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El miedo del mundo a una China sin control

ALAN GREENSPAN, el antiguo jefe de la Reserva Federal (Fed), que ahora ejerce de aguafiestas, observó lo que está ocurriendo en las bolsas de valores chinas y señaló con el dedo: sobrecalentamiento, burbuja, exuberancia irracional..., situando la atención en un problema que quizá no ocupa el lugar relevante que requeriría en la clasificación de dificultades que puede tener la economía mundial en el corto plazo.

Las bolsas de Shanghai y Shenzhen no paran de crecer. El índice CSI 300, que agrupa las principales empresas, experimenta una sucesión continua de máximos. En 2006 creció por encima del 120% y en lo que va de año está a punto de llegar al 100% de incremento. Cada vez más ciudadanos chinos invierten sus ahorros (la tasa de ahorro de China supera ¡el 40% de la renta disponible!) en los mercados de valores. Hay más de 100 millones de cuentas para operar en Bolsa -lo que no significa que 100 millones de chinos hayan entrado en el capitalismo popular, ya que la legislación permite tener seis cuentas por habitante- y de enero a mayo se han abierto 27 millones de cuentas nuevas (a un ritmo de 200.000 por día). Todavía es un porcentaje menor que en otros países avanzados.

Los chinos entran de modo acelerado en el capitalismo popular. Ya existen más de 100 millones de cuentas para operar en una Bolsa efervescente y en lo que va de año se crean cuentas a un ritmo de 200.000 diarias

Cada vez que las bolsas chinas tosen, el mundo echa a temblar temiendo un estallido semejante, por ejemplo, a la burbuja tecnológica de los noventa, y que posea capacidad de contagio. Ello ha ocurrido en dos jornadas, durante 2007: el pasado 27 de febrero, el citado índice bursátil bajó un 9,24%; el miércoles de la pasada semana cayó un 6,76%. Los expertos dicen que en ambos casos la corrección estuvo protagonizada por medidas administrativas tomadas por el Gobierno para intentar controlar la tendencia: en febrero activaron la maquinaria vendedora, al anunciar que se estaban estudiando normas para enfriar la euforia bursátil; y ahora incrementan los impuestos a la compraventa de acciones. Además, se acaba de poner en marcha una nueva legislación por la que las empresas más inestables (aquellas que no han conseguido beneficios después de cotizar dos años, o las firmas acusadas de presentar informes de contabilidad falseados) tienen la obligación de presentar informes periódicos a los inversores sobre los hipotéticos riesgos que padecen. Un intento de transparencia.

Aunque cada vez más la evolución de las bolsas de valores tiene vida propia, hay que contextualizar el furor de los mercados en la marcha de la economía china, que en 2006 creció de nuevo por encima del 10% (10,7%) y que ha visto cómo a estas alturas del año el Banco Mundial ha rehecho sus previsiones al alza: un 10,4% para 2007. Ese crecimiento está basado en un espectacular incremento de las exportaciones y de la inversión, por lo que las hipótesis de sobrecalentamiento no son excéntricas.

La vinculación de China con el resto del mundo en el marco de la globalización no se refiere tan sólo al comercio y a la voracidad de materias primas y de alimentos de un país gigantesco, sino, cada vez más, también al terreno financiero. El país asiático posee unas reservas de divisas de alrededor de 1,2 billones de dólares, de los cuales el 60% al menos están invertidos en bonos del Tesoro de EE UU, con lo que deviene en el principal financiador del déficit exterior de EE UU. Para gestionar ese gigantesco volumen de reservas, el Gobierno chino acaba de crear una agencia ad hoc. Una de sus primeras decisiones ha causado un terremoto en el sistema financiero mundial: China invertirá al menos 3.000 millones de dólares en una de las grandes empresas de capital riesgo americanas, Blackstone, que pronto dejará de pertenecer al private equity porque ha anunciado que cotizará en Bolsa (otro hecho revolucionario en sí mismo). Entre otras cosas, ello significa, por ejemplo, que, si un día Blackstone se acerca a pescar en España, el Gobierno chino podría ser el propietario de Iberia, Altadis, Endesa o cualquier otro ex monopolio público, hoy privatizado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 02 de junio de 2007.

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