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Reportaje:El conflicto de Oriente Próximo

Bush debe decidir, y pronto

En el mundo académico las ideas falsas no son más que falsas, y las inútiles pueden ser divertidas, pero en la vida política pueden arruinar la vida de millones de personas

El canadiense Michael Ignatieff, ex profesor de las universidades de Cambridge, Oxford y Harvard, autor de reconocidos ensayos históricos, periodista y politólogo hasta convertirse él mismo en diputado en 2005 y vicepresidente del Partido Liberal de Canadá, reconoce en este artículo su error al apoyar la guerra de Irak y critica a George W. Bush por no asumir su equivocación.

La catástrofe de Irak ha servido de argumento para condenar el criterio político de un presidente. Pero también el criterio de muchos otros -yo entre ellos- que apoyaron la invasión. Muchos pensamos -como me dijo un amigo iraquí exiliado la noche que comenzó la guerra- que era la única oportunidad que tenía su generación de disfrutar de libertad en su país. Qué lejano parece ahora ese sueño. Desde que dejé mi cargo en Harvard, en 2005, y volví a Canadá para incorporarme a la política, no dejo de pensar en el desastre de Irak, de intentar comprender de qué forma las opiniones que debo emitir hoy en política tienen que ser mejores que las que ofrecía desde las gradas. He aprendido que, para tener buen juicio en política, hay que empezar por reconocer los errores.

La fe en que la historia le juzgará con benevolencia parece burda obstinación

Decidir qué rumbo emprender exige admitir antes que todos los planes han fracasado

Un dirigente democrático no puede inventarse sus propias normas morales

Si hay algo que el poder corrompe, es ese sexto sentido de las limitaciones personales

El filósofo Isaiah Berlin dijo, en una ocasión, que lo malo de los intelectuales y los comentaristas es que les importa más que las ideas sean interesantes que ciertas. Los políticos viven tan pendientes de las ideas como los pensadores profesionales, pero no pueden permitirse el lujo de tener en cuenta ideas que sean meramente interesantes. Tienen que trabajar con el escaso número de ideas que son ciertas y con el todavía más escaso de las que sirven para la vida real. En el mundo académico, las ideas falsas no son más que falsas, y las inútiles pueden resultar divertidas. En la vida política, las ideas falsas pueden arruinar las vidas de millones de personas y las inútiles pueden malgastar recursos preciosos. La responsabilidad de un intelectual respecto a sus ideas es seguir sus consecuencias hasta donde le lleven. La responsabilidad de un político es controlar esas consecuencias e impedir que hagan daño.

He aprendido que el buen juicio en política es distinto del buen juicio en la vida intelectual. Entre los intelectuales, juzgar es cuestión de generalizar e interpretar hechos concretos como ejemplos de alguna gran idea. En política, una cosa es lo que es, y nada más. Lo concreto importa más que las generalidades. La teoría estorba.

La cualidad que sirve de base a los políticos para tener buen juicio es el sentido de la realidad. "Lo que se llama sabiduría en los estadistas", escribe Berlin, en referencia a figuras como Roosevelt y Churchill, "es comprensión, más que conocimiento; cierta familiaridad con los hechos relevantes que les permite saber qué encaja con qué; qué puede hacerse en determinadas circunstancias y qué no, qué métodos van a ser útiles en qué situaciones y en qué medida, sin que eso quiera necesariamente decir que son capaces de explicar cómo lo saben ni incluso qué saben". Los políticos no pueden permitirse el lujo de refugiarse en el mundo interior de sus propias suposiciones. No deben confundir el mundo existente con el que les gustaría que fuese. Deben ver Irak -o cualquier otro sitio- tal como es.

Como antiguo residente en Harvard, he tenido que aprender que el sentido de la realidad no siempre florece en las instituciones más selectas. Es la virtud de la calle por excelencia. Un conductor de autobús puede ser más perspicaz, a la hora de saber qué es cada cosa, que un premio Nobel. La única forma de comprender mejor la realidad es enfrentarse cada día al mundo y aprender, sobre todo de nuestros errores, lo que sirve y lo que no. Pero toda la experiencia del mundo puede no servir de nada en la vida y la política. La experiencia puede hacer que quienes toman las decisiones se aferren a soluciones manidas e impedirles ver un remedio no probado y capaz de resolver la situación.

