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COLUMNA

Territorios de alto rendimiento

La competencia entre territorios es cada vez más virulenta. La distribución de la inversión pública entre las comunidades autómomas a raíz del Presupuesto y la diferenciación en los tipos impositivos para el próximo ejercicio han sido la última representación de dichas disputas. Sin embargo, cuando les corresponde a cada una de las autonomías presentar sus discursos de estrategia echamos en falta aquellos factores contextuales que afectan a las condiciones del marco institucional del desarrollo regional. La estructura regional está cada vez más condicionada por factores externos, y lo reseñable es que los territorios no se adhieran a dichas circunstancias, sino que se adapten y se enfrenten a ellos, pues solo de esta forma podrían sacar provecho de las ventajas competitivas en un mundo globalizado.

Cuando evaluamos a las regiones dinámicas nos fijamos en el uso y en el desarrollo que tienen factores tales como: el uso de recursos inmóviles o constantes de localización (es decir, cómo utilizar la renta de posición y los recursos genéricos); o cómo medir la capacidad de una región para mantener y atraer recursos móviles como el capital y el trabajo; o cómo sacar partido de los beneficios y de la disminución de las desventajas de la concentración; o cómo establecer las prioridades locales y regionales que afectan a la ubicación de los consumidores; o cómo estimular el desarrollo tecnológico y el crecimiento del capital humano. Es decir, medimos los impactos y repercusiones de la dirección e intensidad de los programas públicos y acciones privadas.

Es lógico que las CC AA traten de formular sus hipótesis sobre la base de la utilización de sus capacidades para competir en un plano global y poner énfasis en presentar sus niveles de atractividad. Existen, en este sentido, teorías que sostienen que el crecimiento económico no depende necesariamente de enormes inversiones industriales; otras que se debe apostar, preferentemente, por el capital intelectual, social y humano; y unas terceras se basan en las redes de asociación. Si visualizamos las economías europeas, e incluso las mundiales, nos encontramos tanto regiones agrarias como industriales o de servicios, pero también con territorios de alto rendimiento y regiones inteligentes, en las que se han ajustado las actividades de desarrollo a los factores estructurales y de emplazamiento, y en donde se articularon políticas para sacar provecho de las bazas locales y de los posicionamientos de los agentes.

Las regiones de alto rendimiento requieren, pues, de dos ejes. El primero, disponer de una Administración más eficaz, a la hora de llevar a cabo las tareas impulsoras de medidas relacionadas con el capital humano. Y el segundo, señalar con precisión las tendencias estratégicas para encontrar las condiciones locales y regionales en relación a los factores de desarrollo clave en un contexto más amplio

Las regiones de alto rendimiento se fundamentan en cuatro condiciones previas: florecimiento de una economía regional y local, mejora del capital humano y social, alta calidad de vida y aplicación de políticas de sostenibilidad, y administración eficiente en relación a los costes y a los objetivos. Actuando en esta línea podríamos encauzar y dirigir las iniciativas de desarrollo mediante los recursos institucionales, las acciones promocionales y el marketing territorial. Representaríamos de manera más nítida los intereses de ciudadanos y agentes económicos; aumentaríamos la capacidad atracción de empresas, proporcionando incentivos y facilitando un entorno innovador, y, finalmente, reforzaríamos las estrategias de manera coordinada. Si analizamos la situación de Galicia, observamos que, si bien hay muchas empresas de alto rendimiento, no es menos cierto que determinadas unidades administrativas de la Xunta no deben hacer la guerra por su cuenta, en la medida que sus acciones están repercutiendo negativamente en las metas del conjunto poblacional, dado que no son capaces de lograr una mayor efectividad, sino un debilitamiento de la identidad y confianza colectiva, a la vez que multiplican el solapamiento y yuxtaposición de programas, Y eso, no es inteligente ni aumenta el rendimiento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de septiembre de 2007