Reportaje:CONVERSACIÓN

País de novela

Allá donde el día y la noche llegan siempre a la misma hora y las cuatro estaciones conviven a la vez, la paz no se amaña. Allá donde un dolor empuja al otro y sus gentes se empeñan en decir que es el mejor vividero del mundo, queda Colombia.

Ese país que no todos saben situar en el mapa pero que sí saben que existe porque ha sido pintado por el resto del mundo con frases hechas e hiperbólicas que lo sitúan un segundo en el paraíso y al siguiente en el infierno: lo muestran como el país donde se habla el mejor español y lo imaginan envuelto en el aroma del café más suave del mundo, pero también como la tierra de donde salen los mayores alijos de cocaína y que sirve de escondite a los narcotraficantes más buscados; la tierra del Nobel de Literatura más popular y global y que confunden con el territorio mítico de Macondo, pero también donde conviven la guerrilla más antigua del mundo y los paramilitares dueños de medio país, pero que aparcan odios a la hora de cuidar cultivos del narcotráfico; el único lugar donde la gente llena varios días un estadio para escuchar poesía, cualquier recinto donde hablen escritores y artistas, o desbordan durante una semana las calles con un festival de teatro. Fieles a uno de sus conjuros humorísticos: "El país se derrumba y nosotros de rumba".

William Ospina: "Es muy difícil escribir sobre el presente. Colombia siempre se demora en llegar al presente"
Jaramillo: "Creo que no hay que hablar de la poesía colombiana, se debe hablar de la poesía en castellano"
Darío Jaramillo: "Hay una circularidad del tiempo primitiva. Éste es un territorio que no se acaba de ocupar"
Bonnett: "La diáspora de escritores es muy interesante y con sus libros están mostrando nuevas sensibilidades"
Piedad Bonnett: "¡El vértigo! Los colombianos vivimos en el vértigo de que una cosa desplaza a la otra, y a la otra"
Darío Jaramillo: "El nuestro es un vértigo sin pasado. No tenemos a qué agarrarnos a la hora de la ventisca"

Una suerte de enigma en un tiempo circular.

Y en esa Colombia de brumosa realidad se abren paso las voces de tres de sus escritores más relevantes: William Ospina, Darío Jaramillo y Piedad Bonnett. Los tres son poetas y narradores con el país en la cabeza. Ahora están en la otoñal Bogotá, en el barrio colonial de La Candelaria, despidiendo el día y recibiendo la noche en el patio del complejo cultural conocido como La manzana cultural, mientras tratan de descifrar ese collar de alegrías y penas que se repite desde los mismos albores del país en tiempos de la Conquista y que ha rastreado con versos y prosas una sucesión de autores y obras que fueron pioneras en el nuevo mundo (El carnero), servido de guía para la novela en la recién estrenada Latinoamérica del XIX (Manuela), avanzado en el modernismo con la poesía de José Asunción Silva, dado dos de los hitos de la literatura latinoamericana (María, en lo romántico, y La vorágine, en el realismo), más el hito mundial de Cien años de soledad; mientras una generación de escritores repartidos por el mundo tratan de no dejarse intimidar por ese pasado, que aún es presente.

PREGUNTA. Si hoy se escribiera la gran novela de la Colombia del siglo XXI, ¿qué elementos debería tener esa obra para que un ciudadano de Pekín, por ejemplo, pudiera conocer y entender el país?

PIEDAD BONNETT. Tendría que tener básicamente un lenguaje de carácter universal. Con una idea muy particular que dé suficientemente cuenta de la complejidad de lo narrado. Simplemente. No creo que deba tratar de nada en especial. Una gran novela es siempre una novela extraordinariamente escrita y que de alguna manera aporta desde el lenguaje y la visión del mundo algo a lo ya escrito. Que fue lo que hizo García Márquez con Cien años de soledad. Entre otras cosas, tendría que ser muy distinta de esa obra porque el país ha cambiado mucho en 40 años; los lenguajes literarios han buscado otros caminos.

