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COLUMNA

El interés más que general

La situación política en Cataluña en la etapa preMontilla debió de tensarse hasta extremos que aquí no imaginamos, y la hegemonía del catalanismo posiblemente llegó a ser asfixiante para los que sostienen las tesis contrarias. Si no, no se explica que un partido liderado por alguien con un discurso tan precario como Albert Rivera llegase a obtener tres diputados. Aunque también puede ser que el discurso tenga coherencia allí y lo que pasa es que se haya empobrecido al exportarlo. Que viaje mal, como les pasaba a los vinos gallegos. La debilidad del pensamiento Rivera no está en el esqueleto centripetista en el que se sustenta. El jacobinismo es una opción política totalmente legítima, aunque haya tenido desastrosos efectos prácticos en España. Lo escuálido es el argumentario, o también Rivera viaja mal. En la presentación de la franquicia gallega de Ciutadans, su presidente se quejó de que el debate sobre los Presupuestos del Estado se desarrollase como una subasta de necesidades autonómicas, en lugar de primar el interés general. Desde luego, hay que ser un excluyente empedernido para anteponer cualquier cosa al interés general. Salvo que el interés general no existe más que como convención, en el mejor de los casos, o como coartada en el peor. Son posibles los consensos básicos sobre valores, pero en lo que se refiere a intereses, los perfectamente legítimos pueden ser contrapuestos, como los de ovejeros y ganaderos que tanto juego dan en los westerns clásicos.

La democracia real no es la ideal relación entre los individuos y el Estado. Sus protagonistas reales son los grupos que actúan de intermediarios, desde los partidos a las organizaciones económicas., La política económica viene siendo optar por unos o por otros, habitualmente con resultados desiguales. Por ejemplo, en un campo tan adscrito al interés general como el de la obra pública, la necesitada Comunidad de Madrid fue el territorio que experimentó un mayor crecimiento de sus infraestructuras en los últimos 40 años. Concretamente 447 puntos por encima de la media española, 327 puntos más que Cataluña y 579 más que Galicia, según el análisis que acaba de publicar en Vieiros.com el profesor de Economía de Aplicada de la USC Manuel González López, con datos extraídos del estudio El stock y los servicios del capital en España y su distribución territorial (1964-2005), de la Fundación BBVA. De esos ocho lustros, la inversión en Galicia estuvo por debajo de la media española en cinco, "concretamente en los últimos años de la dictadura (donde el diferencial es ciertamente elevado), en la segunda mitad de los 80 y entre 1995 y 2004, sobre todo de 2000 a 2004" (en pleno despegue del Plan Galicia, vamos). Es decir, nuestros egoístas intereses particulares han sido castigados, aunque en medida distinta, por los administradores del interés general de todos los colores.

El interés general no sólo no garantiza la igualdad. Tampoco la eficacia. El tráfico y sus tragedias nos igualan a todos, pero la frecuencia con la que se suceden en las carreteras gallegas han llevado al fiscal jefe del Tribunal Superior de Galicia a ordenar una investigación de las causas, habida cuenta de que la gestión actual y el análisis del director General de Tráfico -el de que aquí somos irremediablemente pesimistas- no parece que vaya a servir de mucho. Ni siquiera garantiza la equidad. En nombre del interés general, el Estado se reserva la última palabra en asuntos energéticos, y la aplicación práctica es que el Gobierno gallego puede conceder parques a amigos para que los vendan a grandes empresas, pero no puede regular el sector, ni hacer que una parte de los beneficios revierta en la comunidad que soporta la explotación.

El interés general como patrón de la acción política y económica estuvo ya vigente en España, al menos en teoría, como recordarán todos los que tuvieron que estudiar Formación del Espíritu Nacional o hayan coleccionado fascículos sobre la Transición. Que los dineros fuesen para esto o aquello (y para éste o aquel) para aquí o para allí, no dependía de debates ni subastas. Lo dictaba el interés Generalísimo. sihomesi@hotmail.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de septiembre de 2007