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Reportaje:29 | Neandertal | VIAJE POR LA HISTORIA

El otro 'vampiro' de Düsseldorf

Una cuadrilla de obreros que excavaba en una mina caliza encontró el 9 de septiembre de 1856 en la cueva de Feldhof, cerca de Düsseldorf, 16 huesos que pensaron que pertenecían a un oso. El hallazgo se lo entregaron al maestro del pueblo llamado Johann Carl Fuhlrott, que no tuvo dudas al afirmar que los huesos eran muy antiguos y correspondían a un ser humano muy diferente del hombre contemporáneo. Con la ayuda del anatomista Hermann Schaaffhausen, anunció públicamente el descubrimiento del hombre de neandertal un año más tarde.

Hay tres preguntas que nunca debes hacer cuando vayas a Düsseldorf, y la tercera es si es cierto que fue Joachim Neander quien descubrió al neandertal. La respuesta es no, hijo, Neander es uno de los grandes orgullos de la capital de Renania del Norte-Westfalia, pero se dedicaba a componer himnos religiosos. La segunda pregunta es dónde hay que ir para visitar la caverna del neandertal.

-¿La caverna de qué, perdón? -pregunta la recepcionista del hotel de Staderstrasse, uno de los cuatro que tiene en Düsseldorf la cadena NH, y lo puedo decir porque visité los cuatro con sólo dos taxis nada más abandonar el aeropuerto.

La estructura moderna que se ve resulta ser el Museo Neandertal de Mettmann

Los himnos brotaban con naturalidad de su ánimo cuando terminaba sus clases

Sus herramientas de piedra habían permanecido inalteradas durante 300.000 años

-La cueva de los neandertales -insisto-. Me preguntaba si sería mejor ir allí en el tren de Mönchengladbach a Hagen, o bien tomar uno de esos autobuses de largo recorrido.

-Pues voy a consultarlo, pero de todas formas creo que está a 20 minutos en taxi.

-¿Ah, sí? ¿Y cómo se llama la ciudad?

-Düsseldorf, señor.

Y la primera pregunta es dónde se grabó el monólogo final de Peter Lorre.

No sé por qué me había empeñado yo en que sería necesario coger un tren para ir a la cueva del neandertal. De hecho, acabé cogiendo el de Hagen con el despejado espíritu del excursionista y casi me paso de estación: tardo más normalmente en llegar al periódico desde el metro de Tribunal. Pero al menos allí no había más que cuatro casas, una gasolinera y el campo frondoso de Renania del Norte-Westfalia. Un campo antediluviano, propicio para el encuentro con los otros. Alguien debería silbar En la gruta del rey de la montaña.

-Disculpe, ¿queda lejos el sitio de los neandertales?

El hombre levanta la vista hacia el cielo despejado y dice:

-¿Ha hecho pis?

-¿Cómo?

-Porque tendrá que hacerlo en mitad del campo. Eso va a ser mucho andar con este sol que está cayendo. Mire, allí hay una parada de taxi.

Qué agonía con los taxis. ¿Cogía taxis Joachim Neander?

Neandertal significa literalmente "valle del hombre nuevo", y no se trata de una paradoja temporal, sino de un producto de la mala suerte. Fue el abuelo de Joachim Neander, músico como él, quien decidió dar lustre al apellido familiar -Neumann, el hombre nuevo-, cambiándolo por su traducción al griego, como era costumbre a principios del siglo XVII. Y como también marca la costumbre en materia de héroes locales, Joachim Neander no nació aquí, sino en Bremen, y se mudó a Düsseldorf a los 24 años, cuando consiguió una plaza de maestro en la principal escuela de enseñanza elemental de la ciudad.

Pero fue en Düsseldorf donde compuso sus mejores himnos religiosos, que brotaban con naturalidad de su ánimo sosegado cuando terminaba de dar sus clases y se perdía por aquel increíble paraje, el valle escarpado que había tallado con terquedad el río Düssel, apenas un arroyo antes de canalizarse por la ciudad y extinguirse en el Rin. El valle se llamaba entonces Das Hundsklipp, un barranco de perros. A vista de pájaro una mera grieta en el bosque, pero una imponente fortaleza de piedra caliza erguida 50 metros sobre el río desde la óptica de una trucha.

