Columna
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Vivindo como galegos

Uno se preguntaba hace unas semanas "¿Quiénes somos?" en este mismo lugar. Pero parece que nos lo estamos preguntando todos. Y ahí está para respondernos ese vídeo clip, un anuncio publicitario de una cadena de supermercados que nos llama a que "vivamos como galegos". Es un anuncio de televisión, así que no sabemos cuántos espectadores lo habrán visto en la TVG, pero sólo en la Red, en el plazo de un mes, unas 300.000 personas lo han bajado. Eso quiere decir que se lo han quedado para volverlo a ver y compartirlo con otras personas.

¿Qué tiene de especial? Quizá el tono, un tono vital. Pues el retrato que hace de nosotros no parece esencialmente novedoso, incluso es un poco tópico. Ofrece una imagen de país tranquilo frente a la vida frenética de las ciudades grandes, un país que sabe comer y beber, divertirse y de personas con gracia. Es un retrato positivo pero no empalagoso pues está contado con esa ironía que es parte del retrato de los gallegos, pero sobre todo, siendo irónico, es alegre, incluso entusiasta. Totalmente distinto de los tintes dramáticos con que otras veces nos hemos o nos han retratado. Es una llamada a la autoestima y al orgullo colectivo.

La lengua gallega articula y unifica todo lo que se cuenta, y le da legitimidad

La publicidad es adelantarse y ofrecer, convencer, seducir. Luego, la gente comprará o no ese producto. No sabemos si ya hay aglomeraciones de clientes en la cadena de supermercados que se anuncia, pero por lo pronto, de lo que sí hay demanda es del anuncio mismo. La gente lo quiere, lo busca y luego se transforma ella misma en publicista: lo divulga. Así pues, no sabemos si es un éxito como reclamo comercial, pero seguro que es un éxito de comunicación absoluto.

¿A qué se debe ese éxito? No hay duda de que responde a una ansiosa búsqueda de identidad. Son muchas las personas que han bajado el anuncio de la Red, más del 10% del censo del país, o sea que la gran mayoría o todos los internautas. Estamos hablando de la gente más joven, más informada, más activa intelectualmente y, quizá, profesionalmente.

A la parte más viva de nuestra sociedad no le sirven los lenguajes anteriores, desesperanzados. Las personas más jóvenes se siente vigorosas, con esperanza y buscan, celebran y difunden una imagen entusiasta de sí mismas y por extensión de toda Galicia. ¡Ah!, y lo hace en la lengua del país. Este éxito publicitario es posible porque la lengua gallega articula y unifica todo lo que se cuenta, y le da legitimidad. Va contra el paletismo provinciano que cree que el mejor camino para Galicia es dejar de ser gallega de una vez.

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Desde luego que el anuncio es más un canto al país y a nosotros mismos que una visión realista de nuestra realidad, que es bien más compleja. Galicia es hoy una sociedad desvertebrada territorial y nacionalmente, un cuerpo social muy diverso, y como sujetos somos personas bastante quebradas interiormente. Porque en nuestra realidad están también esos rapaces que golpean y humillan a un compañero y graban la paliza para colgarla en la Red, degradándose así ellos. Es cierto que cosas así pasan en todas partes, pero también es verdad que indica que pueblos y lugares de nuestras rías son el equivalente de los barrios conflictivos de esas otras grandes ciudades.

Esos rapaces también "viven como galegos". Igualmente forman parte de nuestra realidad esos canallas que hacen carreras en coches de lujo por nuestras carreteras; hay imbéciles que aspiran a criminales que también "viven como galegos". Son gente nuestra, parte de nosotros. Estamos muy lejos de ser un país que se deba ver a sí mismo en el anuncio del turrón "vuelve a casa, vuelve". Ni siquiera las imágenes pastoriles y bucólicas son ya nuestro rostro, aunque ojalá sean efectivas las políticas, como el Banco de Terras, que pretenden reactivar nuestro campo. Ojalá que la agricultura, que resistió encajando golpes, recobre el vigor, el prestigio que merece y necesita. Pero el campesinado no es ya nuestra estampa, que es inevitablemente urbana. Con lo que eso significa de haber dejado atrás el atraso y con sus naturales servidumbres.

Pero lo que importa es que hay optimismo, que la sacudida del Prestige desencadenó una reacción de vitalidad y, contra lo que nos hemos acostumbrado a creer, que éste es un país joven. Hasta batimos marcas en publicidad.

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