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Editorial:

Otro peldaño iraní

Sin agotar el plazo del 24 de mayo que le había dado el Consejo de Seguridad de la ONU para que suspendiera el procesamiento de uranio, el presidente Ahmadineyad anunció ayer que Irán ha logrado un enriquecimiento de este elemento a "escala industrial". Tal escalada sólo contribuirá a complicar su relación con el resto del mundo, temeroso de que Teherán se haga con el arma nuclear. Aún no se ha llegado a eso, pero si realmente, como señaló ayer el negociador iraní, Ali Lariyaní, Teherán ya tiene 3.000 centrifugadoras en funcionamiento, en un año podría disponer, según los expertos, del material suficiente para fabricar una bomba atómica.

Irán actuó ilegalmente al esconder durante 18 años su programa nuclear a la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA). No ha cumplido los emplazamientos del Consejo de Seguridad. Pero aún está dentro de los parámetros del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP). La advertencia de Lariyaní de que si Occidente sigue presionando Irán tendrá que revisar su pertenencia a este tratado, no debe caer en saco roto. Sería un grave error dejar que se salga con la suya. Ocurrió con Corea del Norte y sólo sirvió para que acelerara su programa militar atómico y el mundo se quedara a ciegas sobre ese proceso. El viernes sabremos si verdaderamente Pyongyang ha vuelto al redil y cerrado su reactor de Yongbyon a cambio de combustible, algo que también se le ofrece a Irán.

El régimen teocrático ha estado jugando una partida de póquer diplomático en la última semana. A la captura y posterior liberación de los 15 marinos británicos siguió la negativa a autorizar que sobrevolara su espacio aéreo en su vuelo hacia Japón el primer ministro iraquí, el chií Al Maliki. Es otro aviso sobre todo dirigido a Estados Unidos, que aún tiene retenidos a varios funcionarios iraníes en Irak.

El anuncio de ayer sobre una situación que Ahmadineyad calificó de "irreversible" es un claro aviso de que Irán no va a detener bajo presión su proceso de enriquecimiento de uranio. La mejor salida, en la que se trabaja desde Europa y que ayer, pese a su crítica, aún apuntaba Washington, es la negociación. Para entablarla se requeriría que Irán suspendiese unilateral y temporalmente su enriquecimiento de uranio. Ayudar a Irán a hacerse con la electricidad que necesita, y garantizarle su seguridad, podría convencerle de que no necesita los megatones. Lo primordial, y cada vez más urgente, es que Irán no se haga con la bomba. No que caiga el régimen de los ayatolás, de cuyo origen no se acuerda la mayor parte de una población esencialmente joven.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de abril de 2007