En esas inverosímiles frondas, acompañado sólo por el escándalo de los pájaros y algún acuarelista despistado, mientras entraba el verano, había germinado su obra maestra, Lobe den Herren, den mächtigen König der Ehren (Load al Señor, al Todopoderoso, al Rey de la Creación, por ese orden). Un himno no muy distinto del que habría entonado antes de morir aquel otro hombre, a muy pocos metros de él, sólo que 40.000 años antes.

El taxi ha tardado menos de tres minutos en llegar. La estructura que se ve allí podría ser cualquier cosa, pero los dos carteles que hay cruzando la carretera no ofrecen dudas: Bar Neandertal y Taberna Neandertal. La estructura moderna resulta ser el Museo Neandertal de Mettmann.

Los periódicos nos comimos la mayor noticia de la biología del siglo XX, la doble hélice del ADN: tuvo que pasar casi un año antes de que The Times le diera media columna de difícil interpretación. El Barmer Bürgerblatt, un periódico local de Düsseldorf, informó sobre los 16 huesos de la caverna Feldhof el 9 de septiembre de 1856, justo un día después de que los descubriera una cuadrilla de obreros durante la excavación de una mina caliza en el valle del Düssel.

Los obreros habían extraído los huesos con diligencia, los habían reunido en un pulcro paquete y, pensando que eran de un oso, se los habían entregado a un maestro del pueblo cercano, Johann Furlott.

En los meses siguientes, mientras la noticia del descubrimiento del "hombre antediluviano" daba la vuelta al mundo y los científicos se enzarzaban en una polémica evolutiva que no ha cesado un siglo y medio después, los mismísimos autores del trascendental hallazgo prosiguieron impertérritos con su cometido -extraer la excelente piedra caliza de la zona- hasta que lograron tirar abajo el kilómetro entero de valle. Todo -el recodo que inspiró un himno, la caverna que resguardó un tesoro fósil durante 40.000 años y hasta el cauce del propio río Düssel- desapareció para convertirse en ladrillos.

Casi todo lo que sabemos sobre el aspecto que tenía el valle de Neander -así fue redenominado en el siglo XIX en memoria del compositor- se debe a los pintores, alemanes y sobre todo holandeses, que siguieron acercándose a retratarlo mucho después de que Joachim Neander abandonara Düsseldorf por discrepancias con las autoridades eclesiásticas. Un artista holandés de nombre Gerardus Johannes Verburgh pintó en 1803 el lugar exacto en que estaba la entrada de la cueva -aunque no la cueva en sí-, enfrente de un peculiar arco natural de piedra caliza que también aparece en muchos otros dibujos y grabados anteriores a 1856.

Si el arco calizo era al dios al que se encomendó el neandertal de la cueva Feldhof, sus oraciones fueron atendidas sobradamente: el siervo y su dios desaparecieron el mismo día.

Johann Carl Fuhlrott, que había estudiado en la Universidad de Bonn, era uno de los maestros de la escuela de Elberfeld, entonces un pueblo grande bastante cercano a la mina caliza y ahora parte de la ciudad de Wuppertal. Allí fueron a parar los obreros con los 16 huesos que habían extraído de la cueva Feldhof. Los huesos de un oso, según pensaban. Faltaban aún tres años para que Darwin publicara El origen de las especies, otros 10 para su libro sobre la evolución humana, y algunos más para la aceptación general de esas ideas.

Pero al maestro Fuhlrott no le tembló la mano al clasificarlos como restos humanos, ni al subrayar que eran "muy antiguos" y claramente distintos de los huesos de la especie humana actual. Anunció el descubrimiento al año siguiente junto a Hermann Schaaffhausen, un anatomista de su antigua universidad al que había acudido en busca de ayuda. En realidad, es gracias a este coraje intelectual de Fuhlrott que el hombre de la cueva Feldhof se considera el primer neandertal descubierto. Restos similares ya se habían encontrado en Gibraltar y en Bélgica, pero nadie se dio cuenta de lo que eran, ni por tanto de lo que significaban.

Fuhlrott estuvo por encima de la mayor parte de los científicos profesionales de su época, y en particular del gran Rudolf Virchow ("Omnis cellula e cellula" -toda célula proviene de otra-), que descalificó con crudeza el trabajo del maestro asegurando a quien quisiera oírle que los restos del neandertal correspondían en realidad a un "idiota con artrosis". De nuestra especie, naturalmente.

En la gruta del rey de la montaña. La habrás oído mil veces, es lo que silba Peter Lorre en el arranque de M, el vampiro de Düsseldorf. La melodía regresa a menudo para anunciar la proximidad del monstruo -hasta llega a sustituirle ante la cámara en algunas escenas- en lo que constituye el primer leitmotiv de la historia del cine. Y un caso palmario de la suerte del principiante, pues era la primera película sonora de Fritz Lang.