P. Temáticamente, siempre hay tópicos sobre países y Colombia no escapa a ello. Hay libros que reflejan la realidad violenta y de encrucijada del país. ¿Cómo ven esa presencia literaria?

WILLIAM OSPINA. Es muy difícil escribir sobre el presente. Una novela colombiana sobre el siglo XXI se escribirá por allá en el siglo XXIII. Colombia siempre se demora en llegar al presente. Ahora podemos escribir más o menos sobre el siglo XIX o XX. Pero, de todas maneras, como aquí las cosas se repiten tanto, tal vez no se note la diferencia si estamos hablando del pasado o del futuro. Los temas suelen ser repetitivos y recurrentes. Hay algunos temas de la violencia modernos que van a estar cada vez más presentes en nuestra realidad y en nuestra literatura y en el arte en general. Por ejemplo, el de los emigrantes, que es el tema de los cruces culturales y de tradiciones. Antes teníamos poca conciencia de ello, y, por supuesto, es un fenómeno que les está ocurriendo a muchos países. A unos porque se está yendo la gente y a otros porque les está llegando. Miro a Europa y veo que va a empezar a redefinirse a sí misma en la medida en que empiece a tener inmigrantes de todas partes.

DARÍO JARAMILLO. Aquí hay una circularidad en el tiempo muy curiosa, primitiva. Pero no es acertado pensar un país como objeto de una novela. Las novelas son historias particulares, y la realidad, no sólo la de aquí sino la de muchas partes, es como una cebolla, con capas.

P. ¿Por qué esa circularidad del tiempo?

W. O. El hecho de que la literatura sea repetitiva en su temática me parece que se debe a que la realidad también lo es. Ahora, por qué en Colombia se repiten ciertos hechos es algo que vale la pena interrogarse. Pero si algo ha tenido la literatura colombiana es que ha obedecido siempre a búsquedas personales de los escritores que no le han dado nunca la espalda a lo que está ocurriendo desde los tiempos de la Conquista. Siempre hubo una conexión muy grande entre lo que se hacía en la literatura y lo que estaba pasando en la Historia. La gran literatura de la violencia no es muy sobresaliente en su factura, pero sí con unas búsquedas que tenían que terminar en grandes obras, y me parece que con lo del narcotráfico se ha dado también. Es una realidad tan abrumadora, tan agobiante, tan omnipresente, que es imposible que los escritores no le hagan caso y no la traten; e incluso que a veces no se pierdan un poco en dar el testimonio de lo que está pasando. Pero todo eso sirve para que tarde o temprano de ellos emerja una gran obra literaria, una que reciba el tributo de toda esa experiencia y madure en algo más trascendente.

P. B. Vargas Llosa dijo una vez que los escritores somos los gallinazos que nos alimentamos de la carroña y, si eso es así, Colombia entonces es por excelencia carroñera. Lo que pasa es que si algo tiene Colombia son incertidumbres y preguntas sin responder. Y lo que un escritor siempre hace es no tratar de contestar o resolver cuestiones, como hacen los sociólogos o los historiadores, sino presentar el conflicto, tratar de desentrañar causas, sí, pero nunca resolver finalmente los problemas. Sobre todo en un país como éste donde hay una especie de cuestión recurrente en que volvemos una y otra vez a hundirnos en asuntos aterradores. Aquí se perdieron hace tiempo los límites entre una cosa y otra. No sabemos dónde empieza la delincuencia común, dónde la guerrilla se volvió delincuencia común.

W. O. Donde la decencia se volvió delincuencia común.

D. J. O la delincuencia se volvió decencia. Se me ocurren hipótesis en desorden. En una sociedad no normativa, no armónica y siendo circular, lo que significa es que no hay una memoria histórica, sino que siempre estamos tratando de volver a empezar. Éste es un territorio que no se ha acabado de ocupar... Un gran sancocho que apenas comienza a reunir todas sus partes y no tiene ni siquiera el primer hervor, mientras tanto ¡sálvense quien pueda! No hay una historia, hay una mitología de la cual nos agarramos cual clavo ardiendo. Entonces lo que queda es esperar a que se acabe de ocupar el territorio, porque incluso yo dudaría de que estuviese legítimamente ocupado. Todavía hay movimientos de población que se tienen que desplazar en busca de dónde quedarse. Todo está como en un primer día de la creación.

