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Reportaje:

Cambiemos el rumbo del mundo

El azote del VIH-sida, la peste de los pobres, que diezma los países más frágiles. La absurda e inmensa geografía del hambre. Las nuevas formas de esclavitud, que afectan sobre todo a las mujeres y los niños, como un sarcasmo a la hora del naufragio. Los fanatismos que azuzan las guerras y extienden el clima de miedo. El calentamiento global del planeta, que incrementa la llamada cultura del desastre, con el anunciado deshielo en el Ártico. El esquilme de los recursos en los mares y las grandes florestas. Las aglomeraciones de población en infraurbes, sin servicios ni ley... La entrada en el siglo XXI, pese a las expectativas de la revolución tecnológica y de los descubrimientos biomédicos, con su cariz de tiempo mágico, no ha sido precisamente muy amable para una gran parte de la humanidad.

"¡Están locos! Saben que van a morir y son optimistas", gritaba por la calle un viejo poeta admirado, Antón Tovar. Militaba en el pesimismo de la inteligencia. Así las cosas, el optimismo sólo podía ser un malentendido con la vida. Como en la paradoja de Samuel Beckett, quizá había llegado al verdadero comienzo: "el callejón sin salida". Allí "hay que decir palabras mientras las haya". En esos callejones sin salida es donde los grafiteros practican su artinvención (el arte comprometido de la era virtual). Mi última anotación de graffiti anónimo en un callejón sin salida: "¿Hay vida antes de la muerte?".

El catálogo contemporáneo de horrores puede ser interminable y, sobre todo, paralizante. Hay un síndrome del que se habla poco y que asola los países ricos y las sociedades avanzadas. El síndrome de Burn-Out. Equivale a lo que popularmente llamamos en España quemarse. Estar quemado. El Burn-Out es conocido como el infarto del alma. Un sentimiento de vacío interior. Hay un síntoma que lo dice todo: En principio, este síndrome afecta más a ejecutivos y profesionales con especial responsabilidad. Gente que, por utilizar una expresión de Zygmunt Bauman, tiene que correr sobre hielo delgado. Si algo determina nuestro tiempo, es eso, la velocidad. No es nada que las competiciones de fórmula I vayan desplazando en el interés del público joven a los deportes más pedestres. Para definir el actual sistema económico, Richard Sennett habla de la "corrosión del carácter" y del "capitalismo impaciente". Pero la sensación de tener que patinar rápido sobre hielo delgado, ante el peligro de hundirse, no parece ser una angustia exclusiva de las élites chamuscadas por el Burn-Out, sino una imagen metafórica del mundo globalizado. La angustia del vacío. Vacío, depredación, de la naturaleza. Vacío de los cuerpos. Vacío de valores.

La realidad es una productora de Burn-Out. De infartos del alma. Es difícil que las endorfinas, las hormonas de la felicidad, trabajen a gusto sin preguntarse sobre el dolor ajeno. Mal tiempo para las endorfinas en el "clima de miedo" (Wole Soyinka, premio Nobel de Literatura) o en "la dictadura del shock" (Naomi Klein, la autora del célebre No-logo).

¿Qué hacer para proteger las hormonas de la felicidad? Una de las celebridades de la medicina naturalista en Norteamérica, Andrew Weil, profesor de Arizona y autor del libro Curación espontánea, recomienda vivamente a sus pacientes que no se interesen por estar informados. Frente al axioma periodístico de que las malas noticias son grandes noticias, Weil propone una alternativa radical: la desconexión. Se supone que habrá alguna excepción, por ejemplo, en caso de que un tornado se acerque a los desconectados.

"El saber callado me parece peligroso", advertía Elías Canetti.

Una cosa es estar enganchado al mundo virtual, del que ya Paul Virilio dijo con razón que era el peor de los mundos posibles, y otra muy diferente, desconectarse de la información. Martina Casado, en Integral, proponía un interesante "plan para volver a conectarse con la vida", con estas premisas: casi nada es tan urgente, establecer un horario de conexión controlada, reservar un tiempo cada día para meditar (conectar con uno mismo), conectar con la naturaleza, conectar con el cuerpo, conectar con los demás.

A su pesar, Aung San Suu Kyi, la resistente birmana Nobel de la Paz, lleva varios años en un régimen de aislamiento. Presa por la dictadura. Pero ha procurado no desconectar. No situarse al margen de la suerte de su pueblo. Es curioso lo que ocurre con las hormonas de la felicidad. En su Carta birmana, desde la prisión, Suu Kyi echa una mano a los veloces patinadores sobre el hielo delgado y candidatos al Burn-Out. "Te atacarán e injuriarán por hacer una política honesta, pero has de ser tenaz: deja de invertir en dukkha (sufrimiento) y ganarás en sukkha (bendición)".

Si se sabe distinguir entre suerte y fatalidad, el campo de posibilidades es inmenso. En todos los órdenes de la vida. En este periodo marcado por el discurso del miedo, el shock y la fatalidad. En este desorden internacional donde se presenta como inevitable la guerra de civilizaciones y se satiriza una alianza de civilizaciones o diálogo por la modernidad. En este tiempo de masivas bajas por Burn-Out y carreras alocadas sobre el hielo delgado. En este nuevo malestar de la cultura, lo asombroso no es que cotice la decepción, sino que, como quería Martin Luther King, la esperanza parezca tan infinita. La esperanza quiere estar conectada. Sabe que ésa es parte de su fuerza. La premisa era: "Pensar globalmente y actuar en lo local". Pero también vale al revés. Y cada vez toma más fuerza el primer ámbito de actuación. La responsabilidad personal. En lo que uno hace, en lo que uno consume, en lo que uno aprovecha. Cómo se alimenta, cómo habita, cómo se desplaza. Cómo se lleva consigo mismo y con los demás. Es el primer círculo y más determinante de lo que parece. La heroína birmana habla de una "política honesta". ¿Cuánta honestidad invertimos? Lester R. Brown, en Salvar el planeta (Plan B: ecología para un mundo en peligro), plantea la imperiosa necesidad de otra forma de contabilidad. Habla de un "mercado honesto", lo que no es una alucinación, sino una de las pocas salidas al callejón sin salida. Hay grandes prosperidades sustentadas sobre formas de esclavitud y los desastres ecológicos. La "política honesta", el "mercado honesto" no son meras ilusiones. Oystein Dahle, ex presidente de Exxon para Noruega y el mar del Norte, declaró: "El socialismo fracasó porque no permitió que el mercado reflejara la realidad económica. El capitalismo puede fracasar porque no permite que el mercado refleje la realidad ecológica". En lugares concretos, con gente muy concreta, y en muchos sitios con voluntad de interconectarse, se multiplican iniciativas. Permitan un ejemplo. Un pequeño Ayuntamiento, el de Alcaraz, con 1.700 habitantes, se ha comprometido a plantar un árbol por cada vecino. Si en todos los municipios españoles se hiciera lo mismo, estaríamos hablando de más de 40 millones de árboles en un año. Bioconstrucción, energías renovables, aprovechamiento del agua, agricultura biológica, alimentación no tóxica, anticonsumo, bienestar mental, gozo artístico, placer sexual, apoyo mutuo, tolerancia... Un nuevo sentido común que apuesta por cambiar la vida. Y la mirada. Una mirada fértil para mantener a raya el inequívoco olor a alma chamuscada del síndrome del Burn-Out.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de octubre de 2007