Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
APUNTES

El pequeño empresario frente a la universidad

¿Qué opinan los pequeños empresarios de la universidad? Seguramente tengan poco que decir. Y eso es grave si se parte del dato de que más del 90% de las empresas valencianas son pymes y de que la mayoría de ellas son microempresas con menos de 10 trabajadores.

Vicent Ferrandis es un caso raro en ese mundo de la pequeña y mediana empresa: no sólo no ignora o siente desconfianza hacia el estamento académico, sino que ha puesto dinero de su bolsillo para poner en marcha un enlace que trate de conectar el mundo universitario y el productivo sin esperar nada a cambio.

Nacido hace 66 años en Tavernes de la Valldigna, licenciado en Ingeniería Química, dueño, en su día, de siete pequeñas empresas dedicadas al negocio de la postcosecha, un sector con "mala prensa", dice, del que fue presidente, ha desarrollado su papel de activista de la unión universidad-empresa en La Safor. El contacto en la otra barricada fue la Universitat Internacional de Gandia, que depende de la de València.

"Hay que ir puerta por puerta, pero en vez de otra cosa, vender la Universitat de València"

El jefe de la Cámara de Comercio provincial declaró hace un año que la universidad no tenía "ni idea" de lo que era una empresa. Hace unos meses repitió algo parecido. Ferrandis considera deseable que toda una generación de dirigentes empresariales se retirase y deje paso a otras más jóvenes. Cree también que la universidad debe perder peso burocrático para seguir la velocidad de los negocios y profundizar en una misión, la de servicio a la sociedad, que incluye a las empresas.

"La clave del éxito", opina, "es el intermediario". Ferrandis financia una pequeña oficina en el campus de Gandia. Una versión muy primitiva de su modelo: las oficinas comerciales de las universidades estadounidenses.

En su plan, el enlace sería un lugar al que el empresario -sobre todo el que no es grande, porque ese se profesionaliza solo- podría dirigirse en busca de ayuda. "Lo importante es que pueda llamar, plantear su problema y saber si se lo pueden solucionar. Y cuando la respuesta sea sí, que le digan cuánto tiempo y cuánto dinero le va a costar".

"Los empresarios tienen que perderle el miedo de ir a preguntar a la universidad", dice, y ésta salir a buscarlos a sus oficinas. "Hay que ir puerta por puerta a cada empresa explicando qué clase de servicios pueden obtener. La diferencia con un comercial es que en lugar de ir a vender otra cosa va a vender la Universitat de València".

Asegura que el coste de ese organismo sería calderilla para una organización empresarial. La oficina comercial, en todo caso, debería alcanzar rápidamente la autofinanciación: quedarse con una parte de lo que paga la mercantil y reinvertirlo en sí misma. Se le puede objetar que para todo eso se inventaron las Otris (Oficinas de Transferencia de Resultados de la Investigación). Ferrandis argumenta que la Otri de la Universitat tardó tres meses en aprobar la financiación externa de la minúscula oficina de Gandia y que hace falta mucha más agilidad.

El ex presidente de Agrupost, además, no está pensando en grandes sociedades ni en jóvenes leones tecnológicos, sino en la inmensa categoría de los negocios pequeños y medianos. En miles de microempresas que enfrentan grandes dificultades para sacarle provecho a un simple certificado de calidad. Fabricantes de pintura con dudas que podría resolver de memoria cualquier profesor de Química.

La mitad de las dudas, dice, se resolverían dando información: indicando que compañías ofrecen esos servicios en el mercado. Otras se trasladarían a los departamentos e institutos de investigación para que trabajasen sobre ellas. Y muchas otras se podrían solucionar impartiendo cursos de formación a empleados.

Queda mucho por hacer. Pero Ferrandis es un hombre optimista. Mira hacia atrás y recuerda que cuando él llegó a la Escuela de Ingenieros de Madrid, hacia finales de los años cincuenta, los estudios de Química no habían llegado a la Universitat de València. Que ese año, sólo nueve chavales de su pueblo entraron en la universidad, y que ahora ese paso lo dan cientos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de mayo de 2007