casa".

Ghazaliya no es la única zona de Irak en la que ha cambiado el panorama. En mi visita anterior al país, hace 10 meses, la violencia parecía incontrolable: secuestros en masa y asesinatos que se producían a plena luz del día. Casi todos los iraquíes a los que conocí contaban, resentidos, que los estadounidenses y los líderes políticos iraquíes vivían a resguardo en la zona verde mientras el caos reinaba a su alrededor.

Según el Pentágono, en febrero, la guerra costó la vida a casi 2.000 civiles iraquíes; en octubre fueron menos de mil. Como ocurre con todas las estadísticas sobre el número de muertes en Irak, son cifras discutidas, pero nadie niega que la violencia ha amainado de forma considerable en el país. Las muertes de soldados estadounidenses también se han reducido enormemente, desde un máximo de 126 en mayo, con la intensificación del refuerzo, hasta 38 el mes pasado. Por ahora, al menos, parece que el refuerzo está sirviendo de algo.

En cierto sentido, el refuerzo ha consistido en una selección de emergencia hecha con retraso. Se han ocupado de algunos de los barrios suníes más peligrosos de Bagdad, como Ghazaliya y Amiriya, mientras que gran parte de la provincia de Diyala, que se extiende desde el noreste de Bagdad hasta la frontera con Irán, y Kirkuk, que ha pasado a ser un punto peligroso por las reivindicaciones kurdas sobre la ciudad y su petróleo, siguen siendo horribles campos de batalla. El 29 de octubre, el mismo día que se encontraron los cuerpos decapitados de 20 hombres en las afueras de Baquba, en Diyala, un terrorista suicida que iba en bicicleta mató a 29 policías en dicha ciudad.

Y no hay todavía ninguna presencia significativa de tropas estadounidenses en barriadas chiíes de Bagdad como Ciudad Sáder y Shula, controladas por milicianos chiíes. Muchos de ellos aseguran ser miembros del Ejército de Mahdi, dirigido por Múqtada al Sáder, que, con su política suicida y su empleo táctico de la violencia, ha mantenido constantemente desconcertados a los estrategas del Pentágono. En realidad, en buena medida, los analistas atribuyen la reciente disminución de las bajas civiles en Irak, más que al refuerzo, a la decisión que tomó Al Sáder en agosto de ordenar al Ejército de Mahdi -considerado responsable de gran parte de los asesinatos sectarios de suníes a manos de chiíes en Bagdad y sus alrededores- que congelara sus actividades durante seis meses. El propósito de Al Sáder era evitar que hubiera una escalada tras un tiroteo de dos días de duración entre Mahdi y otra milicia chií y reafirmar el control sobre sus hombres.

Además, el refuerzo coincidió con el llamado despertar suní, la decisión de varias tribus Anbar de aliarse con los estadounidenses y luchar contra Al Qaeda en Mesopotamia; un paso que el plan de Petraeus no había previsto. Desde entonces se les han unido suníes de otras áreas, aunque también hay muchos que no han querido; Al Qaeda en Mesopotamia sigue en activo, y todavía hay yihadistas extranjeros en el país.

El 13 de septiembre, Abu Risha, el dirigente tribal suní considerado catalizador de la alianza, y con el que el presidente George Bush se había entrevistado 10 días antes en Anbar, murió asesinado. Abu Risha era un personaje influyente y carismático, y, aunque su hermano se apresuró a ocupar su puesto, casi todos los iraquíes con los que he hablado creen que su muerte ha sido una grave pérdida y se preguntan cuánto sobrevivirá el hermano. No obstante, existe la esperanza de que sea posible acabar neutralizando a Al Qaeda y, de esa forma, se elimine, por lo menos, un aspecto pernicioso de esta guerra de tantas facetas.

El refuerzo, el despertar suní y la paralización de Al Sáder, combinados, han contribuido a estabilizar las zonas más problemáticas de la capital y Anbar; no está claro si será posible ampliar -ni siquiera mantener- esa ventaja con menos tropas, pero sí que el envío de más soldados, por sí solo, no va a servir para ganar la guerra. Y no está previsto enviar más tropas; al contrario, el presidente Bush ha prometido retirar, antes de julio, un número de soldados casi igual al empleado en el refuerzo. El futuro de Irak, por el momento, está en el aire. Lo mejor que se puede decir es, tal vez, que Estados Unidos ha comprado o ha tomado prestado cierto margen de maniobra. Pero eso ha tenido costes, algunos más visibles que otros.