P. B. Hay otra cosa muy tremenda: ¡el vértigo! Los colombianos, sobre todo desde los años cincuenta, vivimos en el vértigo de que una cosa desplaza a la otra, y a la otra. Entonces el tiempo para la reflexión del ciudadano común, incluso del periodista, es muy complicado. Aquí un escritor está acosado de preguntas, de hechos. Nadie tiene aquí más materia prima que los escritores, pero ¿cómo agarrar esa materia prima y cómo darle una forma que comunique sentido? Hay gente como William que tiene una ambición macrocósmica y otros microcósmica porque es la única manera en que sienten que se pueden mover en ese universo. O la ironía, el humor, el desdén. Hay tantas maneras de abordar esa realidad que nos desborda.

W. O. El vértigo es el signo de la ética en todas partes y cada país vive el vértigo a su modo. Pero aquí se siente de un modo particularmente vertiginoso por el hecho de que no llegamos a construir una gran tradición antes de que comenzara el vértigo. Pero similares descomposiciones de toda índole se viven en el mundo y la literatura las refleja. Uno ve, por ejemplo, que se pueden establecer paralelos entre una literatura como la de Michel Houellebecq y la de Fernando Vallejo con respecto al nihilismo, a la inversión de muchos valores; pero, claro, cada uno está luchando contra sus propios fantasmas y demonios. Y sí, América, Colombia particularmente, está incorporada a la modernidad hace sólo cinco siglos y ha corrido a unas velocidades a las que no ha tenido que hacerlo Europa.

P. América juega con desventaja.

W. O. Y a veces con ventaja, en la medida en que esa intensidad de la vida nos enseña a aprender de un modo abreviado y acelerado muchas cosas. Para nosotros ha sido afortunado el haber alcanzado a ver en nuestra infancia la cola de los dragones de la Edad Media, y estar viendo en otro extremo las fauces de los dragones del Apocalipsis porque nos permite contrastar mejor lo sucedido. Nosotros sí sabemos qué significa estar destruyendo la naturaleza, porque hasta hace poco estaba intacta. Estamos en condiciones de ver, como buenos orilleros, muchas cosas que no se ven desde el centro de la civilización.

D. J. Una nota distintiva es que el nuestro es un vértigo sin pasado. No tenemos a qué agarrarnos a la hora de la ventisca.

P. B. Y como no sabemos a qué hora construimos de verdad una memoria sólida de las cosas tenemos la misma memoria reiterada. Es lo maravilloso que encontró García Márquez. Miramos hacia atrás y todo es idéntico con una lista innumerable de caídos.

W. O. Es que tratamos de conquistar lo que los otros ya están perdiendo.

D. J. Es un territorio ocupándose.

A la vez que se expanden por fuera tópicos y preguntas de una Colombia a la que a todos les da miedo ir pero los que logran visitarla, aparte de que tienen encargos de alguna chispita de esmeralda, luego quieren quedarse o volver; sin importar que un día fuerzas agazapadas acabaron prácticamente con un partido político o han matado a más candidatos a la presidencia que en ningún otro país; donde el calendario no alcanza para tantas fiestas, festivales y reinados que celebran recursos naturales, santos o diablos, mientras sus valles y montañas viven la mayor tragedia de desplazados de Occidente por culpa del Estado y el no Estado; un país que tuvo una selección mundial de fútbol por la que aún preguntan en medio mundo a la vez que protestan por esa orfandad de juego bonito y alegre en que dejó el fútbol reciente. Y donde nunca falta la música y hasta un conflicto se resuelve bailando y cantando "porque hay que cantar al sufrimiento / cuando el amor sufrir no deja". Tragedias que los colombianos buscan exorcizar con alegría, como lo refleja entre acordeones la letra de un vallenato, uno de sus géneros musicales más autóctonos: "Como Dios en la tierra no tiene amigos / como no tiene amigos anda en el aire / tanto le pido y le pido, ¡ay, hombre! Siempre me manda mis males".