El hecho de haber enseñado ciencia política me permite decir que es una disciplina que promete más de lo que luego cumple. En la práctica política, no existe una ciencia de la toma de decisiones. Lo que un político tiene que juzgar cada día es, sobre todo, a las personas: en quién confiar, a quién creer y a quién evitar. La cuestión de la lealtad surge a diario: ¿Quién va a traicionarme y quién me será fiel? Tener buen criterio en estos asuntos, tener sentido de la realidad, exige confiar en instintos muy poco científicos sobre la gente.

El sentido de la realidad no es sólo un sentido del mundo tal como es, sino como podría ser. Los grandes políticos, como los grandes artistas, ven posibilidades que otros no ven, y tratan de convertirlas en realidades. Para llevar a cabo algo nuevo, el político necesita tener sentido de la oportunidad, saber cuándo dar el salto y cuándo permanecer quieto. En una frase famosa, Bismarck definió el juicio en política como la capacidad de oír, antes que nadie, el distante ruido de los cascos del caballo de la historia.

Pocos oyen venir a los caballos. En una ocasión preguntaron a un primer ministro británico qué era lo que hacía más difícil su trabajo. "Los acontecimientos, querido amigo", contestó con pesar. Ante un acontecimiento inesperado, el virtuoso de la política debe ser capaz de improvisar y aparecer lo más imperturbable posible. La gente desea que la dirijan, e incluso cuando un dirigente se siente perplejo ante los acontecimientos, debe acordarse de tranquilizar a sus ciudadanos como se merecen. Parte del buen juicio consiste en saber cuándo guardar las apariencias.

La improvisación puede no evitar el fracaso. La partida suele acabar en llanto. Muchas carreras políticas acaban mal porque los políticos experimentan una situación humana: la de escoger entre cosas opuestas sin poder recurrir más que a unos instintos corrientes y una información falible. Por supuesto, una mejor información y unos criterios objetivos para tomar decisiones pueden reducir el margen de incertidumbre. Los puntos de referencia para juzgar los progresos en Irak pueden ayudar a decidir cuánto tiempo más debe quedarse Estados Unidos. Sin embargo, a la hora de la verdad, nadie sabe -porque nadie puede saber- qué pueden hacer todavía los estadounidenses para lograr la estabilidad en Irak.

La decisión que tiene que tomar Estados Unidos sobre Irak es paradigmática del tipo más difícil de juicio político. Tanto marcharse como quedarse tienen un coste inmenso. Hay una cosa clara: el precio de quedarse lo pagarán los estadounidenses, mientras que el precio de marcharse lo pagarán, sobre todo, los iraquíes. Sólo esto ya indica qué decisión es la más probable.

Pero tienen que decidir, y pronto. Los retrasos y vacilaciones son más caros aún en la política que en la vida privada. El letrero que tenía Truman sobre su mesa -"¡La responsabilidad final es mía!"- nos recuerda que los que toman buenas decisiones en política suelen ser los que no rehúyen la responsabilidad de hacerlo. En el caso de Irak, decidir qué rumbo emprender ahora exige, ante todo, reconocer que todos los planes emprendidos hasta ahora han fracasado.

En política, aprender de los fracasos es tan importante como explotar los éxitos. La frase de Samuel Beckett "Fracasa otra vez. Fracasa mejor" expresa la tenacidad necesaria para practicar el arte de la política. Churchill y De Gaulle confiaban en su propio criterio cuando los observadores informados opinaban que estaban equivocándose. Su empeño en esperar al reconocimiento de la historia, aunque estuviera muy lejano, nos parece ahora un síntoma de grandeza. En el presidente actual, esa misma fe en que la historia le juzgará con benevolencia parece burda obstinación.

Maquiavelo decía que las decisiones políticas, para servir de algo, deben regirse por unos principios más implacables que los que son aceptables en la vida diaria. Escribió que "un príncipe que desee mantenerse firme debe saber hacer el mal y hacer uso de él o no según sea necesario". Roosevelt y Churchill sabían hacer el mal, pero no pedían que se les juzgara de acuerdo con criterios éticos distintos de los de los demás ciudadanos. Estaban de acuerdo en que un dirigente democrático no puede inventarse sus propias normas morales, una restricción que es válida tanto en su propio país como en el extranjero: en Guantánamo, Abu Ghraib o cualquier otro sitio. Tiene que vivir y ser juzgado con arreglo a las mismas normas que el resto de la gente.