Unos días antes de que el general Petraeus testificara ante el Congreso, me entrevisté con el jeque Zaidan al Awad, un destacado dirigente tribal suní de Anbar. La última vez que le había visto, en 2004, no hacía más que vociferar palabras hostiles contra Estados Unidos, y no ocultaba en absoluto su identificación con la "resistencia", como llamaba al núcleo duro de los rebeldes suníes. El jeque Zaidan era un fugitivo, al que los estadounidenses consideraban sospechoso de patrocinar la insurgencia, y vivía un exilio voluntario en Jordania. Sin embargo, cuando hablé con él de nuevo este otoño, en un apartamento de Ammán, Zaidan me dijo que se había reunido hacía poco, de manera informal, con militares y miembros de los servicios de inteligencia norteamericanos, porque aprobaba lo que están haciendo ahora: permitir que los miembros de las tribus suníes se encarguen de ser su propia policía.

Le pregunté qué tipo de acuerdo era el que había desembocado en el despertar suní. "No es un acuerdo", me contestó, irritado. "La gente se ha dado cuenta de que nuestra suerte está ligada a la de los americanos, y la suya, a la nuestra. Su éxito en Irak dependerá de Anbar. Siempre lo hemos dicho. Se ha perdido tiempo. Estados Unidos estaba perdido, pero por fin se ha despertado; ahora sabe lo que hace. Por primera vez, está haciendo lo que debe".

Zaidan dijo que las tribus suníes de Anbar ya no sienten la necesidad de vengarse con sangre de las fuerzas estadounidenses. "Ya nos hemos vengado", afirmó. "Somos nosotros quienes les hemos hecho arrastrarse y ahora somos los que les ayudamos a levantarse". Y añadió: "Cuando Anbar esté tranquilo, debemos hacernos con el control de Bagdad, y lo haremos". Tendrá que haber mucha más lucha antes de poder arrebatar la capital a los chiíes, dijo. "Los anbaríes se encargarán de la limpieza. Lo que el mundo entero no supo hacer en Anbar, nosotros lo hemos conseguido de la noche a la mañana. Bagdad será mucho más fácil".

Da la impresión de que muchos de los actores en Irak están, como Zaidan, tomando posiciones para la próxima batalla. Aunque los chiíes han lanzado advertencias sobre las intenciones de los suníes, los estadounidenses hablan, sobre todo, del Ejército de Mahdi y su presunto patrocinador, Irán, país al que Petraeus acusa de librar una "guerra por delegación" en Irak; también se hacen referencias despectivas a Al Qaeda como fuerza que ya está agotada.

Así habla el coronel Burton: "Combatir contra Al Qaeda es relativamente fácil. No hay más que luchar contra ellos, impedirles el acceso". El Ejército de Mahdi, dice, "es más difícil". Según todas las fuentes, el Ejército de Mahdi y otras milicias se han introducido en las fuerzas de seguridad iraquíes, y el partido de Al Sáder es socio ocasional en el Gobierno de coalición del primer ministro, Nuri al Maliki, de predominio chií. "Hemos empezado a investigar las fuerzas de seguridad iraquíes y a sus dirigentes, así como a miembros del Gobierno iraquí", explica Burton. (Un caso notable de participación oficial en los asesinatos entre facciones es el del ex viceministro de sanidad y el jefe de seguridad del ministerio. En febrero, estos dos hombres, que son chiíes y leales a Múqtada al Sáder, fueron detenidos por organizar el asesinato de cientos de suníes en los hospitales de Bagdad: pacientes, familiares y personal médico).

El coronel Burton, que se refiere al Ejército de Mahdi con las siglas de su nombre en árabe, Jaish al Mahdi, continúa: "Yo hablo con algunos de esos tipos de JAM. Tengo contacto por correo electrónico con algunos de ellos. Hace poco, un jeque de JAM en Jadamiya me dijo que, si dejaba en libertad a tres de sus hombres, no habría más agresiones contra soldados estadounidenses allí". Burton levanta las cejas.

El hecho de que las autoridades chiíes controlen numerosos servicios del Gobierno significa que hay una gran discriminación institucional contra las comunidades suníes. Por ejemplo, cuando estaba en Ghazaliya, los residentes se quejaban de que recibían la mitad de luz que una zona chií vecina. Los estadounidenses hacen mucho politiqueo para calmar la situación, pero no es fácil. "En el lado chií, hay un montón de dinero en circulación y los servicios esenciales funcionan muy bien", dice Burton. "En el lado suní, las cosas no van tan bien".