P. Después de esta inmersión en la realidad del país, y volviendo a los niveles de la literatura como una cebolla, de la que hablaba Jaramillo, ¿qué realidades se están reflejando en la literatura contemporánea colombiana?

P. B. Como un escritor lo que realmente oye es la voz de su propio imperativo personal, entonces en un país donde la literatura está viva tiene que haber registros muy variados. Nosotros podemos constatarlo. Tenemos gente muy interesada en el tema histórico que se remonta como hace William a los orígenes, o Juan Gabriel Vásquez en Historia secreta de Costaguana, con la cuestión de Panamá, y hay otros como Burgos Cantor que acaba de escribir sobre la esclavitud.

D. J. Yo mencionaría otras dos novelas: Tanta sangre vista, de Rafael Baena, que es una novela excepcional sobre la problemática presente, y Donde no te conozcan, de Enrique Serrano, sobre los orígenes judíos en estos lados.

P. B. Hay una manera de aludir a lo propio de manera aparentemente remota. A su manera cada autor puede hablar de cosas contemporáneas que nos atañen a todos. Hay gente que está muy metida con el tema sicarial o la novela negra; mientras hay otra que habla de historias muy íntimas. Un escritor como Julio Paredes que en su última novela habla de la vida de un hombre que vivió mucho tiempo en el exterior y que llega derrotado, desencantado y desubicado y afronta un desasosiego existencial. Es el problema de las metas, los sueños, la juventud. Hay visiones optimistas como la de Laura Restrepo y William. Son de esas personas que apuestan por una salida que termine de salvarnos de la catástrofe. Hay otros cínicos como Fernando Vallejo, digamos que su postura ética o moral, que la tiene en profundidad, adopta un tono muy distinto, una aparente frialdad ante un montón de cosas, pero eso es sólo en apariencia. Hay mucha gente joven que está trabajando en esas historias particulares muy influidos por la música, el cine o que hacen una literatura muy comercial para un gran público.

P. Como en todas partes. No es un hecho excepcional.

P. B. Y motivados por muchas cosas externas y con presión de las editoriales.

D. J. O internas. Si una persona toma la decisión de "yo quiero ser escritor profesional", pues eso es entrar en el mercado antes que en un oficio o en una idea idealista de la literatura. Entonces las leyes son las del mercado.

P. Se desdibuja la intención creadora.

D. J. ¡Cambia! Creo que también es honesto. No podemos ser maniqueos en el sentido de que nosotros somos puros porque escribimos versos y estos muchachos jóvenes están pensando en el anticipo y la traducción. Simplemente es que yo vivo de ser empleado, esta señora vive de ser profesora y ellos quieren vivir de ser escritores.

W. O. Son dos campos que cada vez hay que mirar más independientemente: la literatura y el mercado. A veces coinciden, pero es posible que vayan por lados distintos. Sería un error pensar que hay que exigirle a los libros para ser válidos en términos literarios tener éxito comercial, porque eso sí sería perder completamente el sentido de la realidad y de la profundidad de las cosas. Esta época tiende a crear esa ilusión: si un escritor no se vende mucho entonces no es bueno.

D. J. También puede ocurrir lo contrario.

P. En los últimos años se tiende a pensar que el escritor debe estar comprometido con el entorno y plasmarlo en sus obras. ¿Cómo se vive esto en Colombia?

P. B. Son posturas anacrónicas. En el encuentro de Bogotá 39, el pasado agosto, se vio que la gente se siente comprometida con sus propias necesidades. Como siempre han sido los buenos escritores. Es posible que haya prejuicios que funcionen colectivamente y que la prensa de alguna manera se encarga de hacer cuajar con: "Lo importante ahora sería hablar de...".

