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COLUMNA

¿Un país o un balneario suizo?

Parafraseando al clásico, un fantasma recorre la piel de toro o, cuando menos, campa por sus columnas de prensa y sus ondas hertzianas: el fantasma de un catalanismo excluyente, hosco, antipático, visceral, maleducado, antiespañol; ese que celebra con cohetes las derrotas del Real Madrid y, a veces, hasta de las selecciones deportivas de España; ese que agita pancartas con el lema "Jo també sóc antimonàrquic" y quema fotos del Rey; ese que cuelga de los balcones banderas estelades y promueve dos nuevas plataformas independentistas cada semana.

Hasta ahora, fuera de Cataluña, magnificar y denunciar a ese fantasma era cosa de la coalición mediática que ha hecho del anticatalanismo su imagen de marca y su reclamo comercial. Dentro del Principado, el Partido Popular lleva años explotando a la vez el papel de celador y el de víctima del citado fenómeno. Si, este año, el PP decidió regresar a la ofrenda floral a Casanova -imaginemos que un grupo homófobo participase en el desfile del Día del Orgullo Gay...- fue con la seguridad de cosechar, como así ocurrió, unos abucheos y unos insultos que le permitirían comenzar con una nota favorable el nuevo curso político. Es la misma lógica que lleva a los de Rajoy y Sirera a hablar de "kale borroka catalana" cada vez que algún energúmeno quema un contenedor, a equiparar el funeral de Lluís María Xirinacs con un acto de exaltación del terrorismo -cuando el pobre Xirinacs no había matado una mosca en su vida- o a escrutar con microscopio el programa festivo de la Mercè hasta hallar en él a un grupo musical alavés que -¡horror!- ha participado en conciertos a beneficio de los presos de ETA...: se trata, primero, de inflar exageradamente un supuesto peligro extremista, para luego presentarse como el único valladar frente a él.

En los últimos días, no obstante, esa denuncia del catalanismo hirsuto, estridente y agresivo ha encontrado eco editorial en alguna de las cabeceras más ilustres de la prensa barcelonesa, lo cual sin duda merece mayor atención que la previsible cantilena del PP. Veamos. Para empezar, les confesaré que no me agrada ver a un adolescente convertido en héroe patrio -obra de teatro sobre él incluida- sin más mérito que haber enviado algunos correos electrónicos a una cadena de supermercados reclamando de ella la rotulación en catalán, y haberlos firmado -el chaval era lector de Harry Potter- como "l'Exèrcit del Fènix". Pero ¿quién ha promovido semejante fenómeno? Pues un aparato policiaco-judicial lo bastante ignaro y carente de sentido del ridículo como para confundir a J. K. Rowling con Josu Ternera, y capaz de conducir al catorceañero Èric Bertran a la Audiencia Nacional bajo sospechas de terrorismo.

Tampoco me pareció normal que, el pasado Onze de Setembre, el personaje público más aclamado ante el monumento a Rafael de Casanova fuese un actor. Pero, sin desdeñar los méritos propios, ¿qué es lo que ha convertido a Joel Joan en un referente para determinados sectores de la opinión nacionalista? Pues, sobre todo, la demonización de que es objeto desde las trincheras opuestas, el ánimo inquisitorial -por ejemplo- con que se analizaron sus palabras en el homenaje a Xirinacs, a ver si podían pillarle en apología siquiera tácita del terrorismo. En fin, no siento ninguna afinidad con el postadolescente ya talludito que, el día 13 de los corrientes, quemó en Girona unas imágenes del Rey. Ahora bien, si un gesto tan carente de consecuencias prácticas -puro desfogue simbólico- se transmuta en un desafío al Estado, y moviliza a varios cuerpos policiales, y es portada de la gran prensa española y objeto de debate parlamentario, y lleva a su autor a comparecer ante la Audiencia Nacional talmente como si se tratase de Arnaldo Otegui, ¿cabe extrañarse de que surja el efecto emulación, de que quemar fotos regias se convierta para ciertas gentes de sensibilidad republicano-independentista en un rito de paso, en un acto épico, en el trampolín hacia la heroicidad?

Si Cataluña y España fuesen como un balneario suizo de lujo, de esos donde todo el mundo posee una educación exquisita, domina varios idiomas y habla sin levantar la voz, entonces nadie abuchearía a nadie, ni insultaría, ni quemaría retratos ni banderas ni contenedores: para mi gusto, sería estupendo. Pero ningún país es así. Y resulta chocante que cuando, desde la razón democrática y frente al fanatismo, reivindicamos el derecho a caricaturizar y hasta escarnecer al profeta Mahoma, al Papa de Roma o al mismísimo Jesucristo, resulta chocante que en este momento histórico una tropilla de fiscales y jueces pretendan sacralizar a los miembros de la familia real española y conviertan en delito de injurias graves la famosa portada de El Jueves o la quema ritual de unas fotocopias de unas fotos.

Las instituciones social y políticamente sólidas no temen ni a la crítica, ni al escarnio, ni siquiera a la agresión simbólica. Al contrario: resultan fortalecidas de todo ello. En Estados Unidos, quizá el país occidental con un sentimiento patriótico más agudo, quemar la bandera de las barras y las estrellas es un derecho constitucional reconocido desde hace décadas. Y a propósito de monarquías, ¿alguien sabría decirme cuándo fue la última vez que un humorista, o un activista político, ha sido acusado de injurias a la reina de Inglaterra? Por mi parte, recuerdo bien la época en que los tabloides británicos reproducían conversaciones muy íntimas del príncipe de Gales con su entonces amante -material mucho más corrosivo que la portada de El Jueves, porque era auténtico, no un chiste-, sin que ningún redactor ni director compareciese como acusado ante juez alguno.

No, Cataluña no es el impecable balneario helvético al que aludí más arriba. Pero tampoco es la jungla político-identitaria que describen ciertas voces de fuera y de dentro; unas, porque explotan su negocio; otras -esperémoslo-, en un pasajero error de percepción.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de septiembre de 2007