La nueva estrategia, como la mayoría de las estrategias anteriores empleadas en Irak, tiene el inconveniente de que son los estadounidenses los que la han impuesto. Muchos políticos chiíes del Gobierno iraquí están indignados por las decisiones norteamericanas de amurallar barrios de Bagdad y reclutar y armar, sin consultarles, a organizaciones de voluntarios suníes. Hay temores de que lo que está haciendo Estados Unidos sea armar una nueva serie de milicias que van a debilitar la autoridad del frágil Gobierno de coalición. Quizá ése era uno de los objetivos. Irak, con 170.000 soldados estadounidenses en su suelo, no es un país soberano, y Estados Unidos utiliza su poder militar para determinar el panorama político iraquí. Al reforzar a los suníes, Estados Unidos ha obligado al Gobierno de Maliki a incorporar a más suníes a las fuerzas de seguridad, un paso hacia la reconciliación nacional.

Los partidos políticos y las milicias chiíes están tan relacionados entre sí que no parece probable un equivalente al despertar suní; seguramente haría falta una escisión en la comunidad chií, una guerra civil dentro de la guerra civil. Irán también sería un factor importante. Dados los supuestos vínculos de Al Sáder con los partidarios de la línea dura en Irán, y dada la creciente hostilidad entre Irán y Estados Unidos, es prácticamente imposible prever los próximos pasos que vaya a dar el clérigo. Ya existe un conflicto encubierto entre iraníes y estadounidenses. Irán ha intervenido en Irak mediante la ayuda económica y militar a las milicias chiíes y, de forma más directa, con el envío de agentes y funcionarios. Los líderes chiíes de Irak tienen desde hace mucho tiempo estrechos lazos con Irán, país en el que vivieron exiliados en la época de Sadam, y tanto ellos como los kurdos han intentado, sin ningún éxito visible, que haya una mayor cooperación entre Irán y Estados Unidos en materia de seguridad en Irak. Mientras tanto, muchos suníes desconfían de cualquier trato con Irán y muestran su hostilidad sin reservas.

El jeque Zaidan ofrece su visión de una posible escalada del conflicto en Irak que beneficiaría a los suníes: "Creo que Estados Unidos podría iniciar una guerra civil entre chiíes en el sur, en el que los norteamericanos apoyarían a los chiíes árabes, las tribus, e Irán, a los chiíes persas". Dice que sería la oportunidad para los estadounidenses de "descabezar el Gobierno de Irán y sus milicias en Irak". Los suníes, sugiere, podrían contribuir a esta lucha.

La probabilidad de lo que apunta Zaidan depende, en gran medida, de cómo decidan abordar los iraníes, los estadounidenses y los chiíes de Irak la disputa que mantienen por la hegemonía. Los moderados quizá puedan hacer de intermediarios para lograr un acuerdo. Pero las opiniones de Zaidan las comparten muchos en la comunidad suní, donde las posiciones extremistas todavía tienen mucha fuerza.

En un control policial de Ghazaliya, hablo con un guardián de Ghazaliya, un suní de 26 años que se identifica como oficial Ahmed. Me dice que, en su opinión, una purga de chiíes para expulsarles del poder en Bagdad, tal como propone Zaidan, es una buena idea. Cuando le pregunto cómo es posible que su barrio haya pasado de ser un bastión de la insurgencia a ser un modelo de cooperación, su respuesta es vaga. "Cuando empezaron a actuar los Guardianes de Ghazaliya, los terroristas desaparecieron", afirma. "Ahora no sabemos dónde están". Cuenta que durante los combates estuvo en otro sitio, y cuando volvió ya había terminado todo.

La versión del pasado reciente que me da el joven guardián -que él se limitó a mantenerse a cubierto hasta que pasaran las cosas- me parece poco convincente. En la mayoría de las conversaciones que he tenido con los iraquíes que colaboran con los estadounidenses, me resulta imposible averiguar sus motivos. Los norteamericanos, sin duda por la acuciante necesidad de implantar una seguridad mayor, de poder retirar tropas, parecen demasiado dispuestos a creerse lo que les cuentan sus nuevos aliados. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 08 de diciembre de 2007.

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