Sin embargo, en ciertas áreas, los criterios políticos y los personales son muy diferentes. En la vida privada, una persona recibe los ataques como algo personal, y sería un tipo raro si no lo hiciera. En política, si uno se toma los ataques como algo personal, da pruebas de vulnerabilidad. Los políticos tienen que aprender a parecer invulnerables sin parecer inhumanos. Como personas, tienen el instinto de devolver los insultos. Pero tienen que aprender que la venganza, como dice la famosa frase, es un plato que se come mejor frío.

En política nada es personal, porque la política es un teatro. Parte del trabajo consiste en fingir emociones que, en realidad, no se sienten. Es habitual en los parlamentos ver a los diputados que se insultan mutuamente en la Cámara y luego van a tomarse algo al bar juntos. Esta hipocresía redentora de la vida pública no es posible en la vida privada. Aquí, el juego va en serio.

Ahora bien, también es cierto que, entre familiares y amigos, nos damos cierto respiro. Tenemos una serie de sobrentendidos. Lo que queremos decir importa más que lo que decimos. En política no hay esa bendición. En la vida pública, el lenguaje es un arma de guerra que se despliega en condiciones de total desconfianza. Lo que importa es lo que se ha dicho, no lo que se quería decir. El ámbito político es un mundo de literalidad lunática. La menor grieta en la armadura -entre lo que uno quería decir y lo que ha dicho- puede servir para deslizar por ella el cuchillo.

En la vida privada, el precio de nuestros errores lo pagamos nosotros mismos. En la vida pública, los primeros que pagan los errores de un político son otros. El buen juicio significa saber ser responsable ante quienes pagan el precio de nuestras decisiones. Cuando Edmund Burke fue escogido por primera vez para la Cámara de los Comunes, aseguró a los electores de Bristol que nunca sacrificaría su propio criterio a las presiones que ejercieran ellos para imponer su opinión. No estoy seguro de que a mis votantes les gustara oír eso. A veces, sacrificar mi criterio en favor del de ellos es la esencia misma de mi trabajo. Siempre, claro está, que no sacrifique mis principios.

Los principios firmes son importantes. Hay ciertas cosas que no pueden intercambiarse, ciertos límites que no pueden sobrepasarse, ciertas personas a las que nunca se debe traicionar. Pero las ideas fijas de tipo dogmático suelen ser enemigas del buen juicio. Es imposible pensar con claridad cuando se cree que la política exterior de Estados Unidos forma parte de un plan de Dios para expandir las libertades humanas. Este tipo de pensamiento ideológico manipula lo que Kant llamaba "la madera torcida de la humanidad" para adaptarla a una ilusión abstracta. Por el contrario, los políticos sensatos manipulan la política para adaptarla a la madera humana. Al fin y al cabo, no siempre es posible tener todo lo bueno, ni en la vida ni en la política.

En mis clases de ciencia política enseñaba que ejercer un buen criterio significa aplicar una buena estrategia política. En el mundo real, es frecuente que una mala estrategia política acabe siendo muy popular. Resistir la tentación de lo popular no es fácil, porque no siempre es prudente. El buen juicio en política es complicado. Significa encontrar un equilibrio entre la estrategia política y la política en abstracto, en compromisos imperfectos que siempre dejan descontento a alguien: muchas veces, a uno mismo.

En política, saber la diferencia entre un buen compromiso y un mal compromiso es más importante que aferrarse como sea a los principios. Un buen compromiso restablece la paz y permite a las dos partes seguir adelante con algún elemento de sus intereses fundamentales satisfecho. Un mal compromiso pone el interés público en manos de la compulsión o la fuerza.

Medir el buen juicio en política no es fácil. Las campañas y las precampañas ponen a prueba el encanto, la resistencia, la capacidad recaudatoria y los poderes retóricos de un candidato, pero no necesariamente su criterio cuando esté en el poder y en una crisis.

