_
_
_
_
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Fronteras en el Poblenou

La nuestra es una sociedad de fronteras. Posiblemente hace siglos que lo es, pero ahora son muy distintas. Hoy las fronteras parece que se desmaterialicen, pero en realidad se trasladan; en algunos casos se crean y refuerzan de manera muy manifiesta -como en los aeropuertos y otros sistemas de transporte rápido- o de manera muy dramática, como el gran muro que atraviesa y divide los territorios palestinos, la frontera entre México y Estados Unidos o el sistema de alambradas en Melilla. Y cada vez más son fronteras calientes, a punto de ser desbordadas. De ello trata con lucidez la exposición Fronteras en el CCCB, de visita imprescindible.

Al mismo tiempo se levantan fronteras absurdas, evitables e innecesarias como el Parc Central del Poblenou, proyectado por Jean Nouvel, uno de los mayores despropósitos de la Barcelona contemporánea. Está visto que estamos recogiendo los epígonos de grandes figuras: ya en ocasión de los Juegos Olímpicos recolectamos uno de los peores Álvaro Siza Vieira -la estación meteorológica de la Vila Olímpica-; tenemos el peor Herzog y de Meuron de la historia, la vergüenza discotequera del edificio Fórum; David Chipperfiel está llenando la ciudad de grandes cajas con sus paneles prefabricados de hormigón coloreado y sus agobiantes ventanas repetitivas, y estamos asistiendo, de manera impasible, a la decadencia de Jean Nouvel.

Uno de los mayores despropósitos de Barcelona es el Parc Central del Poblenou, de Nouvel

En París, a principios de los noventa, Nouvel realizó una obra modélica, la Fundación Cartier en el bulevar Raspail, que se levanta sobre una estructura liviana y está configurada por paneles de cristal para favorecer la visibilidad, juegos de transparencia y sensación de ligereza. Este parque barcelonés, en cambio, es un cultivo de barreras: unos muros de hormigón, hechos con encofrado de cañas, que hipócritamente se van a ir cubriendo de vegetación, con unos arcos que se dice están inspirados en Gaudí, aunque les falta su belleza, su razón estructural y sus valores simbólicos. No sólo se trata de una obra de mal gusto, que potencia la división y la fragmentación, sino que el parque incumple los criterios más básicos de seguridad, adecuación y comodidad para uso libre, igualitario y sin discriminación de género. Un parque ha de ser lo más abierto, accesible y visible posible; y lo absurdo es concebir un espacio público como recinto cerrado y amurallado, escondido y con poquísimas entradas.

Es absurdo porque al compartimentarlo se exageran la división y los límites de un parque que debería haber sido mayor y más unitario, sin tantas calles que lo atravesasen y con voluntad de infiltrarse en el recinto de Can Ricart. Y no es que Nouvel no lo haya pensado bien o se haya precipitado: ha realizado tres proyectos y, harto de que se le introdujeran tantos cambios, ha decidido no proyectar un parque, sino una serie de recintos, planteando un experimento para comprobar hasta dónde resiste la ciudadanía en un espacio de dominio y hasta dónde puede llevar pervertir los criterios razonables de un espacio público. Se plantea así una estrategia de la ocultación: se ocultan la central de recogida neumática y los servicios de mantenimiento con muros altísimos y taludes; se ocultan el parque con muros; se ocultan los muros con flores; en definitiva, se oculta el barrio con el parque. Con unos muros que hubiera estado mejor que albergasen la biblioteca que hace años reclaman los vecinos de Poblenou. Y una agresión al contexto que tiene un precedente en la violencia como otra obra de Nouvel, la Torre Agbar, se entrega con el espacio público que le rodea.

Y una vez inaugurado, ¿cuánto tiempo va a durar antes de que se deban reparar estos errores? Ya se han tenido que cerrar por reformas, por deterioro y por mal funcionamiento, dos parques de la era olímpica, muy cerca del Parc Central: el de Glòries y el del Bosquet Encantat. ¿Cuántas veces se ha tenido que cerrar el Central Park de Nueva York en 150 años por problemas de funcionamiento? Si el problema es el deterioro físico, mal por haber realizado obras públicas con una vida útil de 15 años. Y si el problema son los defectos de diseño, ¿por qué no se ha aprendido de estos dos fracasos en casos tan cercanos?; ¿por qué no se valora la experiencia y calidad de nuestros paisajistas, que hace años proyectan unos magníficos parques metropolitanos? Véase la reciente monografía del Área Metropolitana de Barcelona/ Mancomunitat de Municipis titulado Espais metropolitans 2000-2004, con parques de Isabel Bennasar, Carlos Llinás, Claudi Aguiló, Jordi Enrich, Montserrat Periel y otros. Entonces, ¿por qué se ha promovido que Nouvel realice este parque tan impactante y, a la vez, antisocial?

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

La Ley de Barrios establece en su punto 6 el baremo de la igualdad de oportunidades, sin discriminación de género, en el acceso a los equipamientos y espacios públicos. Casi todos estos parques metropolitanos lo cumplen. El Parc Central del Poblenou, en cambio, es un ejemplo de todo lo que la ley quiere evitar: un espacio público de escasa visibilidad y accesibilidad. Estamos en una época en la que se está aprendiendo a diseñar espacios públicos en los que se tenga en cuenta a las mujeres, con lo cual las mejoras son para todos, desde los niños a los ancianos, unos lugares mas igualitarios y confiados.

Recreación de las murallas de los barrios cerrados, de los resorts y de las urbanizaciones, miniatura de los muros de Sharon en Palestina, el Parc Central del Poblenou se levanta como manifiesto del urbanismo del absurdo y del despilfarro, como provocación a un silencio cómplice que se produce en esta ciudad de nuevos ricos que, después de tantos prodigios, está ya definitivamente anestesiada.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_