Crítica:Crítica
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El placer y la pena

Un modesto sello palentino, Menoscuarto, presenta a los incondicionales de Miguel Delibes casi medio centenar de relatos breves, en la colección Reloj de Arena que dirige Fernando Valls. En el libro se recopilan los cuentos canónicos que el autor publicó como tales en volumen: La partida (1954), Siestas con viento sur (1957) y La mortaja (1970); pero también novelas cortas e "historias" que no responden con exactitud a las convenciones del género cuento. Es el caso de Viejas historias de Castilla la Vieja, una "novela de cuentos" por el modo en que los relatos se engastan en el conjunto, que comienza con la salida del narrador de su aldea y concluye con su regreso a la misma (a la aldea y al humo de la infancia) cuarenta y ocho años después. Los editores han debido decidir otras cuestiones de selección y disposición de los materiales; así, la ubicación de 'La mortaja' -esa pequeña obra maestra en que Senderines aprende los rudimentos de la vida junto a su padre muerto-, que Delibes rescató de Siestas con viento sur para encabezar la compilación de 1970, a la que da título. Varias de estas piezas exprimen todas sus potencialidades narrativas. Otras, en cambio, aun sin perder su autonomía, fueron un banco de pruebas donde afinar motivos y personajes que adquirirían una factura más compleja en obras mayores de diversas épocas, de La hoja roja (1959) a Madera de héroe (1987). Alguna vez el propio título evidencia este carácter instrumental y vicario en relación con las novelas, como sucede con Los raíles (Apunte para una novela).

VIEJAS HISTORIAS Y CUENTOS COMPLETOS

Miguel Delibes

Prólogo de Gustavo Martín Garzo

Menoscuarto. Palencia, 2007

536 páginas. 22 euros

La pobreza, la precariedad o

el abandono caracterizan un universo cuyo discreto contorno argumental permite interpretaciones más amplias que confluyen, según señala Martín Garzo en su prólogo, en el verdadero tema de esta escritura, que "no es la desesperanza sino el desamparo, la orfandad radical de los hombres". Y de los otros seres vivos, claro. El final de Morris, la grajilla que muere por el zarpazo de una gata celosa en uno de los Tres pájaros de cuenta con que se cierra el volumen, ilustra el maridaje de ternura y crueldad, tan específico de Delibes, dominado por la muerte, la infancia y la naturaleza. Lejos de situarse en relieve frente al campo castellano, el ser humano es un componente más del mismo, hermanado en un destino común con los restantes pobladores del mundo. Junto a la percepción de la naturaleza y la vida rural, de un regusto casticista, el logro mayor de la obra de Delibes es la verbalización económica y sugerente del principio de igualdad entre hombres, animales y paisaje, que, en palabras del prologuista, contribuye a "restaurar nuestros vínculos con la vida". El resultado de dicha igualdad no es el jardín bucólico ni el paraíso de la piedad, sino una fraternidad llena de contrastes, de la que participan también la codicia, la crudeza de los sentimientos, la desolación. La hermosura de algunos momentos viene dada, además de por el acierto expresivo y no sería poca cosa, por la conversión inopinada de lo trivial en una revelación. O sea: Delibes en estado puro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 27 de abril de 2007.

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