P. Y que se convierten en moda.

P. B. En realidades muy inmediatas, y ahí es donde a veces pienso que el periodismo unido con la literatura da malos resultados. Un periodista que haga muy buenas crónicas es algo admirable que un país necesita. Pero, a veces, el periodista capta el tema que está en el aire y hace literatura un poco a la rápida, sin conciencia de lo que es el fenómeno literario. Sin embargo, son libros que se venden mucho. Me preocupa la confusión entre la buena y la mala literatura que propicia mucho la prensa.

P. ¿Y de qué se están nutriendo más los escritores colombianos ahora?

W. O. El presente de la literatura colombiana se caracteriza por la gran cantidad de búsquedas. Nadie se siente sujeto a un solo precepto o a una sola doctrina, sino que cada quien desde su percepción de la realidad, y de sus propias necesidades, trata de crear una literatura con mucha libertad. Tenemos suficiente acceso a la información literaria del pasado y del presente, no somos un país en absoluto aislado. En Colombia se lee lo que se está leyendo en el mundo y lo que se va a producir. La curiosidad es otra gran característica, con gente ávida de experiencias, de conocimiento, de relaciones y de aventuras originales que empiezan a notarse en la literatura.

P. Aunque hay variedad de temas no se ve mucha experimentación.

P. B. El experimentalismo a ultranza que se dio hace un tiempo no es propio de estas tierras. Estamos de regreso de lo que hicieron los del boom, que fueron quienes buscaron los recursos formales, extravagantes, que hacían a las novelas impenetrables. Me di cuenta leyendo a los escritores seleccionados para Bogotá 39. Por supuesto, ciertas formas experimentales que uno ve en Piglia o en Vila-Matas, o cosas así, no se ven aquí de manera clara. Pero también es muy difícil en la inmediatez medir eso. Lo que yo digo de la inserción o de la influencia de los medios, del cine y de la música; eso sí está influyendo en los lenguajes de la literatura más joven. También la exploración de los bajos mundos, pero eso ha existido toda la vida. Un escritor es siempre una persona con una inmensa conciencia del lenguaje y de los recursos estilísticos que está manejando; si no es así no es un escritor. Y primero que todo tiene que ser un gran lector. Y él es producto de todo eso y de tratar de innovar. Hay gente a la que no le interesa innovar, y eso es respetable.

D. J. Sin vanguardias.

W. O. A mí me gusta que haya sido así. Digamos que hubo cierta superstición en América Latina con respecto a las vanguardias. Aquí buena parte de los vanguardismos eran bastantes imitativos, o era una tradición de América Latina imitar a Europa. El modernismo había sido nuestra normalización literaria, acabábamos de adquirir esa normalidad, esa tradición. Y no estábamos en una necesidad imperiosa de lanzarnos al vértigo del sinsentido buscando huir de nada. En Colombia hubo mucho respeto por la tradición. Los poetas colombianos posteriores al modernismo estuvieron continuamente en diálogo con la tradición, eso era una necesidad también de nuestra sociedad, y tuvieron siempre un gran apego al sentido. Nadie, por muy experimental que fuera, renunció al sentido, ni León de Greiff, ni Aurelio Arturo. Y, sin embargo, no podemos decir que no fuera una literatura contemporánea. Barba Jacob era más latinoamericano que colombiano. Seguimos nuestro propio camino, y no me parece que haya sido un camino equivocado. Colombia ha producido una literatura muy rica, y el que las grandes novelas colombianas hayan sido las grandes novelas de la historia de América Latina: el hito del romanticismo (María), el hito del realismo (La vorágine), el hito de la segunda mitad del siglo XX (Cien años de soledad), muestra cierta normalidad en nuestra literatura. Las vanguardias fueron quizá una necesidad donde se dieron pero aquí no.

P. Y en un país de gran tradición de poetas, ¿qué hay de nuevo?

D. J. Creo que no hay que hablar de la poesía colombiana, se debe hablar de la poesía en castellano. Hay que hablar de la perspectiva del idioma, mirar el universo de la poesía, que vive un buen momento.

P. B. Sí, hay una tradición total en América Latina.

D. J. Que se aprovecha de la tradición española. El pasado tuyo es Jorge Manrique, entonces ahí hay una continuidad, la que da el idioma.