Podríamos poner a prueba el buen juicio preguntando, a propósito de Irak, quién predijo mejor el desarrollo de los acontecimientos. Pero muchos de los que acertaron al predecir la catástrofe no lo hicieron porque tuvieran buen criterio, sino porque se dejaron llevar por la ideología. Se opusieron a la invasión porque pensaban que el presidente sólo buscaba el petróleo o porque creían que Estados Unidos no tiene razón nunca, en ninguna situación.

Quienes de verdad mostraron buen juicio sobre Irak fueron los que predijeron las consecuencias que luego hemos visto pero también valoraron acertadamente los motivos que había detrás de la acción. No es que supieran más cosas que nosotros. Reflexionaron, como todos, a partir de las mismas informaciones equivocadas y el mismo desconocimiento de la historia de Irak, partidista y llena de fisuras. Sin embargo, lo que no hicieron fue confundir los deseos con la realidad. No pensaron -como sí hizo el presidente Bush- que, como ellos estaban convencidos de la integridad de sus motivos, todos los habitantes de la región iban a verlo también así. No supusieron que era posible construir un Estado libre sobre los cimientos de 35 años de terror policial. No imaginaron que Estados Unidos tenía la capacidad de determinar los resultados políticos en un país lejano del que los estadounidenses sabían poca cosa. No creyeron que, como Estados Unidos había defendido los derechos humanos y la libertad en Bosnia y Kosovo, debía hacerlo también en Irak. Supieron evitar todos estos errores.

Yo cometí todos ésos y alguno más. La lección que he aprendido para el futuro es que debo dejarme influir menos por las pasiones de personas a las que admiro -los exiliados iraquíes, por ejemplo- y dejarme llevar menos por mis emociones. En 1992 visité el norte de Irak. Vi lo que Sadam Husein había hecho a los kurdos y, a partir de ese momento, no me cupo duda de que tenía que irse. Mis convicciones tenían toda la autoridad de la experiencia personal, pero, precisamente por eso, dejé que la emoción me impidiera hacerme las preguntas fundamentales, como ¿pueden los kurdos, suníes y chiíes mantener unido en paz lo que Sadam Husein mantenía unido mediante el terror? Debería haber sabido que en política, como en la vida, la emoción tiende a justificarse a sí misma, y que, cuando hay que tener un criterio político definitivo, nada, ni los propios sentimientos, debe librarse de ser objeto de interrogatorios y discusiones.

El buen juicio en política, al final, depende de la capacidad de ser crítico con uno mismo. No sólo es que el presidente no se molestó en entender Irak. Es que no se molestó en entenderse a sí mismo. El sentido de la realidad que habría podido salvarle de la catástrofe habría tenido que ser algún tipo de alarma interna, que le alertara de que no sabía lo que estaba haciendo. Pero es dudoso que hubiera oído alguna vez alarmas internas. Había vivido siempre una vida fácil, y, en ese tipo de vidas, no hay alarmas que valgan.

La gente con buen juicio hace caso a sus alarmas internas. Los líderes prudentes se obligan a prestar la misma atención a los defensores y los detractores de la línea de acción que están planeando. No cuentan con que sus buenas intenciones son suficientes para garantizar buenos resultados. No pretenden que saben todo lo que hay que saber. Si hay algo que el poder corrompe, es ese sexto sentido de las limitaciones personales que constituye la base de la prudencia.

Un líder prudente salva a una democracia de los peores peligros, pero no le inspira para que dé lo mejor de sí misma. Los pueblos democráticos deberían buscar siempre algo más que prudencia en un dirigente: audacia, visión y -complemento de ambas cosas- la voluntad de arriesgarse al fracaso. Los líderes audaces merecen nuestra fe siempre que muestren algún indicio de saber lo que es fracasar. Deben ser hombres que conozcan la tristeza, como dice el profeta Isaías, hombres y mujeres que no hayan tenido una vida fácil, que nos comprendan tal como somos, que nunca hayan renunciado a la esperanza y que sepan que están en la política para mejorar su país. Ésos son los líderes cuyo juicio, aunque a veces sea erróneo, seguirá siendo digno de confianza.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. © Michael Ignatieff - Distribuido por The New York Times Syndicate.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de agosto de 2007