La primera pregunta que no debe hacerse en Düsseldorf, como ya dije, es dónde se grabó el monólogo final de Peter Lorre. Lang rodó la película en Berlín, En la gruta del rey de la montaña es un fragmento orquestal de Grieg sin relación alguna con la caverna Feldhof, y Peter Lorre no sabía silbar: fue probablemente la coguionista Thea von Harbou, quien lo hizo por él. Se separó de Lang al año siguiente, tras afiliarse al partido nazi. Pero el vampiro real sí que era de Düsseldorf. Peter Kürten. Entre febrero y noviembre de 1929, Kürten violó y asesinó a cinco niñas y a un mecánico de mediana edad, aparte de perseguir con martillos y puñales a diversos transeúntes. Promovió tal paranoia entre los vecinos que la policía de Düsseldorf llegó a acumular 900.000 denuncias de avistamientos y supuestos sospechosos. La ciudad tiene ahora 580.000 habitantes.

"¿Quién puede saber lo que se siente al ser como yo?", termina ese monólogo que Lorre nunca grabó en Düsseldorf. La última frase del vampiro real, casi coincidente con el estreno de la película en 1931, habría resultado demasiado gore para la época: "Dígame, cuando me hayan decapitado ¿podré oír siquiera un momento el ruido de mi propia sangre saliendo del cuello?".

El neandertal de la cueva Feldhof vivió hace 40.000 años. Por esas fechas, los neandertales llevaban ya campando por Europa y el oeste asiático más de 300.000 años. Dominaban el fuego y enterraban a sus muertos: el signo arqueológico clásico del miedo a la muerte, que ellos fueron los primeros en exhibir. Sus herramientas de piedra -la cultura musteriense- eran bastante avanzadas, pero habían permanecido inalteradas durante 300.000 años y a lo largo de todo el rango geográfico de la especie. El contraste entre ese inmovilismo cultural y una nueva creatividad, con herramientas que cambian en yacimientos situados a pocos kilómetros, o separados por pocos años, es la marca arqueológica del "Gran Salto" que acompañó la llegada a Europa del Homo sapiens. Ocurrió más o menos en la época del hombre de Feldhof.

Nuestra especie salió de África hace 50.000 años y, cuando llegó a Europa, hace 40.000, los neandertales aún estaban allí. Ambos coexistieron durante 10 milenios. Hay evidencias de que algunos neandertales adoptaron ornamentos corporales de los sapiens, y también de que los neandertales nos pasaron un gen esencial para el desarrollo del cerebro. Ello implicaría que las dos especies se cruzaron, aunque sólo infrecuentemente.

La contribución neandertal al genoma humano moderno, de confirmarse, sería cuantitativamente pequeña, tal vez menor del 5%. Pero tampoco era para tirarles la montaña abajo.

RUTA DE VIAJE Un lugar para gentes varias

Nadie diría que Düsseldorf es bonita, pero sí que es una ciudad muy agradable. Los tranvías la recorren sin mucha competencia de tráfico rodado por avenidas apacibles y calles arboladas, y hace un tiempo de lujo en la temporada estival. Su carnaval es renombrado, y su Festival Folk del Rin recibe a cuatro millones de visitantes cada verano. La capital de Renania del Norte-Westfalia es casi una isla de sosiego en mitad del área metropolitana del Rin-Ruhr, que llega por el norte hasta Bonn y agrupa a 10 millones de habitantes en una de las concentraciones de población más densas del centro de Europa.

La ciudad creció a partir de unas cuantas granjas y casas de pescadores que, ya en el siglo VII, se habían afincado a la orilla del Düssel. No parece que las preferencias de los neandertales fueran muy diferentes de las del Homo sapiens en materia de residencia. Lo demás es historia: de las granjas creció un mercado, del mercado una fortaleza, y de cada muralla un punto cardinal del callejero.

Cuando las obras de la mina perturbaron la paz cuarenta veces milenaria de la caverna Feldhof, Düsseldorf estaba inmersa en plena revolución industrial. Las mismas piquetas que echaron abajo el valle del Düssel llevaron a la población de la ciudad hasta los 100.000 habitantes en 1882, y hasta el doble de esa cifra sólo 10 años más tarde. Hoy viven allí 580.000 personas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de agosto de 2007

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