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COLUMNA

Agresiones

"La guerra es terrible, aunque el mal supremo no es ésta sino la agresión", escribe Amos Oz en su libro Contra el fanatismo. El Líbano ha sido escenario permanente de agresiones perpetradas por diferentes actores. Y allí están las tropas de la FINUL, con soldados españoles entre otros, tratando de interponerse entre los fanatismos y los cinismos en presencia, que muy a menudo son variantes distintas de la misma cosa.

Seis soldados de la FINUL han sido víctimas de un atentado terrorista en el Líbano. Seis soldados españoles enrolados en una fuerza internacional de paz, es decir, al servicio de una bandera común, la de las Naciones Unidas. Todos los ejércitos del mundo hacen de las enseñas patrias algo sagrado. En su nombre justifican algo que siempre es difícil de legitimar: matar y exponer a los soldados a la muerte. Signo de un tiempo en que los relatos nacionales ya son insuficientes, los soldados se agrupan a menudo en estructuras supranacionales. Tratándose del ejército español, es más importante todavía. Hace poco más de 30 años su principal misión era hacer de soporte de la dictadura, tomando el nombre de la patria en vano para defender al régimen franquista. Su principal enemigo era interior. Avanzados los años 80, todavía se producían movimientos golpistas en el ejército. Ahora, este ejército participa en misiones internacionales para contribuir a la estabilización de países en situaciones críticas.

Es justo reconocer este cambio, en un momento en que el ejército paga una de sus misiones con seis vidas. Entre estas, por cierto, las de tres colombianos. El ejército empieza a adquirir la misma policromía que la sociedad. Y avanza más deprisa en la integración que otras instituciones.

El Partido Popular ha pretendido aprovechar el atentado del Líbano para volver a destiempo a un fatuo debate sobre la guerra y la paz. Este debate tuvo su momento: cuando se tomó la decisión de participar en la FINUL. Entonces, el Congreso de los Diputados votó a favor y el Partido Popular sumó su voto a la mayoría. Cuando se va a una zona conflictiva, se corren riesgos. Estos forman parte de la propia profesión militar. Los soldados cumplen con la función que se les encomienda. El problema es otro: la diplomacia internacional no está haciendo sus deberes en la zona. Ni hay una hoja de ruta clara, ni hay una línea de trabajo que se anteponga al conflicto de intereses de las potencias globales y regionales. Esta incapacidad de la política hace dudar, ciertamente, de la necesidad de exponer a los soldados a una situación tan delicada, en la medida en que no se aprecian avances sensibles. El nombramiento, por imposición de Estados Unidos, de Tony Blair como enviado especial del llamado Cuarteto es una muestra más de la arrogancia con que, desde los despachos de Estados Unidos y de Europa, con la complicidad de las Naciones Unidas y de Rusia, se trata al mundo árabe. ¿A quién se le ocurre proponer como mediador a uno de los líderes de la invasión de Irak, símbolo para muchos árabes de la opresión occidental? ¿A la luz del currículo de Blair, se puede exigir al mundo árabe que confíe en su imparcialidad? Así de mal se hacen las cosas en Oriente Próximo. Estas agresiones simbólicas no ayudan a la paz.

Obviamente, no es éste el debate que plantea el PP. Lo que Rajoy quiere es convertir un hecho trágico en detergente para lavar el error de Irak. Rajoy sabe perfectamente que la FINUL no está en guerra. Una guerra se hace siempre contra alguien. La primera cuestión que tendría que responder el presidente del PP es contra quién ha sido mandada la FINUL. La de Irak sí es una guerra: una fallida guerra de ocupación, liderada por Estados Unidos, contra la legalidad internacional, en la que el Gobierno del PP decidió comprometer a España contra la voluntad de la mayoría. Lo del Líbano es una misión de paz, bajo bandera de las Naciones Unidas. La diferencia es tan meridiana que la pregunta de Rajoy sobre la guerra y la paz sólo puede explicarse por resentimiento. Pero este resentimiento dura ya demasiado tiempo y hace dudar de que quien lo lleva tan inscrito en sus pulsiones más profundas esté preparado para gobernar. Estas actitudes psicológicas enquistadas sólo tiene una solución: escupir los demonios que las producen. Si Rajoy fuera capaz de reconocer el error de Irak, todo el mundo se lo aceptaría. Y dejaría de hacer el ridículo preguntando si la FINUL es una misión de paz o de guerra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de junio de 2007