P. B. La tradición es muy fuerte. Hay nombres muy importantes y países con poesía vigorosísima. En Colombia hay poetas excelentes, gente joven haciendo muy buena poesía y voces muy diversas. No hay alinderamientos, ni tendencias. Eso ya definitivamente está muerto.

D. J. Hay voces individuales. Estamos en átomos volando...

P. ¿Por qué Darío Jaramillo insiste en la poesía castellana y no sólo de colombianos?

D. J. Porque uno siente como su hermano de sangre, y voy a decir nombres al azar: a Eugenio Montejo, José Emilio Pacheco, Luis García Montero... Estoy diciendo tres países. Es todo lo mismo. Además, uno va descubriendo primero que los ve nombrando cosas de uno que uno quisiera haber podido nombrar también, pero ya lo hicieron magistralmente; y segundo, uno ve un idioma que se hermana a través de la poesía más que a través del lenguaje cotidiano; a lo mejor siempre ha sido así, una lengua culta que se va quedando autónoma. Es maravilloso que exista ese internacionalismo de la poesía.

P. B. También es porque hay más canales. ¡Por fin! A pesar de que la poesía se sigue publicando tan poquito con libros que no salen de sus países. Sin embargo, hay una especie de hermandad que ha propiciado el encuentro de los poetas a lo largo del continente y con España.

P. ¿Cómo ven a los nuevos escritores?

P. B. La diáspora es muy interesante. Hay cantidad de gente que está fuera escribiendo muy bien. Eso está cambiando en silencio las sensibilidades y las formas de abordar la literatura, porque cuentan otros descensos a los infiernos, y dramas conmovedores.

W. O. Ahora que hablas de caídas, acabo de leer uno de los mejores cuentos en mi vida. Es 'Verdor', de un autor colombiano, Tomás González, del libro El rey del Honka Monka. Es un cuento escrito con mucha lucidez y vértigo. Terrible y sublime a la vez, sobre la vida de un hombre que ha perdido a alguien y la manera como va descendiendo. Es un amor perdido el que produce todo esto. No es sólo nihilismo, es dolor.

P. ¿Cuál es el estado de salud del humor literariamente?

W. O. El más divertido de los escritores colombianos es Fernando Vallejo.

D. J. Tiene mucho morbo.

W. O. No diría un humorista porque parecería estar renunciado el alcance de su literatura, pero me parece que tiene humor.

P. B. En la poesía hay cierto humor.

W. O. Hubo quizá mucho, desde Silva. Los poetas siempre nos dejaban una imagen melancólica y un montón de anécdotas divertidísimas. Para que haya humor se necesita tener una preocupación muy profunda por el sentido. Donde no hay sentido no hay humor. Hay un costado de la poesía moderna en la que se tiende a perder el sentido y el humor no es fácil de encontrar.

D. J. Hay una tendencia del humor del humorista, de quien escribe para hacer reír, que es un trabajo dificilísimo. Un tipo como Daniel Samper lo ha logrado excelentemente. Él es un periodista, tal vez no sea un clásico de la literatura pero sus libros sobre historia de Colombia son divertidos.

W. O. ¿No les parece que en otra época los políticos hacían reír, pero ya no?

P. Ahora uno no sabe si reír o llorar.

D. J. Eso depende del llanto...

Todo eso sucede allá, en tierras colombianas en cuya literatura suele rondar la tragedia, al estar siempre muy conectada con la realidad, la denuncia social y los abusos. En contrapartida, sus 42 millones de habitantes procuran enfrentar con humor su vorágine de tiempo, felicidad y penas. Es lo que les permite contar en plan mamagallístico que cuando san Pedro vio que durante la creación Dios ponía con mimo tanta belleza y recursos naturales en esa esquina norte de Suramérica, no se mordió la lengua y le preguntó el porqué de ese favoritismo, a lo que Dios respondió: "¡Aaahhh!, pero no vea la clase de gente que voy a poner allí".

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