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España (también) tiene un problema

Está claro que corren tiempos de desorientación, desunión y una cierta melancolía en el catalanismo. Oscilando entre el desapego pesimista y la efervescencia impaciente, el catalanismo vive tiempos de crisis, con la sensación de que algo nuevo se está larvando, pero sin que se vea muy claro ni qué ni para qué. Algunos creen que se está tomando impulso para un gran salto adelante. Otros advierten de que -como demostró el Estatut- apuntar muy arriba y no alcanzar el objetivo acaba generando frustración y tierra quemada. En cualquier caso, se ha dicho y se ha escrito que en estos momentos, de todos los nacionalismos peninsulares, el único que no está en crisis, sino que vive tiempos de euforia rampante, sería el español.

El número de catalanes que están incómodos en la concepción nacional española no se ha reducido

No estoy convencido de que esta supuesta euforia del nacionalismo español esté plenamente justificada. El nacionalismo español contemporáneo ha tenido dos objetivos. El primero, conseguir que quienes sienten plenamente su españolidad, los que se sienten nacionalmente españoles, puedan vivirlo con orgullo, sin complejos. No ha sido fácil, la idea de España ha aparecido asociada durante décadas a un antiguo complejo de decadencia, de inferioridad, agravado -para los demócratas y liberales- por su larga apropiación por parte de regímenes autoritarios. En este objetivo de recuperar el orgullo de la españolidad, el nacionalismo español ha triunfado y tiene motivos para sentirse eufórico. Para entendernos, desde los 30 años de democracia y de progreso económico hasta los triunfos de Alonso o de la selección española de baloncesto, han pasado página de toda imagen de decadencia. Y no deja de ser significativo que en los aspectos políticos y económicos, sobre todo, el catalanismo ha contribuido a este relanzamiento de España y por tanto a la aparición de un orgullo español legítimo.

Pero el nacionalismo español tenía y tiene otro objetivo, de carácter distinto. Existe un número importante de ciudadanos del Estado que no se sienten miembros de la nación española. Se saben ciudadanos del Estado español, pero no se sienten miembros de la nación ni hacen suyos sus símbolos. Y no son grupos marginales, gente que acaba de llegar, sectores exóticos. España ni ha completado un proceso a la francesa en el que se nacionalizan todos sus ciudadanos, en el que los límites del Estado concuerdan con los límites de la nación, ni ha evolucionado hacia un Estado plurinacional a la belga o a la suiza. Y este problema no lo ha resuelto. Es un problema específicamente español: no sucede ni en Francia ni en Italia ni en Portugal ni en Alemania. Existen unos ciudadanos que pagan sus impuestos, que viajan con el pasaporte español, pero que no se sienten parte de la misma comunidad nacional. No se sabe cuántos son -porque nunca se les ha preguntado abiertamente-, pero es obvio que son bastantes. Suficientes como para que en el interior del Estado existan mapas políticos distintos, precisamente por el impacto de estos nacionalismos alternativos al español.

Algunos sectores del nacionalismo español -para entendernos, en el entorno ideológico del PP- han creído que la receta para este segundo problema era la misma que para el primero: orgullo. Aumentemos el prestigio de lo español, superemos el complejo de inferioridad y ya vendrán. Es un diagnóstico falso: si estos amplios sectores de ciudadanos españoles no se sienten miembros de la nación española no es porque la menosprecien o porque les dé vergüenza. Es porque se sienten otra cosa. A base de orgullo no se incorporarán. Menos aún a base de un cóctel en el que se mezclen el orgullo rampante y el trágala simbólico, la obligación de sentir como propios los símbolos no ya del Estado español, sino también de la nación.

¿Ya vendrán? Pues ya hace 300 años que dura el intento de nacionalizar España y no ha triunfado. No van. La crisis actual del catalanismo, por ejemplo, es una crisis de fragmentación y de desorientación, pero el perímetro del conjunto de los catalanes que se sienten incómodos en la concepción nacional española no se ha reducido. España continúa teniendo un problema. La receta del PP no ha funcionado: orgullo, símbolos obligatorios y ya vendrán. ¿Puede el nacionalismo español generar una receta alternativa? Dicho de otro modo, ¿puede llegar a la conclusión de que para superar desde su perspectiva el viejo problema catalán -también el vasco, bajo otras formas- no basta con esperar que los catalanes vayan hacia España, sino que España también debe ir hacia los catalanes? El Estado de las autonomías podía haber sido un paso de estas características, pero se ahogó en el café para todos. Las esperanzas que suscitó Zapatero están ahora extraordinariamente diluidas. A veces da la sensación de que España se siente más cómoda negando el problema catalán (también su problema, el problema español) que buscándole soluciones.

Vicenç Villatoro es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 28 de septiembre de 2007.

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