Reportaje:

Soñadores al volante

El número de inmigrantes que trabajan como taxistas en Barcelona ha aumentado el 4,5% desde el año 2000

La figura del inmigrante recién llegado a la ciudad que se convierte en guía de vecinos y turistas a bordo de un taxi remite, en el imaginario colectivo, a lugares como Londres o Nueva York. En Barcelona, sin embargo, esta imagen empieza a ser habitual: desde el año 2000, el número de taxistas nacidos en el extranjero ha crecido un 4,5%, según datos del Instituto Metropolitano del Taxi (IMT). Los inmigrantes, cada vez más, sueñan con el volante.

Ghulam Hussain es paquistaní, tiene 37 años y hace siete que vive en Barcelona. Desde entonces ha sido butanero, camionero, obrero de la construcción y repartidor de pizzas y de publicidad... Ahora quiere ser taxista. "Es una profesión muy respetable, con muchas ventajas y pocos inconvenientes, y donde te puedes divertir mucho y ganar bastante dinero", dice.

Pero acceder a la profesión no es sencillo: primero, es necesario poseer el carnet de conducir BTP, para vehículos especiales. Además, para obtener la credencial que permite trabajar de taxista hay que aprobar varios exámenes teóricos, en los que hay que demostrar, entre otras cosas, el conocimiento del idioma, de las normas de tráfico y del callejero de la ciudad. Para superar estas pruebas, Ghulam estudia en una escuela para taxistas. Su caso no es especial: en el centro donde se prepara -Geinta-, el 39% de los alumnos son extranjeros.

"Ser taxista era mi ilusión"

Miriam Laura Díaz tiene 52 años y es argentina. En su país, tenía un negocio propio y vivía en la casa de sus sueños en el pueblo donde nació, cerca de Rosario: "Era un lugar muy hermoso", cuenta con una sonrisa en la boca: "Tenía 2.481 metros cuadrados, con mucho parque, árboles, pájaros, tranquilidad". La crisis económica se lo llevó todo y hace cinco años emigró a Barcelona y empezó a trabajar en una panadería. Ahora vive en un piso donde tiene que alquilar dos habitaciones para poder pagarlo. Pero se muestra satisfecha. Está a punto de cumplir su primer año en un taxi y ha hecho realidad otro de sus sueños: "Ser taxista era mi ilusión y mi meta desde que llegué a España", dice.

Pero el sueño de estos inmigrantes no se limita a obtener la credencial y conducir un vehículo: su gran objetivo es comprar una licencia que les permita establecerse como autónomos. Para la mayoría, es un ideal inalcanzable. Una licencia cuesta entre 150.000 y 200.000 euros, y los bancos exigen como aval algo que también es muy difícil de conseguir: una propiedad inmobiliaria. "Al ser de fuera, es más complicado comprar una licencia porque no tienes una madre o un hermano que tenga un piso aquí y te avale", explica Miriam. "La licencia es mi obsesión y mi drama. Estuve a punto de caer en una depresión porque trabajaba y trabajaba para juntar dinero sin conseguir bastante", cuenta. Por el momento, Miriam paga cada mes una tarifa fija a un autónomo para poder utilizar el taxi. A cambio, dispone del taxi las 24 horas del día. "Ahora hay unos 1.300 asalariados, a sueldo generalmente de alguna empresa. Nunca había habido tantos", afirman en el sindicato de taxistas, STAC. Al menos un tercio de los asalariados son inmigrantes.

La otra cara de la moneda la representa Walid Housso, un palestino de 54 años que vive en Barcelona desde hace 32. Su caso es excepcional: Walid es taxista desde hace siete años, posee dos licencias y tiene tres trabajadores a su cargo: un colombiano, un marroquí y un español. "Yo tuve mucha suerte, porque estoy casado con una mujer española, tenía un trabajo, un piso propio. Y así pude comprarme la licencia", explica. Walid habla cinco idiomas y ha estudiado Medicina, Informática y Farmacia, pero "por circunstancias de la vida", como él dice, no pudo terminar ninguna de las tres. Lo prefiere así: "Siempre he sido un poco rebelde, y prefiero este tipo de trabajo, que es más libre", asegura. Curiosamente, al igual que Miriam, Walid también fue panadero antes que taxista: "Yo fui el primero que abrió una panadería los domingos por la mañana en Barcelona", afirma.

Dinero y vida social

Todos ellos coinciden en que como taxista se gana bastante dinero, pero se trabaja demasiado. Así lo cree también Aroun Abderrahim, un argelino de 36 años que lleva cinco meses como taxista asalariado. "Trabajando nueve o diez horas al día puedes ganar entre 1.400 y 1.800 euros al mes. Un poco más si trabajas de noche", dice. Como el resto, está contento con su trabajo: "Es una ocasión de dar vueltas por la ciudad y conocer gente".

El trato con los clientes es, para ellos, el otro punto positivo del taxi: "Si te gusta el contacto con la gente, es un trabajo maravilloso", dice Walid. "Aunque es cuestión de adaptarse y endurecerse", matiza. "Vas aprendiendo poco a poco", dice Miriam. "Hace poco llevé a una señora muy anciana que cojeaba de una pierna, y nos detuvimos en una esquina porque ella quería sacar dinero. Mientras la esperaba, yo pensaba que la tenía que haber ayudado a llegar al cajero, ya que era tan viejecita, y de pronto la vi corriendo, yéndose sin pagar. Así, con golpes y fallos, vas madurando". La anécdota la cuenta entre risas, casi feliz. "El taxi es toda una aventura", dice.

De Colombia y Argentina

En el año 2000 había en Barcelona 149 taxistas nacidos en el extranjero, que representaban el 1,4% de todos los trabajadores en activo (10.485), según datos proporcionados por el Instituto Metropolitano del Taxi. En 2007, la cifra es de 695, el 5,9% del total (11.769).

Además de este aumento, el perfil del taxista inmigrante ha cambiado. En 2000, los franceses eran los más numerosos y suponían el 18% del conjunto de los taxistas de procedencia extranjera. Les seguían los marroquíes (16%), los uruguayos (el 10%) y los alemanes (9,4%). Hoy, los colombianos ocupan, con diferencia, el primer puesto: el 28% del total de los inmigrantes en el sector son de Colombia. Argentina, con el 10%, se sitúa en el segundo lugar, y a continuación están Marruecos (9%), Pakistán (6,3%), Francia (5,7%), Perú (5,3%) y Uruguay (5%). El resto procede de países tan diversos como Suecia, Irak, Japón y Nigeria.

Su situación laboral también es diferente: en el año 2000 únicamente había 12 inmigrantes trabajando como asalariados. En 2007, hay 434.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 29 de septiembre de 2007.

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